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Viernes, 08 Mayo 2026
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Un juramento para una Costa Rica que dialoga, aprende y avanza

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Mayo 07, 2026

Este 8 de mayo, Costa Rica abrirá un nuevo capítulo en su historia republicana: Laura Fernández Delgado será juramentada como presidenta constitucional de la nación.

Será la persona número 50 en ocupar la silla presidencial, un hito que nos invita a mirar hacia atrás para comprender de dónde venimos y hacia adelante para imaginar a dónde podemos llegar.

Es también una oportunidad para reflexionar sobre la calidad de nuestra democracia, sobre la fortaleza de nuestras instituciones y sobre la capacidad colectiva de construir un país más justo, más solidario y más próspero para todas las personas.

La democracia costarricense ha sido, a lo largo de su historia moderna, un aprendizaje constante. Hemos cultivado una cultura cívica que valora la convivencia en medio de diferencias de opinión y de proyectos políticos.

Sin embargo, no podemos ignorar que la educación cívica, ese conjunto de hábitos y valores que permiten escuchar al otro, debatir con argumentos y tomar decisiones compartidas, no siempre ha estado presente de forma plena en cada hogar, cada aula y cada espacio público.

Este reconocimiento, lejos de convertirse en lamento, debe traducirse en un compromiso concreto: fortalecer la educación cívica, promover el respeto a las diferencias y sembrar la certeza de que la discrepancia puede ser un motor de aprendizaje y progreso.

El llamado que nos convoca es claro: no a la uniformidad, sino a la concordia. La esencia democrática no reside en eliminar la diversidad de ideas, sino en gestionarla con responsabilidad, escuchar sin prejuicios y buscar soluciones compartidas que beneficien a la gente.

Pensar distinto no debe ser visto como un enemigo; debe ser concebido como una oportunidad de enriquecimiento mutuo y de fortalecimiento de nuestras instituciones. La riqueza de Costa Rica radica en la pluralidad de miradas que dialogan, negocian y acuerdan, siempre con el propósito de ampliar las oportunidades de vida de la gente.

En este bicentenario de nuestra democracia, hemos sido testigos de ejemplos que inspiran. Personas de distintas ideologías y pensamientos políticos han sabido unir esfuerzos para sostener consensos institucionales y avanzar en derechos y garantías que protegen a las personas más vulnerables.

Entre esas conquistas, destacan las garantías sociales, que no son una dádiva, sino el resultado de un pacto social en el que la inversión pública, la solidaridad y la responsabilidad compartida crean un andamiaje que sostiene a las familias, las comunidades y el tejido productivo de la nación.

Este equilibrio entre seguridad y libertad, entre derechos y deberes, es lo que da sustento a una nación que mira hacia el futuro sin perder la memoria de sus principios.

El protagonismo de una presidenta que asume la responsabilidad suprema de la nación no es un símbolo aislado. Es la manifestación de una democracia que se renueva, que se apoya en la participación cívica y que se reviste de legitimidad cuando el liderazgo surge del compromiso con el bien común.

Esta presidencia, lejos de encerrar a la deliberación en la esfera de lo técnico o lo político, invita a un compromiso ciudadano más amplio: el de participar, el de exigir con responsabilidad, el de educar a las nuevas generaciones en la valoración de la discrepancia como parte esencial de la democracia.

Porque pensar diferente no es enemistad; es, a la vez, un espejo en el que nos miramos para mejorar y un puente hacia soluciones más justas y sostenibles.

La tarea de construir un país más saludable, más educado y más inclusivo exige un diálogo que trascienda los necesariamente partidistas de corto plazo.

El diálogo respetuoso y constructivo entre todos los actores políticos —gobierno, oposición, instituciones, trabajadores, empresarios, academia, organizaciones sociales y comunidades— es la vía para convertir la diversidad de visiones en un motor de progreso real.

Este diálogo no es mera cortesía; es una disciplina de gobierno y de ciudadanía que implica escuchar con atención, cuestionar con rigor, proponer con creatividad y acordar con responsabilidad.

Cada actor tiene un papel específico y no menor: proponer soluciones que respondan a necesidades reales, defender principios fundamentales y, cuando sea posible, ceder en lo accesorio para ganar en lo esencial.

La salud, la educación y la inclusión social deben ocupar un lugar central en la agenda de un país que aspira a sostener sus avances intergeneracionales.

En el ámbito de la salud, el diálogo debe traducirse en políticas que garanticen acceso, calidad y sostenibilidad.

