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Lunes, 26 Enero 2026
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Gracias por recordarme que la Iglesia somos todos

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Enero 23, 2026

Este relato es un diálogo ficticio entre dos personas que se dejan tocar por una misma compasión: un arzobispo Barrantes que conoce la salud mental y un hombre llamado Willy que busca un camino de servicio, consagración y sanación.

A través de sus palabras, vemos surgir una amistad sincera y una visión de una iglesia samaritana que atiende a quienes más necesitan.

En su conversación se oyen ecos de los últimos cuatro papas, cuyas palabras inspiran bondad y cercanía: Francisco nos recuerda que la misericordia es el corazón de la Iglesia; Benedicto XVI nos invita a la esperanza paciente; San Juan Pablo II nos exhorta a la dignidad de cada persona; y Pablo VI nos llama a la caridad que transforma comunidades.

Este diálogo, a dos voces, muestra cómo el encuentro humano puede abrir puertas donde parece haber muros, y cómo la fe puede hacerse lugar de escucha para quienes aún cargan heridas profundas. Contexto emocional y motivación central: Willy busca cercanía con el arzobispo Barrantes tras la dolorosa pérdida de su hermano y de cinco personas cercanas, para pedir un lugar donde atender personas con trastorno bipolar y, en general, para acoger a quienes viven en vulnerabilidad mental.

Arzobispo Barrantes (arzobispo Barrantes): Willy, bienvenido. Me alegra verte aquí con esa serenidad que no es ausencia de dolor, sino la decisión de caminar con él.

Willy: Gracias, arzobispo Barrantes. Vino a mi vida como un regalo inesperado. Vi que, quizá, la Iglesia puede ser un lugar de sanación para quienes viven con trastorno bipolar y otras heridas invisibles.

Contextualizo mi llegada: recientemente perdí a mi hermano Alban por suicidio, y he visto a varias personas cercanas morir de la misma manera. Este dolor me empuja hacia una cercanía verdadera con la Iglesia para acompañar a otros en crisis.

Arzobispo Barrantes: Esa percepción nace de la cercanía que hemos buscado en la reforma pastoral de la Iglesia: una Iglesia que no se aleja ante la fragilidad, sino que la abraza con paciencia. Tal como decía el Papa Francisco: “La Iglesia no es una sociedad que se protege, es una casa que escucha.” Willy, tú traes una historia que puede convertirse en puente. ¿Qué te ha llevado a ti a pensar en una casa de atención para personas con bipolaridad?

Willy: Mi historia es una mezcla de sombras y búsquedas. Fui adoptado, viví maltrato y abuso; en varias etapas, estuve fuera de Costa Rica. Estudié; trabajé; y, de pronto, sentí un llamado: consagrarme y vivir una vida de servicio. Vi personas que rodean a los que sufren y pensé: ¿por qué no aquí? Si la Iglesia quiere ser casa de misericordia, que lo sea de verdad, con un lugar donde se atienda la mente, el alma y el cuerpo.

Arzobispo Barrantes: Esa visión encaja con la de la Iglesia como “misericordia en acción”. En este tiempo, el Papa Francisco nos ha recordado que la puerta de la Iglesia debe estar siempre abierta para quien busca ayuda, sin juicios. Él ha dicho: “La misericordia no es una idea; es un modo de vivir.” ¿Qué tipo de atención imaginas?

Willy: Atención integral. Espacios para escuchas terapéuticas, acompañamiento espiritual, talleres de resiliencia, redes de apoyo para familias. Un lugar donde, cuando alguien sufre una crisis, no sea señalado ni aislado, sino recibido con dignidad. Y, sobre todo, un ambiente que enseñe a la sociedad a mirar con compasión. No como caridad que degrada, sino como solidaridad que libera.

Arzobispo Barrantes: Eso recuerda también las palabras de Benedicto XVI, que nos invitan a la esperanza “que no defrauda” y a la alegría en la verdad de cada persona. Si logramos crear un santuario de acompañamiento, ¿qué valores querrías que fueran la base?

