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Lunes, 14 Septiembre 2026
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La advertencia a los opresores ricos

By Manuel Francisco Porras Quesada, “El Feligrés” Septiembre 14, 2026

Un día realizando la lectura de un pasaje, el cual es una advertencia a los opresores ricos, tomado de la Carta de Santiago (5,1-6), llegó a mi mente algunas reflexiones que quisiera compartir. A veces creemos que un texto bíblico, como el que nos ocupa, fue escrito para la gente de ese momento; o como una historia o narración de un acontecimiento pasado, sin trascendencia e insignificancia para la actualidad. Definitivamente eso no es así y más bien hoy más que nunca necesitamos dejar que esta palabra, resuene en nuestros oídos y se convierta en abono para nuestro corazón.

Este texto bíblico en el cual Dios, a través del autor sagrado, nos hace una advertencia y a la vez nos da la oportunidad de meditar acerca de nuestro proceder en esta sociedad cada vez más desigual, injusta y poco solidaria. Esta carta o epístola, fue escrita aproximadamente antes del año 62 D.C., según la tradición, por Santiago llamado “el Menor”, jefe de la comunidad de Jerusalén (He 21,18).

La advertencia que hace Santiago, cuyo destinatario es universal, fue dirigida a los cristianos de origen judío, tal y como lo define al inicio de su carta "las doce tribus dispersas en todas las naciones" (lectores judeocristianos fuera de Palestina). Esta sociedad desigual ubicada en la Edad Antigua, cuyo modo de producción característico, la esclavitud, permitía que se diera esa relación donde sobrevivían los ricos amos opulentos y los explotados siervos carentes de todo. Esta advertencia toma, al igual que toda palabra de Dios, vida y vigencia, aquí y ahora.

“Ahora les toca a los ricos: lloren y laméntense porque les han venido encima desgracias”, comienza diciendo el texto de Santiago. ¿A qué tipo de ricos les hacía esta advertencia el escritor sagrado?; pareciera que Santiago dirige esta advertencia a los ricos que se encuentran fuera de Palestina, los de la diáspora o en sentido figurado a todos los cristianos, nuevo pueblo de Dios. Pero en este texto, en el versículo 4, advierte a los ricos que retenían o no pagaban el salario a sus jornaleros, situación que sucedía en aquellos tiempos en Palestina, donde los granjeros empleaban personas que recibían paga en vez de ser esclavos. Estos ricos se comportaban injustamente con los más necesitados, atesoraban fortunas, no compartían sus riquezas ni las ponían al servicio de los más desposeídos, por eso esa advertencia era totalmente válida.

No puedes ni debes sentirte tranquilo mientras existe tanta pobreza y dolor; no puedes mantenerte al margen de estas diferencias de las cuales también eres responsable.

La palabra de Dios mantuvo, mantiene y mantendrá vigencia, por eso nos interpela a nosotros, aquí y en este momento; digo esto porque actualmente encontramos los mismos ricos opresores, atesorando fortunas y disfrutando de lujos y placeres, mientras otros siguen viviendo de las migajas y miserias que le brinda esta realidad humana. Algunos no pagan el justo salario ni el aguinaldo, se despreocupan o retienen el monto correspondiente a las cargas sociales, explotan al emigrante y contratan mano de obra de ilegales que llegan a los países en busca de una mejor suerte, forman parte de redes que se enriquecen con la trata de blancas o la prostitución infantil.

La riqueza es un don de Dios, producto del trabajo honrado cuya recompensa son los bienes obtenidos justamente. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento no se le condena ni se le considera algo malo, pero si se advierte de los peligros ya que puede apartar a las personas de Dios. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24; Lc 16, 13). En el caso de Costa Rica, mientras exista ese 15,2% de pobreza, de los cuales el 3,8 son pobreza extrema (según encuesta INEC para el año 2025), diremos que la riqueza, la cual está en manos de unos pocos, no está siendo repartida en forma solidaria y en consecuencia está alejando de Dios a esas personas que actúan de esa forma.

Ser rico no es lo que aparta del Reino de los Cielos, no es lo que impide entrar en el Cielo; sino ser egoísta, explotador, corruptor, injusto, materialista. No puedes decir que amas a Dios si no amas a tu hermano y especialmente a aquel cuyo grito desesperado está llegando a los oídos del Señor de los ejércitos (Stgo 5, 4c). En aquel pasaje del “rico y Lázaro” (Lc 16, 19); el rico, una vez muerto, no va al infierno por su condición de rico, sino por su gran egoísmo de no querer compartir con Lázaro, ni siquiera de aquello que caía de su mesa.

No puedes ni debes sentirte tranquilo mientras existe tanta pobreza y dolor; no puedes mantenerte al margen de estas diferencias de las cuales también eres responsable. No puedes tener en tu corazón al Dios verdadero y por otro lado al dios dinero, que te separa de ser solidario con los más necesitados de tu sensibilidad. Actuar como el joven rico, el cual creía cumplir con la ley, sin tener la capacidad de dejarlo todo para entregarlo a los pobres, no es amar al prójimo (Mc 10, 17).

En el campo individual y como producto de una dinámica social, regida por el alto consumismo, nos hemos llenado de vanidades que impiden ver con un espíritu solidario las diferentes necesidades de nuestros hermanos más cercanos; entre tintes, siliconas, ropas, viajes, casas lujosas, computadoras, celulares, carros, fincas, clubes de playa, tarjetas de créditos, el ser humano se ha enredado en sus propias vanidades, estimulando el egocentrismo el cual se ha convertido en la tónica moderna. La sensibilidad y la justicia social se han perdido; se están haciendo tratados, acuerdos, códigos que responden a los intereses únicamente económicos, sacrificando los derechos fundamentales de la persona en estricta contradicción con su dignidad.

Nuestro mundo sería diferente si realmente aprendiéramos a compartir de lo mucho que tenemos, dejando de lado el egoísmo. En otras palabras, la existencia de esas grandes diferencias, entre la especie humana, es porque el egoísmo no deja al hombre compartir sus riquezas con los más necesitados.

Esta palabra de Dios que ha iluminado nuestro corazón, debe ser advertencia y esperanza. No dejemos pasar esta oportunidad de actuar en concordancia con Cristo Jesús y su Evangelio; para que el Señor de los ejércitos deje de oír los lamentos de los desposeídos y la justicia se levante como bandera que identifique el actuar de nuestra comunidad humana.

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