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El don más alto: la paz

By Octubre 29, 2021

En las Sagradas Escrituras, todas las apariciones de Jesucristo resucitado tienen elementos comunes, que siempre se repiten. Tal parece que el Señor nos quiere condensar toda su predicación en unos aspectos esenciales. Una de esas notas siempre presentes es el saludo inicial: “Paz a ustedes”.

Él conoce mejor que nadie el sufrimiento de los apóstoles, que lo han visto morir en la cruz pero guardan la promesa de su resurrección; él conoce perfectamente nuestro sufrimiento, pues él mismo ha sufrido y mucho. Por eso su primer regalo, su principal regalo después de la resurrección, es la paz: “Paz a ustedes”.

Es una paz que no deja de tener un matiz misterioso, superior a la razón humana, como todo el cristianismo. Se aparece con un cuerpo glorioso, espléndido, pero que sigue teniendo las señales de la pasión, los agujeros de los clavos. Cristo nos da su paz, no una paz como la da el mundo, sino una paz del corazón, profunda, incluso en los momentos de turbación, sufrimiento, dolor.

En medio del caos del mundo, en nuestros días más oscuros y en nuestras más difíciles pruebas, podemos recordar que Dios es fiel y que el Señor está siempre a nuestro lado.

Como esta paz proviene de Dios, nadie la puede alcanzar por sí mismo meditando o tratando de mejorar su personalidad. Además, es tan poderosa que supera a todo pensamiento.

En otras palabras, se impone sobre nuestros temores e inquietudes, que muchas veces se deben a una visión limitada o errónea de las cosas. Incluso cuando no vemos la salida a nuestros problemas, la paz de Dios puede darnos tranquilidad, pues tenemos plena confianza en la promesa de que a su lado podemos superar todas nuestras dificultades.

Ejemplo de ello es cuando Jesús dormía en la barca  Las olas se encrespaban, el viento rugía, y la tormenta azotaba la pequeña embarcación. Sus discípulos estaban asustados: tenían miedo del viento y de las olas, y temían por su vida. Se acercaron a Jesús y lo despertaron, rogándole que los salvara. La solución estaba en Su poder. Ordenó a la mar: “Calla, enmudece”, y hubo paz. El viento cesó, y sobrevino una gran calma. Sea lo que sea que nos turbe, también nosotros podemos hallar paz si acudimos a Jesús.

 

Paz y Cruz

 

La paz verdadera no podemos fabricarla nosotros. Es un don del Espíritu Santo. “La paz que nos ofrece el mundo es una paz sin tribulaciones; nos ofrece una paz artificial”, una paz que se reduce a una “tranquilidad”.

Lo afirmó el Santo Padre en una homilía en la misa de la Casa de Santa Marta, en la que añadió: “Una paz sin la Cruz no es la paz de Jesús” y recordó que sólo el Señor puede darnos la paz en medio de las tribulaciones.

Francisco desarrolló su reflexión a partir de las palabras que Jesús dirigió a sus discípulos en la Última Cena: “Les dejo la paz, les doy mi paz”.

El Papa se detuvo en el significado de la paz que otorga el Señor, valiéndose también de la luz que arroja el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que narra las muchas tribulaciones sufridas por Pablo y Bernabé en sus viajes para anunciar el Evangelio.

“¿Esta es la paz que da Jesús?”, se preguntó el Papa. Y de inmediato indicó que Jesús resalta que la paz que Él dona no es como la que da el mundo. El mundo quiere una paz anestesiada para no hacernos ver la Cruz.

“La paz que nos ofrece el mundo es una paz sin tribulaciones; nos ofrece una paz artificial”, una paz que se reduce a una “tranquilidad”. Y una paz “que sólo mira a las cosas propias, a las propias seguridades, que no falte nada”, un poco como era la paz del rico Epulón.

Una tranquilidad que nos vuelve “cerrados”, que hace que no se vea “más allá”: “El mundo nos enseña el camino de la paz con la anestesia: nos anestesia para no ver la otra realidad de la vida: la Cruz. Por esto Pablo dice que se debe entrar en el Reino del cielo en el camino con tantas tribulaciones. Pero, ¿se puede tener paz en la tribulación?

La paz de Dios es “un don que nos hace ir adelante”. Y añadió que Jesús, después de haber donado la paz a los Discípulos, sufre en el Huerto de los Olivos y allí “ofrece todo según la voluntad del Padre y sufre, pero no le falta el consuelo de Dios”.

De hecho, el Evangelio narra que “vino un ángel del cielo a consolarlo”. “La paz de Dios es una paz real, que penetra en la realidad de la vida, que no niega la vida: la vida es así. Está el sufrimiento, están los enfermos, hay tantas cosas feas, están las guerras… pero esa paz que viene de adentro, que es un regalo, no se pierde, sino que se va adelante llevando la Cruz y el sufrimiento.

 

Laura Ávila Chacón

Periodista, especializada en fotoperiodismo y comunicación de masas, trabaja en el Eco Católico desde el año 2007.

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