La cultura de la inmediatez puede hacernos especialmente impacientes ante las dificultades. Queremos solucionar rápidamente aquello que nos incomoda, abandonar lo que exige esfuerzo o sustituir aquello que no produce resultados inmediatos. Sin embargo, muchas de las cosas verdaderamente importantes de la vida requieren perseverancia.
Necesitamos recuperar la capacidad de profundizar. El Santo Padre nos invitaba a “excavar”, recordándonos que las respuestas más importantes no siempre se encuentran en la superficie. Nos pedía “eliminar todo material inestable que pueda impedirnos llegar a la roca desnuda de Cristo (cf. Mt 7, 24-27)”. En una sociedad marcada por tantas voces, propuestas y criterios que pueden confundirnos, necesitamos discernir con serenidad aquello que verdaderamente nos conduce hacia Dios y aquello que, aunque parezca atractivo o conveniente, puede alejarnos de Él.
Hace falta silencio para pensar, tiempo para escuchar, serenidad para discernir y valentía para mirar nuestro interior. Nuestra vida construida únicamente sobre lo inmediato corre el riesgo de ser también una vida superficial.
Una de las preguntas que deberíamos hacernos es esta: ¿qué estamos dejando de construir porque no estamos dispuestos a esperar? Tal vez hemos renunciado demasiado pronto a una relación, a un proyecto, a un proceso personal o incluso a una esperanza, simplemente porque no vimos resultados “inmediatos”.
En medio de una sociedad que nos impulsa constantemente a correr, recuperar la sabiduría de la espera puede convertirse en un verdadero ejercicio de libertad. No permitamos que la prisa decida por nosotros. Aprendamos a detenernos, a profundizar, a confiar y a reconocer que algunas de las obras más valiosas de nuestra vida necesitan tiempo para crecer. Dios nos da tiempo para todo.

















