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El amor por uno mismo y por los demás

By Agosto 06, 2021

El ingrediente principal para vivir en paz y para tratar a los demás con respeto y consideración es el amor por uno mismo alimentado de una presencia permanente de Dios en nuestros pensamientos y acciones.

Es cierto que el trajín de la vida cotidiana nos confronta con diversas situaciones, personas, trabajos y familiares que en ocasiones pueden llegar a impacientar el alma con sus comportamientos, tratos y palabras.

Pero para que esto no perturbe la vida más allá de lo necesario, es importante amarnos a nosotros mismos y ser capaces de orientar nuestros objetivos hacia rumbos nuevos y desafiantes.

Hay que ser selectivo con nuestros pensamientos y tomar distancia de las personas negativas. La esperanza, rasgo esencial del cristiano, tiene que estar presente siempre en la vida: con Cristo todo es posible de superar, y para ello contamos con los dones que Dios nos dio, la oración y el acompañamiento de personas adecuadas que podamos recibir. La vida nos exige aprender a ser resilentes y entender que todo es un constante aprendizaje.

Es fundamental, sobre todo orar sin cesar, aprender que todo en la vida pasa y que nada llega a la vida por casualidad, sino por un propósito.

Somos seres valiosos ante Dios, aunque la sociedad aplique en ocasiones el descarte, la humillación y el denigrar a las personas. Sería absurdo amar a los demás y no amarse a uno mismo.

El amor por uno mismo siempre llevará a abrirnos a los demás, a querer dar amor, a querer el bien del prójimo y, por eso, hay pocas cosas más lindas en la vida que acoger a alguien necesitado, porque refleja amor desinteresado que nos llena el corazón.

En el mundo visible, objeto de las especiales atenciones de la Divina Providencia, está el hombre, “el cual -como enseña el Concilio Vaticano II- es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo” (Gaudium et spes, 24) y precisamente por esto “no puede encontrar su propia plenitud, si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (cf. Gaudium et spes, 24).

El amor de Dios es fundamental para amarse a uno mismo y a los demás. Y aunque el concepto del amor propio parece ser algo egoísta, cuando una persona está llena del amor de Dios el enfoque cambia. La persona se siente amada, especial y única porque entiende que fue creada por Dios con un propósito especial.

Entonces, cuando tenemos el amor de Dios, el amor propio ya no es egoísta ni se enfoca en uno mismo. Ese amor del cual habla la Biblia es un amor incondicional. Tiene paciencia en todo y siempre es amable. No es envidioso ni orgulloso. No es grosero ni egoísta. No se enoja por cualquier cosa. No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho ni aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad. Es capaz de aguantar, de creer, de esperar y soportar todo.

Filipenses 2:4 recuerda: “No se ocupen solo de sus propios intereses sino también procuren interesarse en los demás”, Aquí vemos que el amor propio no sólo cuida sus propias necesidades, sino que se preocupa por los demás. Es este tipo de amor el que debemos practicar.

Recuerda que el amor propio sin Dios es egoísta, pero el amor propio con Dios es desinteresado e incondicional.

 

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Laura Ávila Chacón

Periodista, especializada en fotoperiodismo y comunicación de masas, trabaja en el Eco Católico desde el año 2007.

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