Willy: Dignidad, paciencia, confidencialidad, y una amistad que sane. Creo en la dignidad de cada persona, incluso cuando el ánimo está en altibajos. Paciencia para entender sin apuro, confidencialidad para que la confianza crezca, y una amistad que guíe sin coerción. Sobre todo, la idea de ser una comunidad que aprende de cada historia y que pregunta: ¿cómo podemos mejorar?

Arzobispo Barrantes: ¿Y qué papel tendría la espiritualidad franciscana en ese proyecto?

Willy: El espíritu de San Francisco enseña a amar a los pobres y a las criaturas con un cuidado humilde. La fraternidad, la pobreza que libera, y la paz que nace del servicio. Podríamos crear un lugar sencillo, sin glamorosas distracciones, donde la oración, la conversación y el servicio se encuentren. Un “hospitalidad para la mente” que no margine, sino que integre.

Arzobispo Barrantes: Aquí también quiero recordar a las personas que, como tú, han llamado a la vida religiosa porque sienten que no hay una casa disponible para quien sufre. En la historia de la Iglesia, los santos afirman que no hay verdadera sanación sin comunidad.

Cito otra vez palabras del Papa Francisco: “La Iglesia, si no está al lado de las personas que sufren, es una Iglesia que se encierra en sí misma.” ¿Qué supondría para ti este proyecto en la comunidad?

Willy: Sinceramente, que la comunidad se abriese de par en par: parroquias, centros educativos, voluntarios, médicos, psicólogos y terapeutas. Que cada persona que alcance este lugar se vea rodeada de amor práctico: escucha profesional, apoyo pastoral, y una red de cuidado que no se apague cuando alguien se sienta débil. Que se vea como una casa que no juzga el pasado, sino que acompaña para construir un futuro más estable.

Arzobispo Barrantes: En este camino, se nos recuerda la necesidad de recordar a nuestras propias vulnerabilidades. Has vivido pérdidas grandes: tu hermano Alban, tus amistades… Eso añade una carga adicional a tu vocación. ¿Cómo te gustaría que esa memoria guiara tu ministerio?

Willy: La memoria me enseña compasión sin límite. No quiero que nadie sienta vergüenza por pedir ayuda. Por el contrario, deseo que esas experiencias se traduzcan en un compromiso activo de escuchar, de sostener, de acompañar a otros que han visto que la vida puede ser frágil. Si mis heridas pueden abrir puertas a la sanación de otros, me siento llamado a vivir ese servicio con serenidad y con valentía.

Arzobispo Barrantes: Esa valentía recuerda a las palabras de San Juan Pablo II: “La esperanza es fuerte cuando parece imposible.” Willy, tú estás eligiendo la esperanza, incluso cuando el camino parece arduo. ¿Qué papel te gustaría dar al carisma de la Fraternidad Seglar en ese proyecto?

Willy: El carisma de la Fraternidad Seglar es vivir el Evangelio en la vida cotidiana, a pie de calle. Queremos que este lugar no sea solo un servicio clínico, sino un espacio comunitario donde las personas aprendan a vivir el cuidado de sí y de los demás como una vocación compartida. La fraternidad puede sostener la atención, la oración y la creatividad para sostener incluso los momentos más difíciles.

Arzobispo Barrantes: Si nos fijamos en la trayectoria de la Iglesia en estos años, el Papa Francisco insiste en una Iglesia sin miedo a lo humano, una Iglesia sin muros donde la misericordia es lo primero. ¿Qué tipo de alianzas imaginas para hacer realidad este santuario de atención mental?

Willy: Quiero alianzas con hospitales, universidades, asociaciones de pacientes, parroquias y colegios. También con profesionales de la salud mental que comprendan la complejidad de estas condiciones y sepan trabajar en equipo. Y, por supuesto, una red de apoyo legal y administrativo para garantizar la continuidad y la dignidad de cada persona.

La clave es la cooperación entre fe, ciencia y servicio.

Arzobispo Barrantes: En la tradición de la Iglesia, los santos a menudo enseñan con acciones simples que el amor concreto transforma. ¿Qué acciones concretas te gustaría ver en los primeros meses?

