No se trata de desconocer el valor del trabajo, el esfuerzo personal, la iniciativa privada o la responsabilidad que cada uno debe asumir sobre su propia vida. Todos ellos son necesarios para el desarrollo de una sociedad. Pero existen necesidades tan profundamente vinculadas con la vida que no podemos contemplarlas únicamente desde su valor económico ni permitir que el acceso a ellas termine siendo un privilegio reservado para algunos.
Precisamente sobre esta realidad llamó la atención el Papa León XIV durante su visita a la sede del Programa Mundial de Alimentos (PMA), en Roma, el 22 de junio de 2026. Allí afirmó: “El agua, los alimentos y la atención médica no pueden subordinarse a consideraciones de mercado ni a intereses geopolíticos”. Sus palabras nos recuerdan un principio fundamental: cuando están en juego las condiciones indispensables para una vida digna, la persona humana debe permanecer en el centro de nuestras decisiones. “Es igualmente importante resistirse a la mercantilización de las necesidades humanas esenciales”, sentenciaba el Santo Padre.
Esta reflexión nos obliga a mirar más allá de las estadísticas. Detrás de cada cifra de pobreza hay una familia; detrás de cada lista de espera hay una persona que necesita atención; detrás de las dificultades para acceder al agua o a la vivienda adecuada existen historias concretas. Los números son necesarios para comprender la realidad, pero nunca deberían impedirnos reconocer a las personas que existen detrás de ellos.
Debemos preguntarnos qué sucede cuando una familia tiene que escoger entre atender una necesidad de salud y cubrir otros gastos indispensables, cuando llevar alimentos suficientes a la mesa se convierte en una preocupación permanente o cuando disponer de servicios básicos depende demasiado del lugar donde se nació o de los recursos que se poseen. Estas situaciones no deberían conducirnos a la indiferencia, sino a preguntarnos qué sociedad queremos construir.
Para los creyentes, esa responsabilidad encuentra una expresión particularmente clara en el Evangelio. Jesús nos recuerda reconocer al prójimo en quien tiene hambre o sed, en quien está enfermo o atraviesa una necesidad. La solidaridad cristiana no consiste solamente en movernos ante el sufrimiento, sino también en comprometernos para que las personas puedan levantarse, desarrollar sus capacidades y vivir con dignidad.
Lo esencial no puede ser un privilegio. Costa Rica necesita continuar construyendo un desarrollo que no se mida únicamente por cuánto producimos o cuánto crecemos, sino también por las oportunidades que somos capaces de ofrecer y por la dignidad con que viven las personas. El Señor nos ayude a entender que el verdadero progreso será siempre aquel que coloque al ser humano en el centro y procure que nadie quede excluido de aquello que necesita para vivir dignamente.

