Esto implica escuchar a profesionales de la salud, a pacientes, a investigadores y a comunidades rurales, para identificar brechas, priorizar inversiones y diseñar programas que atiendan tanto a las emergencias como a las necesidades de largo plazo: prevención, atención primaria fortalecida, infraestructura adecuada y talento humano suficiente y bien formado.

La visión compartida debe buscar no sólo la curación de enfermedades, sino la promoción de estilos de vida saludables, la equidad en la prestación de servicios y la reducción de desigualdades geográficas y socioeconómicas en el acceso a la protección sanitaria.

En educación, el diálogo debe articular la inversión en infraestructura, en docentes, en tecnologías y en metodologías pedagógicas que preparen a las nuevas generaciones para un mundo en constante cambio.

La educación ya no es solo transmisión de conocimiento; es formación ciudadana, desarrollo de habilidades críticas, creatividad, resiliencia y capacidad de colaborar en equipos diversos.

Los consensos deben centrarse en garantizar educación de calidad para todas las personas, desde la primera infancia hasta la educación superior, con oportunidades de formación técnica y profesional que respondan a las necesidades de una economía moderna y sostenible.

Un diálogo robusto y continuo con docentes, estudiantes, familias y comunidades es la clave para diseñar políticas que no sólo respondan a las cifras, sino que generen experiencias de aprendizaje significativas y transformadoras.

La inclusión social, por su parte, exige acuerdos que eliminen barreras y abran oportunidades reales para todas las personas, especialmente para quienes históricamente han sido marginados: pueblos y comunidades indígenas, mujeres, jóvenes, personas con discapacidad, migrantes y grupos vulnerables.

El diálogo entre sectores debe traducirse en acciones concretas: políticas de empleo que reduzcan brechas, programas de vivienda digna, mecanismos de protección social que lleguen a quienes están fuera de la red, y una cultura institucional que garantice la participación plena de todos en la vida cívica.

Este es un momento para pensar la inclusión no como una lista de beneficiarios, sino como un marco de derechos y responsabilidades compartidas que fortalece la cohesión social y amplía el horizonte de oportunidades para cada costarricense.

La responsabilidad de liderar este proceso recae en la figura de Laura Fernández Delgado, pero también en la calidad del sistema democrático que la acompaña. La legitimidad de su mandato no se nutre solo de votos, sino de la capacidad de construir acuerdos con base en principios, evidencia y solidaridad.

En este sentido, el primer gran reto es evitar la trampa de la polarización que desnaturaliza la política y estanca las soluciones.

Cuando la polarización se instala, las soluciones se vuelven imposibles y la gente sufre las consecuencias: servicios más caros, plazos más largos, incertidumbre y desinversión. Por el contrario, cuando el diálogo es respetuoso y constructivo, las diferencias se transforman en oportunidades para mejorar políticas públicas, optimizar recursos y generar confianza en las instituciones.

El camino hacia esa cultura de diálogo exige, además, la participación activa de la sociedad civil y el compromiso de las instituciones académicas y mediáticas. Las universidades y centros de investigación pueden aportar evaluaciones rigurosas y proyecciones confiables que orienten las decisiones públicas.

Los medios de comunicación tienen la responsabilidad de facilitar un debate informado, claro y equilibrado, evitando la amplificación de extremos y promoviendo encuentros entre voces diversas. Las organizaciones sociales, comunitarias y laborales deben posicionar sus demandas con argumentos bien fundados y abiertos a la negociación, siempre con el objetivo de mejorar la vida de las personas y fortalecer la convivencia social.

Este diálogo responsable no implica renunciar a principios o a la verdad. Al contrario, implica defender ideas con claridad, explicar las razones de las decisiones y aceptar la revisión cuando la evidencia lo indique.

Es un proceso dinámico, en el que las decisiones deben estar fundamentadas en datos, experiencias y en la escucha atenta de las necesidades reales de la gente. Un liderazgo que sabe escuchar y que se compromete a rendir cuentas ante la ciudadanía crea condiciones favorables para invertir en salud, educación e inclusión social, ya que la confianza pública es un activo indispensable para generar consensos y movilizar recursos.

La democracia costarricense se ha forjado en una tradición de acuerdos. Nuestra historia demuestra que cuando los actores políticos, desde diferentes sensibilidades, se sientan a la mesa con buena fe, es posible avanzar.

 

Este legado debe inspirar la acción presente y futura: construir un marco de cooperación que trascienda los ciclos electorales y que esté orientado por un compromiso constante con el bien común.

La gobernabilidad se fortalece cuando las decisiones son el resultado de un proceso inclusivo y transparente, en el que las discusiones públicas se realizan con decoro, evidencia y propósito compartido.

