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Sábado, 17 Enero 2026
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El Rosario no se dice, se vive

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Enero 16, 2026

En el tranquilo pueblo donde Doña Tula Salazar es rezadora de Rosarios y novenarios, la vida transcurre entre fe, oficio y las historias que sostienen a la comunidad.

Willy, un Franciscano seglar, llega para conversar con Doña Tula y comprender, desde la cercanía de su realidad, el sentido profundo de su labor, el aprecio popular que la acompaña y las motivaciones que la impulsan a rezar el Rosario con una sencillez que inspira a quienes la escuchan.

Este diálogo ficticio, presentado a continuación, busca mantener un hilo conductor claro: la humildad, la lectura como puente entre fe y vida, y la memoria de una familia que le añade peso humano a cada oración.

Diálogo ficticio: Willy, Franciscano Secular, y Doña Tula Salazar

Willy: Doña Tula, gracias por recibirme en su casa humilde. Me dijeron que el Rosario que rezan en las fiestas y en los novenarios tiene un toque especial, que nace de su alma sencilla. ¿Cómo se siente ante tanto cariño que la gente le profesa?

Doña Tula: Gracias, hijo. Yo no hago nada para recibir aplausos; solamente cumplo lo que mi corazón me pide: rezar para que la gente encuentre un poco de paz en medio de las pruebas. Pero si el pueblo me quiere así, agradezco con humildad. Es como cuando uno siembra maíz: no veo todo el fruto, pero sé que la tierra trabajó para que haya pan en la mesa.

Willy: Usted dice que la tierra trabajó. Muchos en el pueblo dicen que Doña Tula es como una raíz que sostiene la fe de todos. ¿Qué significa para usted ser la rezadora de esa comunidad?

Doña Tula: Significa saber escuchar primero. Cuando alguien llega con dolor, uno no puede empezar por dar palabras bonitas sin entender de dónde viene la herida.

Yo aprendí, desde pequeña, a estar atenta a las voces del río, al ruido de las herramientas, al susurro de las oraciones de mis padres. El Rosario no es una colección de promesas bonitas; es un camino que se recorre con la paciencia del que sabe esperar la lluvia. Si el pueblo me necesita para sostener esa paciencia, entonces debo estar presente, como la sombra de un árbol que protege al caminante.

Willy: En su casa, ¿qué le inspira para rezar cada misterio del Rosario? ¿Qué recuerdos la guían cuando el rezo se hace más profundo?

Doña Tula: Cada misterio trae una memoria vivida: la Anunciación me recuerda el primer sí que di a la vida; la Visitación, la cercanía de las hermanas que no me dejaron sola; la Natividad, el niño que nos recuerda que la humildad es grandeza disfrazada; la Pasión, la entrega sin condiciones; la Resurrección, la esperanza que no se agota.

Pero, sobre todo, me inspira la gente: una niña que me pidió aprender a leer para entender mejor el Evangelio, un viejito que me dijo que el Rosario es como una cuerda que nos mantiene a salvo de la desesperanza. A veces, cuando recito, cierro los ojos y veo a los hombres y mujeres del pueblo, sus guerras pequeñas y sus dificultades cotidianas, y me digo: “Si esta oración ayuda a que alguien siga de pie, ya valió la pena.”

Willy: Ha mencionado que aprendió a leer y escribir con costo. ¿Podría compartirnos esa historia y cómo ha influido en su forma de rezar?

Doña Tula: Sí, hijo. Yo nací en un tiempo en que la lectura parecía un tesoro reservado a otros. Mi padre decía que la palabra es un puente, y mi madre, que la oración sin lectura se queda sin alas.

A la edad en que otros jugaban, yo aprendí a sostener una hoja y a pronunciar letras que parecían pequeñas semillas. Fue duro: el dinero escaseaba, y yo tenía que ayudar en casa para que alguien pudiera comprar un cuaderno.