Willy: Un programa de recepción en silencio, sesiones de escucha guiadas por terapeutas, retiros de fin de semana para familias, y un equipo de voluntarios capacitados para acompañar a personas durante crisis. También un espacio de “escucha de voces” donde quienes viven con bipolaridad pueden expresar sus experiencias sin estigmas. Y, sobre todo, un sello de confianza: una promesa de que no serán abandonados en medio del camino.

Arzobispo Barrantes: Una promesa que resuena con las palabras de Benedicto XVI, que nos invita a la esperanza que no defrauda. ¿Qué mensaje quisiéramos que la comunidad entienda sobre la bipolaridad y la salud mental?

Willy: Que la bipolaridad no define la dignidad de una persona. Nadie debe ser reducido por su diagnóstico. La salud mental es parte de la humanidad de cada uno, y la comunidad tiene la responsabilidad de acompañar con paciencia, sin pretender resolverlo todo de golpe. La gentileza, la constancia y la escucha pueden marcar la diferencia.

Arzobispo Barrantes: Y para ese camino, ¿cómo te ves tú a ti mismo, en lo personal y en lo ministerial?

Willy: Me veo como un hermano que camina junto a otros, descubriendo juntos el ritmo de la vida. La consagración perpetua no es una meta; es un estilo de vida: una promesa de presencia, de servicio continuo, de humildad ante lo sagrado y ante la fragilidad humana. Quiero que mi vocación sea un recordatorio de que nadie está fuera del abrazo de la Iglesia cuando busca ayuda con sinceridad.

Arzobispo Barrantes: Hablando de abrazos, no puedo evitar recordar las palabras finales de Francisco en su mensaje de misericordia: “Antes de juzgar, escucha.” Aquí, en este despacho, te digo: la Iglesia está dispuesta a abrir sus puertas a este sueño. ¿Qué pasos seguiríamos para convertirlo en realidad?

Willy: Primero, un plan piloto en una parroquia piloto: un centro de día con atención y orientación , asesoría pastoral, y actividades de integración social. Segundo, un comité de pastoral para la salud mental que reúna médicos, psicólogos, sacerdotes y voluntarios. Tercero, un plan de financiamiento sostenible: donaciones, apoyos institucionales y voluntariado. Y cuarto, un protocolo de seguridad y ética para proteger la dignidad de cada persona.

Arzobispo Barrantes: Me inspira ver que, incluso en medio de la fragilidad, hay una estructura de amor en movimiento. Quiero agradecerte, Willy, por tu verdad compartida y por tu coraje. Como dijo San Juan Pablo II: “La esperanza necesita manos.” Hoy, tú has tendido una mano; ahora trabajaremos para que otras manos se sumen.

Willy: Gracias, arzobispo Barrantes. Agradezco cada palabra que me ha rodeado de ánimo. Siento que este encuentro ha sido una semilla que puede germinar en algo hermoso para la comunidad. Si la Iglesia quiere ser una casa para quienes sufren, que así sea: una casa que escucha, una casa que acompaña, una casa que ama sin condiciones.

Arzobispo Barrantes: Que así sea. Y para cerrar, permíteme compartir una última reflexión, en tono de encuadre: la bondad y la cercanía que nacen de este encuentro no son un acto aislado, sino la semilla de una misión mayor.

En el siglo XXI, la Iglesia debe estar al lado de la gente que sufre, con humildad y con coraje. Si nos mantenemos fieles a ese designio, la voluntad de Dios se manifestará en acciones concretas de amor.

Willy: Me quedo con esa promesa, y con la convicción de que creceremos juntos en este camino.

Arzobispo Barrantes: Sigamos adelante, Willy. Que cada paso que demos en este proyecto sea un testimonio de la gracia que transforma vidas.

Este diálogo entre el arzobispo Barrantes y Willy, que abraza la salud mental y la vocación de servicio desde la Fraternidad Seglar, refleja la posibilidad de una Iglesia que escucha y acompaña.

En la memoria de San Francisco y de los papas citados, encontramos una guía de bondad, cercanía y esperanza que puede transformar comunidades enteras. Si compartes este sueño, quizá puedas ser parte de la semilla que, con paciencia y compasión, da fruto para muchos que hoy buscan un lugar seguro donde sanar.

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