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Domingo, 24 Enero 2021
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En el marco incomparable de la Sagrada Familia -precisamente en el día que se cumplían 10 años desde su dedicación como templo por Benedicto XVI-, el cardenal Juan José Omella ha presidido la ceremonia de beatificación del joven mártir Joan Roig Diggle, nacido en la arquidiócesis de Barcelona y martirizado por su fe el día 12 de setiembre de 1936.

Una celebración en la que, cumpliendo las respectivas restricciones sanitarias, han concelebrado, entre otros, el arzobispo emérito, el cardenal Lluís Martínez Sistach y el nuncio apostólico, Bernardito Auza.

El rito de beatificación se realizó dentro de la misa, tras el acto penitencial. Tras la petición de inscripción de su nombre en el catálogo de los santos, se realizó un repaso de su biografía. Después, el cardenal Omella dio lectura a las letras apostólicas -en latín- con las que, tras aprobar el decreto de martirio, el Papa Francisco declara al joven laico Joan Roig Diggle como nuevo beato y pide inscribirlo con este reconocimiento.

El canto de un himno a la victoria de Cristo sobre la muerte, al que la asamblea respondió con una cerrada ovación, y unos instantes de oración durante la presentación de una reliquia del beato cerraron el rito propio antes de continuar con la eucaristía.

 

Ejemplo para los jóvenes

 

En su homilía, el cardenal Omella propuso al nuevo beato como modelo, especialmente, para los más jóvenes. Repasando su vida lo propuso como un claro “ejemplo de la revolución de la ternura del Papa Francisco”.

Un “testimonio de amor a Cristo y a los hermanos” señaló Omella que expresó en alto su deseo de declararlo patrón de la pastoral juvenil barcelonesa. Tras repasar la biografía del nuevo beato que dejó de lado su entrada en el seminario para ponerse a trabajar para la familia, el cardenal destacó que “su testimonio puede suscitar en nosotros el deseo de seguir a Cristo con alegría y generosidad”.

El purpurado destacó su “profunda amistad con Dios, la oración, la vida eucarística y el ardor apostólico” del nuevo beato, algo que vivió “de corazón y con hechos”.

“Joan impresionaba a todos desde muy joven por su profunda vida espiritual”, subrayó el arzobispo de Barcelona. “Su ejemplo puede ayudar a que nuestra oración sea un impulso del corazón” en medio de la alegría y el sufrimiento. Omella destaca que los que le conocieron destacan su devoción eucarística, que “fortalecía su fe y esperanza”. Y recordó como comulgó antes de ser apresado y le transmitió a su madre: “Dios está conmigo”.

El purpurado destacó, también, el “valor comunitario de la fe” subrayando en compromiso del beato en las asociaciones católicas o en las tareas parroquiales como la catequesis. También le presentó como una persona sensible ante los sufrimientos de las clases más humildes siendo “un ardiente defensor de la Doctrina Social de la Iglesia”. “Estuvo comprometido en cuerpo y alma en la construcción de la civilización del amor y en la lucha por la justicia, la paz y la solidaridad” persiguiendo “un anhelo de justicia social” para transformar la sociedad desde el Evangelio, sentenció.

Testimonio que se produce también en el momento final, impresionando por su serenidad a sus asesinos. “Joan era un valiente porque tenía su confianza en el Señor”, “un revolucionario de la ternura y el perdón”, destacó Omella. Por ello, invitó a todos a ser santos en la vida cotidiana viviendo el amor fundamentado en Cristo en las situaciones de cada día.

 

Morir perdonando

 

Quizás la enseñanza más importante que debemos aprender del beato Carlo Acutis es la experiencia de una espiritualidad de lo ordinario. Es maravilloso cómo en la Iglesia, a pesar de su bimilenario peregrinaje del anuncio evangélico, aún suscita auténtico furor kerigmático. Y doblemente asombroso, que esta dulce palabra nos la haya transmitido un adolescente de 15 años. Recuerda nuestro amado Carlo que la fe es una experiencia personal, un encuentro real entre personas, y no un baúl doctrinario y memorístico. Un diálogo vivo y verdadero con el Resucitado. Una fe vivida no de un pasado, ni un futuro, ni un presente; sino anclada en la eternidad.

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