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Miércoles, 15 Julio 2026
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Los jóvenes son el presente

By Mons. José Rafael Quirós, Arzobispo de San José Julio 15, 2026

El mes de Julio ofrece a la Iglesia en Costa Rica una oportunidad para revisar una idea que hemos repetido durante años con la mejor de las intenciones: “los jóvenes son el futuro de la Iglesia”.

La expresión busca transmitir esperanza. Quiere reconocer que en ellos descansa buena parte del mañana. Sin embargo, encierra un riesgo que pocas veces advertimos: puede llevarnos a pensar que su verdadero momento todavía no ha llegado.

Pero el Evangelio nunca presenta a los jóvenes como una promesa aplazada. Dios no llama únicamente cuando alguien acumula años, experiencia o prestigio. Llama cuando encuentra un corazón dispuesto. Así ocurrió con tantos hombres y mujeres de la historia de la salvación que, siendo jóvenes, asumieron responsabilidades decisivas para su pueblo.

El Evangelio nunca presenta a los jóvenes como una promesa aplazada. Dios no llama únicamente cuando alguien acumula años, experiencia o prestigio. Llama cuando encuentra un corazón disponible.

Basta recorrer la historia de la salvación. Dios llamó al joven Samuel cuando apenas aprendía a servir en el templo (1 Sm 3); escogió a David siendo el menor de sus hermanos para conducir a Israel (1 Sm 16); confió al joven Jeremías la misión de anunciar su palabra cuando él mismo se excusaba diciendo: “¡Soy demasiado joven!” (Jer 1, 6-8), y recibió el “sí” de una joven de Nazaret, María, para que, con su respuesta libre, comenzara la historia de la Encarnación (Lc 1, 26-38).

Incluso Jesús quiso compartir la condición juvenil. A los doce años dialogaba con los maestros en el templo, dejando entrever que su vida estaba orientada por la voluntad del Padre (Lc 2, 41-52). Y cuando inició su vida pública, alrededor de los treinta años (Lc 3, 23), una edad considerada todavía joven para asumir una misión de semejante magnitud, comenzó una transformación espiritual y cultural que cambiaría para siempre la historia de la humanidad.

Por eso también san Pablo exhortaba a Timoteo: “Que nadie te menosprecie por ser joven; al contrario, sé ejemplo para los creyentes” (1 Tim 4, 12). La vida de fe nunca ha dependido  de la edad, sino de la fidelidad al llamado de Dios.

Los jóvenes, por tanto, no son una Iglesia en construcción. Son Iglesia. No son creyentes de segunda categoría ni cristianos en período de prueba. Desde su bautismo participan plenamente de la misión evangelizadora y poseen dones que ninguna otra generación puede ofrecer de la misma manera.

Es verdad que viven desafíos inéditos. Han crecido en una cultura marcada por la inmediatez, la hiperconectividad, la sobreinformación, la incertidumbre y profundas preguntas sobre el sentido de la vida. Pero precisamente por eso también desarrollan capacidades singulares: creatividad, sensibilidad ante las injusticias, facilidad para generar redes, apertura a nuevas formas de comunicación y una notable capacidad de adaptación.

La pregunta, entonces, no es únicamente qué puede hacer la Iglesia por los jóvenes. La pregunta también es qué está dejando de recibir la Iglesia cuando no les abre espacios reales para servir, proponer y evangelizar.

Quizá haya llegado el momento de cambiar la frase. Los jóvenes no son el futuro de la Iglesia. Son el presente desde el cual Dios sigue renovando su Iglesia. Y cuanto antes aprendamos a confiar en ellos, a escucharlos y a caminar con ellos, más esperanzador será también el futuro que juntos construiremos.

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