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Miércoles, 21 Octubre 2026
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La sabiduría de saber esperar

By Mons. José Manuel Garita Herrera. Octubre 21, 2026

Vivimos rodeados de estímulos que nos invitan a avanzar constantemente, a llenar cada espacio de actividad y a mantenernos siempre ocupados. La prisa se ha convertido, muchas veces, en una forma de vida que nos impide detenernos, contemplar y dar a cada realidad el tiempo que necesita para madurar. En medio de este ritmo acelerado, corremos el riesgo de perder algo esencial: la capacidad de esperar con serenidad.

El Papa León XIV nos ofrece una reflexión muy necesaria frente a esta realidad: “no nos apresuremos ni seamos superficiales: excavemos profundamente, libres de los criterios del mundo, que con demasiada frecuencia exige resultados inmediatos porque no conoce la sabiduría de la espera” (9 de noviembre, 2025. Homilía, Solemnidad de la Dedicación de la Basílica Lateranense). Estas palabras nos invitan a detenernos y a reconocer que no todo puede ni debe ser sometido a la lógica de la rapidez.

Una persona necesita tiempo para madurar; una familia requiere tiempo para construir vínculos sólidos; una amistad necesita tiempo para consolidarse; una herida ocupa tiempo para sanar y una decisión importante necesita serenidad para ser discernida. Pretender acelerar estos procesos puede llevarnos a confundir rapidez con eficacia y a tergiversar lo que significa un verdadero crecimiento.

También en nuestra vida espiritual necesitamos recuperar el valor de la espera. Dios no siempre responde según nuestros tiempos ni de la manera que nosotros esperamos. Hay momentos en los que rezamos y no encontramos una respuesta inmediata; situaciones en las que pedimos claridad y debemos continuar caminando en medio de la incertidumbre.

La cultura de la inmediatez puede hacernos especialmente impacientes ante las dificultades. Queremos solucionar rápidamente aquello que nos incomoda, abandonar lo que exige esfuerzo o sustituir aquello que no produce resultados inmediatos. Sin embargo, muchas de las cosas verdaderamente importantes de la vida requieren perseverancia.

Necesitamos recuperar la capacidad de profundizar. El Santo Padre nos invitaba a “excavar”, recordándonos que las respuestas más importantes no siempre se encuentran en la superficie. Nos pedía “eliminar todo material inestable que pueda impedirnos llegar a la roca desnuda de Cristo (cf. Mt 7, 24-27)”. En una sociedad marcada por tantas voces, propuestas y criterios que pueden confundirnos, necesitamos discernir con serenidad aquello que verdaderamente nos conduce hacia Dios y aquello que, aunque parezca atractivo o conveniente, puede alejarnos de Él.

Hace falta silencio para pensar, tiempo para escuchar, serenidad para discernir y valentía para mirar nuestro interior. Nuestra vida construida únicamente sobre lo inmediato corre el riesgo de ser también una vida superficial.

Una de las preguntas que deberíamos hacernos es esta: ¿qué estamos dejando de construir porque no estamos dispuestos a esperar? Tal vez hemos renunciado demasiado pronto a una relación, a un proyecto, a un proceso personal o incluso a una esperanza, simplemente porque no vimos resultados “inmediatos”.

En medio de una sociedad que nos impulsa constantemente a correr, recuperar la sabiduría de la espera puede convertirse en un verdadero ejercicio de libertad. No permitamos que la prisa decida por nosotros. Aprendamos a detenernos, a profundizar, a confiar y a reconocer que algunas de las obras más valiosas de nuestra vida necesitan tiempo para crecer. Dios nos da tiempo para todo.

 

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