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Educación Religiosa: ochenta años de camino educativo en la fe

By Mons. Bartolomé Buigues O. / Obispo de Alajuela Junio 02, 2021

Queridos padres y madres de familia, docentes de Educación Religiosa y a ustedes estudiantes que reciben lecciones de una asignatura fundamental en la formación humana y cristiana, un saludo fraternal en un momento especial del quehacer educativo.

Motivado por más de ochenta años de camino educativo en la fe, después de la aprobación de la ley 21 del 10 noviembre de 1940, me regocijo en el Maestro de Galilea, agradeciendo la bendición de contar con un sistema educativo estatal y un plan de estudio escolar que integra la asignatura básica y obligatoria de la Educación Religiosa.

Para ustedes padres, madres de familia y responsables legales de los estudiantes, la existencia de esta asignatura responde a un derecho humano fundamental. Establece un diálogo entre la fe, la razón y la cultura, contribuye a la educación integral que abarca todas las dimensiones de la persona, infunde valores cristianos. Tiene una primera etapa confesional desde la propia identidad religiosa de cada persona estudiante y promueve, en la segunda etapa ecuménica, la tolerancia religiosa y el respeto a otros sistemas de creencias en una sociedad pluralista y multicultural en su desarrollo democrático.

En este tiempo de pandemia, cuando se ha limitado el encuentro físico en el aula, más que nunca, los procesos de aprendizaje de esta asignatura, nos ha permitido descubrir esa presencia amorosa de un Padre que nos llama a reconocer la transcendencia y la dignidad de la persona humana, el valor de la vida desde la concepción hasta su fin natural. A reconocernos en Él, hermanos y, por tanto, solidarios, nos infunde el respeto a la creación y todo aquello que nos hace construir la paz y constituirnos en instrumentos de justicia para un mundo mejor.

En esta dinámica de aprendizaje, ustedes, estudiantes que reciben Educación Religiosa, pueden construir su escala de valores, que les permite elaborar un proyecto de vida y dar sentido a su existencia, precisamente desde la dimensión trascendente que todos tenemos. Por eso, tienen una oportunidad única en sus lecciones de Educación Religiosa para ser mejores personas y ciudadanos de una Nación que apuesta por las presentes y futuras generaciones.

Gracias a ustedes, docentes de Educación Religiosa, que, con su esfuerzo cotidiano, han traducido su vocación en el ejercicio responsable de una profesión, que engrandece el sistema educativo. Han visto en cada persona estudiante un “Cristo vivo”, recordando que, “cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25, 40).

Así, emerge toda una espiritualidad que respeta la identidad religiosa de las personas estudiantes, en el ejercicio de la tarea educativa en las aulas escolares. Desempeño educativo nada fácil, en nuestro tiempo de cambios vertiginosos, de notorias desigualdades que agrandan brechas sociales y económicas. El indiferentismo religioso lleva a la incomprensión y al comentario hiriente, menosprecia la manifestación religiosa en el ámbito público, por razones ideológicas y hasta de intereses económicos. Todo discípulo en el anuncio de buenas noticias carga su cuota de dolor. Ya lo advertía el Maestro de Galilea, el que quiera ser mi discípulo: “tome su cruz y sígame” (Mt. 16,24).

En este contexto, la persona docente de Educación Religiosa, está invitada a ir más allá de ofrecer conocimientos académicos a sus estudiantes, debe testimoniar su fe y esperanza en aquel que es capaz de “cambiar el agua en vino” (cf. Jn 2,1-12), es decir, las situaciones apremiantes en momentos de gozo y alegría. Le demanda una gran creatividad, pero, ante todo, le lleva a poner su confianza en el Señor. San Pablo el pedagogo lo decía así: “yo sembré, Apolo regó; más fue Dios quien dio el crecimiento” (I Co 3,6).

Expresar nuestro más profundo agradecimiento a todos los que han hecho posible este gran servicio a nuestra sociedad que ha supuesto la asignatura de Educación religiosa en estos ochenta años. Desde los distintos estamentos institucionales, hasta las comunidades educativas de cada centro, los padres de familia que han escogido esta educación para sus hijos e hijas, primeros beneficiados y, especialmente los docentes de Educación religiosa, que han hecho posible este gran aporte social, que consideramos, también, acción evangelizadora. Profundamente agradecidos a ustedes que viven la fe en la escuela y que desarrollan, en ese ámbito, la misión de nuestra Iglesia.

Sigamos poniendo nuestra confianza en el Señor, con la intercesión de esos grandes educadores, nuestra Madre María y San José y, a todos ustedes, los acompaño con mi oración y bendición, y ruego por muchos años más de camino educativo en la fe, desde las aulas escolares costarricenses.

 

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