Pero el esfuerzo valió la pena: pude leer las oraciones y, con el tiempo, entender el sentido profundo de cada pasaje. Cuando sé leer, el rezo se vuelve un diálogo con Dios y con el pueblo. Ya no es solo una repetición de palabras, sino una conversación que busca claridad, consuelo y verdad. Por eso digo que el Rosario no se dice: se vive, y se aprende a vivir leyendo cada gesto de la vida.

Willy: En su comunidad, se valora mucho su humildad. Sabemos también que tiene un hermano, Telesforo, que lucha con la bebida. ¿Cómo influye esa realidad familiar en su vocación de rezar?

Doña Tula: La vida no se elige en soledad; las decisiones llegan en medio de la casa, de la mesa, de la puerta que se abre para escuchar. Mi hermano Telesforo es una presencia constante en mi alma: su lucha me recuerda que la gracia no anula la fragilidad humana.

Cuando el dinero llega por mis rezos, yo lo recibo con gratitud, pero también con claridad: es posible que ese dinero ayude a sostener a mi familia, pero debo orar para que no sea un lazo que nos aparte de la humildad. A veces en la mesa le miro y pienso: “La adicción es una cuerda floja; la fe debe ser más fuerte que la tentación.” Rezar me sostiene cuando la casa se llena de silencios pesados; me recuerda que nadie está solo en sus batallas, que Dios está con cada quien, incluso cuando la vida parece oscura.

Willy: ¿Qué siente cuando el pueblo le agradece de esa manera? ¿Qué significa para usted ese aprecio?

Doña Tula: Significa responsabilidad y abrazo. Recibir el aprecio popular es como sostener una vela que se pasa de mano en mano: hay que cuidarla para que siga iluminando.

No es gloria personal, es servicio. Yo tengo muy claro que no soy dueña del don de rezar; lo recibí como un regalo para que otros encuentren calma. Agradezco el cariño, pero lo que más me guía es el rostro del hermano y la hermana que me solicitan el Rosario: cada rostro me recuerda por qué estoy allí.

Willy: ¿Qué le gustaría que la gente entienda cuando escucha el Rosario que usted guía o cuando la gente la llama para pedir una oración?

Doña Tula: Que el Rosario es un camino de encuentro: con Dios, con uno mismo y con el prójimo. No es magia; es una disciplina que invita a mirar, a escuchar y a esperar. Que cada misterio no se recuerda como un recuerdo pasado, sino como una promesa que se actualiza en la vida diaria: en la paciencia para perdonar, en la constancia para no rendirse ante la desesperanza, en la humildad de aceptar la propia fragilidad y la de los demás. Y, sobre todo, que rezar no excluye ni condena: abre espacios para la misericordia, la conversación y la esperanza.

Willy: ¿Qué significado tiene para usted la humildad en el marco de su labor?

Doña Tula: La humildad es el suelo fértil donde nace la fe. Sin humildad, el oficio se convierte en show; con humildad, se transforma en servicio discreto que sostiene a un pueblo. Mi vida es simple: una casa modesta, una voz que intenta ser clara, manos que aprenden a leer para entender mejor el Evangelio. Si la gente encuentra en mi sencillez un faro, entonces mi tarea tiene sentido.

Willy: Para cerrar, ¿qué mensaje le gustaría dejar a las personas que leen este diálogo?

Doña Tula: Que la humildad no es negar la grandeza del corazón, sino reconocer que la grandeza de Dios se revela en lo pequeño.

Que cada oración puede ser puente entre el dolor y la esperanza, entre el cansancio y la paz. Y que, cuando el camino parece difícil, la lectura acompaña: leer la vida, leer las palabras que Dios pone en nosotros, y leerse a uno mismo con honestidad para caminar con dignidad. Si de todos estos gestos brota una comunidad más paciente y más unida, entonces el Rosario habrá cumplido su verdadero propósito: convertir la fe en acción cotidiana, que sostenga a cada familia y que abrace a cada hermano en su lucha.

El personaje de Doña Tula Salazar se presenta como una mujer de fe sencilla y profunda, cuyo oficio como rezadora está enraizado en la cercanía con la gente y en la experiencia de vida.

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