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Abramos espacio a la vida

By Monseñor José Rafael Quirós Quirós / Arzobispo Metropolitano Junio 10, 2021

Seamos realistas… es casi imposible contrarrestar los efectos de la campaña publicitaria y propagandística (ideológica) que ha antecedido y acompañado la distribución de la “píldora del día después” en los centros de salud de la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS). En efecto, esta estrategia que realza las supuestas “bondades” de dichos fármacos y reprende toda opinión contraria, no es, sino, una prueba más de la imposición de arbitrarias políticas de salud de parte de los gobiernos de turno y que, en este caso, se suma a la norma técnica para la interrupción “terapéutica” del embarazo y a la Fecundación in Vitro.

Argumentos desde la inocuidad hasta la democratización del uso de estos productos, replicado cual canon inalterable en medios de comunicación, pasan por alto la tutela de los derechos humanos y la convicción de que la vida tiene un valor superior a toda ideología.

Una vez más, estamos ante una situación que comienza con la dificultad terminológica en la que subyace una diferencia de pareceres respecto al estado de embarazo pues mientras algunos la definen como el proceso que va desde el momento de la anidación del embrión hasta el nacimiento, otros, ofreciendo argumentos científicos de peso (estatuto biológico-ontológico del embrión) salvaguardan que este proceso comienza con la fecundación.

La posición en este aspecto incide, como hemos visto, en la consideración de la “píldora del día después” como un anticonceptivo o como un abortivo y, en consecuencia, el tratamiento jurídico y ético sobre la cuestión, pues la mayoría de las llamadas “píldoras del día después” actúan mediante efecto antiimplantatorio por ello, para quienes opinan que el embarazo comienza en la anidación, se trata de un anticonceptivo, pero ante la convicción de que la gestación se inicia en el momento de la fecundación, se trata  entonces de productos claramente abortivos.

No por casualidad o por “simples prejuicios religiosos” asociaciones de médicos han expresado su rechazo al anuncio de la distribución masiva de la píldora del día siguiente en diversas partes del mundo, reprochando también, que los recursos públicos en lugar de atender los reales problemas de salud que afectan a amplios sectores de la población se utilicen en fines que no responden al propósito de la seguridad social.

Como nos recuerda la Academia Pontificia para la Vida, la “píldora del día siguiente” es un preparado a base de hormonas (puede contener estrógenos, estroprogestacionales, o bien sólo progestacionales) que, tomada dentro y no rebasando las 72 horas después de una relación sexual presumibiemente fecundante, activa un mecanismo prevalentemente de tipo “antinidatorio”. es decir, impide que el eventual óvulo fecundado (que es un embrión humano), ya llegado en su desarrollo al estadio de blastocisto (5ª - 6ª día después de la fecundación), se implante en la pared uterina, mediante un mecanismo de alteración de la pared misma. El resultado final será, por lo tanto, la expulsión y la pérdida de este embrión.[1]

Es claro que desde un punto de vista ético, la misma ilicitud absoluta de proceder a prácticas abortivas, subsiste también para la difusión, la prescripción y la toma de la “píldora del día siguiente”. Son también moralmente responsables todos aquellos que, compartiendo la intención o no, cooperan directamente con tal procedimiento.

La posición de la Iglesia es antipopular y, por ende, genera rechazo de parte de algunos, pero no podemos ser incoherentes con los valores cristianos y por ello, me atrevo a pedir como ciudadano que soy, y como creyente, a quienes juraron defender nuestra Constitución Política que sean fieles a ese juramento y se avoquen a garantizar la exigida protección jurídica para el derecho a la vida. La cultura de la muerte es un retroceso indiscutible, testimoniemos valientemente el valor inalienable de la vida humana en todas sus etapas y en cada condición, sobre todo frente a nuevas formas ocultas de agresión a los más débiles e indefensos.

 

[1]Cf.  Comunicado Academia Pontificia para la Vida, 31 de octubre del 2000

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