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Dios se hizo hombre

By Mons. José Rafael Quirós Quirós / Arzobispo Metropolitano Diciembre 22, 2022

Desde aquella noche santa de Belén hasta nuestros días, la Navidad continúa animando el corazón del pueblo cristiano que, con himnos de alegría, se maravilla ante el acontecimiento más grande y más humilde: “"Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Juan 1,14).

El gozo de este misterio infunde en nuestras vidas la confianza, la fuerza y la voluntad necesaria para dejar de lado los miedos y la desesperanza y abrirnos a la verdad que sólo Cristo nos comunica: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría,...os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-11).

La certeza del Dios con nosotros nos fortalece y nos hace avanzar como Pueblo de Dios en medio de la historia concreta en la que el Señor nos ha colocado para ser “la sal y la luz” en medio de tantos retos. Con esta profunda convicción, los fieles entendemos que nuestra tarea no es pesimista ni alienante, que en el Dios de la vida el futuro florece y, si bien, a veces experimentamos oscuridades, en el rostro del Niño que nace resurge la esperanza. Como María que sabe cantar las maravillas del Señor en medio de la sencillez.

El Hijo de Dios encarnado nos dice que la salvación en Jesús de Nazaret toca a toda persona en su realidad concreta y en cualquier situación en la que se encuentre. Dios asumió nuestra condición humana para sanarla de todo mal. Este que nació en un pesebre, también “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado”.[1]

La Navidad nos hace descubrir que, como creyentes, tenemos mucho que aportar al mundo, dando lo mejor de nosotros, haciendo que nuestras vidas se transformen en anuncio del plan de Dios para la humanidad, empezando por la defensa de la dignidad humana y la necesidad de reconocerla allí donde se pone en cuestión.

La fragilidad del Niño Jesús nos descubre que no hay futuro sin defensa de la dignidad de cada persona, que se debe “dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, que significa que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales.”[2]

La Navidad nos recuerda la centralidad de la persona humana, su originalidad plena, su condición única e irrepetible y su misión en el mundo. En Cristo entendemos el plan de Dios para nosotros. Este "designio benevolente", así llamado por el papa emérito Benedicto XVI, "no se quedó, por decirlo de alguna forma, en el silencio de Dios, en las alturas de su cielo: nos lo dio a conocer entrando en relación con el ser humano, al cual no reveló algo, sino a sí mismo. No comunicó simplemente un conjunto de verdades, se comunicó a sí mismo, hasta llegar a ser uno de nosotros, a encarnarse.”[3]

Comprometámonos en esta Navidad a no claudicar en ser testigos de tanto amor de Dios que se nos revela, en el Niño nacido en Belén, convirtámonos en proclamadores del Evangelio de la vida recibido en Cristo.

Vivamos pues, plenamente esta Navidad como misterio de amor. Amor del Padre, que ha enviado al mundo a su Hijo unigénito, para darnos su misma vida (cf. 1 Jn 4, 8-9). El quiere nacer en nuestros corazones, abrámonos a su acción amorosa.

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz y santa Navidad!

 

[1] Gaudium et spes, n. 22

[2] Fratelli Tutti, n.171

[3] Benedicto XVI, 5 de diciembre del 2012

Last modified on Jueves, 22 Diciembre 2022 11:45

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