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Amarme para poder amar

By Octubre 08, 2021

Para amar a los demás debemos empezar por amarnos a nosotros mismos y eso se llama amor propio. El amor propio es bueno y es necesario porque es el motor de todas nuestras actividades. Pensemos en lo que realizamos a diario: estudiar, trabajar, hacer deporte, leer un libro.. las hacemos buscando nuestro propio bien y superación.

Una autoestima saludable es fundamental para crecer, madurar y perfeccionarnos como seres humanos (por ej: para aprender, cambiar un vicio, reforzar una virtud). La autoestima nos impulsa a interesarnos en diferentes actividades y alcanzar metas, no solo en el plano material sino también en el plano espiritual y en las relaciones con los demás.

Explica la psicóloga Pilar Guerra que el amor viene referido a un autocuidado a nosotros mismos y que tiene que ver con respetar nuestra escala de valores, nuestros principios y, en definitiva, la auto aceptación de nuestro propio ser”.

Pero para tener amor propio tenemos que fortalecer nuestras aptitudes que son las capacidades que tenemos para realizar las actividades o conductas necesarias para poder vivir.

El amor propio se intensifica cuando somos capaces de valorar nuestras fortalezas o aspectos positivos, así como nuestras áreas de mejora o aspectos negativos. “Desarrollar nuestra capacidad crítica hacia nosotros mismos, por lo tanto, nos conduce a un autocuidado mucho más evolucionado, dándonos la fuerza necesaria para nuestro auto respeto y la proyección de este hacia los demás”, agrega Guerra.

Para ello, es de suma importancia tener relaciones saludables que permitan aumentar el valor en nosotros mismos y, por tanto, la autoestima y el amor propio.

Una familia que funcione de manera sana, un trabajo, unos amigos y una pareja adecuada son puntos de referencia importantísimos para potenciar el amor por nosotros mismos.

Sentirnos cuidados, sostenidos, comprendidos, ayudados y respetados refuerza nuestra propia seguridad. Aprendemos el amor propio con mayor probabilidad cuando aprendemos a ser queridos, para después saber querernos.

El amor propio abarca el cuidado de la vida espiritual, un aspecto que muchas veces pasamos por alto. Cultivar una adecuada relación con Dios, perseverar en la oración y en la vida comunitaria de la fe es parte de una sana integralidad.

El amor propio también tiene que ver con el derecho que tenemos de decir “si” o “no” y “no se” cuando aún no sabemos qué decisión tomar. Amor propio no es egoísmo, sino el primer paso para poder establecer relaciones sanas y mutuamente constructivas.

Por eso el verdadero amor propio encuentra su sentido en la cruz, cuando reconocemos que nuestro valor fue pagado a precio de sangre. El alto precio de nuestra salvación fue la Sangre de Cristo derramada para rescatarnos. La razón por la cual debemos amarnos es porque apreciamos el amor de Cristo en nosotros, su semejanza en mí.

Él nos hizo aceptos delante del Padre. Su amor nos embellece. Lo bueno que hay en nosotros fue puesto por Él. Dios nos hizo a su imagen y semejanza (Génesis 1:26). Lo que ocasiona que otros nos amen es que ven y sienten el amor de Cristo en nosotros.  Por eso es bueno repetirnos que le debemos a Dios todo lo que somos (Salmos 8:3-8) y por eso nos amamos.

En nuestra vida siempre tenemos tentaciones sobre nuestro propio valor. Hace no mucho, el Papa decía: “También nosotros podemos hoy caer en el peligro de quedarnos lejos de Jesús, porque no nos sentimos a la altura, porque tenemos una baja consideración de nosotros mismos. Ésta es una gran tentación que no sólo tiene que ver con la autoestima, sino que afecta también la fe. Nos ayudará pensar que nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos, que cree en nosotros más que lo que nosotros mismos creemos, que siempre está de nuestra parte como el más acérrimo de todos los amigos”.

El Papa, dirigiéndose a los jóvenes, hablaba de la autoestima de una manera muy diferente, porque incluso aquel que se sentía valioso por cómo cantaba, su autoestima puede quedar muy corta. Lo único que da la plenitud del valor de una persona es justamente que somos hijos de Dios, de sabernos hijos de Dios.

No hay nada que nos lo quite de encima, porque Él es mi Padre, porque Él me ama, porque Él dio su vida por mi y porque no hay nada que me detenga en el camino, y eso me hace seguro de que el Cielo es mi patria y que en este lugar tengo que ir sembrando esas hermosas semillas del Cielo, esas semillas de paz, de justicia, de gozo, que hace que todas las cosas cambien.

Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento Dios, cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es recordado, nos recordaba también el Papa. Y cuando uno es consciente de ese ser único y de que es Él el que te ama, no hay nada diferente que hacer en la vida más que gozarla y saberse de los seres más amados de todo el universo.

Laura Ávila Chacón

Periodista, especializada en fotoperiodismo y comunicación de masas, trabaja en el Eco Católico desde el año 2007.

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