En este momento de nuestra historia, el liderazgo de Laura Fernández Delgado puede convertirse en un símbolo de aquello que más nos fortalece como nación: la capacidad de dialogar, aprender y avanzar juntos, sin perder la mirada en la dignidad de cada persona y en la promesa de un futuro más justo para todos.

La experiencia de décadas de acuerdos y de lucha por derechos nos recuerda que la democracia no es un estado pasivo, sino un proyecto activo que se renueva con la participación de cada ciudadano y ciudadana.

Es, en esencia, un compromiso continuo de construir puentes donde antes hubo muros, de convertir diferencias en oportunidades y de garantizar que todas las personas tengan voz, tiempo y recursos para construir una vida plena.

La importancia de este momento radica, además, en la necesidad de consolidar una cultura de prevención y respuesta ante los desafíos sociales complejos: envejecimiento poblacional, cambios tecnológicos acelerados, migración y diversidad cultural.

Un diálogo inclusivo permite diseñar políticas que anticipen problemas y que, a la vez, promuevan soluciones innovadoras y sostenibles. Por ejemplo, en el ámbito de la salud, puede facilitarse la implementación de programas de prevención y promoción de la salud que reduzcan costos a largo plazo, al mismo tiempo que se fortalecen redes de atención primaria cercanas a las comunidades.

En educación, un pacto por la excelencia educativa implica no sólo invertir en aulas, sino también en formación continua para docentes y en la creación de trayectorias educativas que se adapten a las aspiraciones y realidades de cada estudiante.

En inclusión social, un enfoque de derechos y oportunidades reales implica garantizar que nadie quede fuera del sistema de protección, que las políticas públicas lleguen a quienes viven en la periferia y que la ciudadanía participe activamente en la definición de prioridades.

El juramento que hoy encarna Laura Fernández Delgado no debe entenderse como un acto ceremonial aislado. Debe ser un compromiso vivo con la gente: un plan de acción que priorice la mejora de la salud, la calidad de la educación y la inclusión como ejes transversales de desarrollo.

Es una invitación a toda la nación para participar en la construcción de una agenda compartida, basada en valores de justicia, solidaridad y responsabilidad.

Es, asimismo, una promesa de transparencia: que las decisiones se comunican con claridad, que se explican las razones de cada medida y que se rinde cuentas de manera abierta ante la ciudadanía.

Este marco de acción requiere, para ser efectivo, una institucionalidad que funcione con eficiencia y ética.

Cuando las instituciones actúan con coherencia y claridad, la confianza social se fortalece y la inversión pública y privada puede fluir con mayor libertad hacia proyectos que generan valor social real.

Por ello, la colaboración entre ramas del poder, la coordinación entre diferentes órganos gubernamentales y la cooperación con los gobiernos locales se convierten en elementos esenciales para la implementación de políticas de impacto.

La descentralización inteligente, la participación comunitaria y la rendición de cuentas verificada son componentes clave de ese sistema que queremos para Costa Rica.

En suma, la inauguración de un nuevo periodo presidencial es, ante todo, una oportunidad de reafirmar un pacto social: un compromiso colectivo de valorar la dignidad humana, de proteger los derechos básicos y de invertir en el capital humano que sostendrá el desarrollo sostenible de nuestro país.

La salud, la educación y la inclusión social no son costos de la política; son inversiones en la gente, en su bienestar y en su capacidad de soñar y de construir un mañana mejor. Y ese mañana depende de nuestra capacidad para dialogar con respeto y con pensamiento constructivo, para reconocer que la diversidad de ideas no es un obstáculo, sino la materia prima de la innovación y la justicia social.

La historia nos ha enseñado que los resultados perduran cuando la democracia se apoya en la conversación informada y en el compromiso compartido.

Por eso, en este momento decisivo, nos convoca a la acción: construyamos, desde la pluralidad de voces, un Costa Rica que no tema ante la diferencia, sino que la abraza como motor de progreso.

Que Laura Fernández Delgado, al asumir la presidencia, encarne esa democracia que dialoga, esa ciudadanía que participa, y ese sentido de propósito que transforma la discrepancia en soluciones que beneficien a todas las familias costarricenses.

Que este juramento no sea una mera formalidad, sino un compromiso vivo: el de fortalecer las instituciones, de defender los derechos de todos los costarricenses y de avanzar con humildad, visión y empatía.

Que la experiencia de nuestras décadas, basada en acuerdos y en la búsqueda del bien común, siga iluminando el camino hacia un país más justo, más solidario y más próspero para las generaciones presentes y futuras.

Que el diálogo, cuando es respetuoso y constructivo, se convierta en la fuerza que nos permita convertir las diferencias en oportunidades y para que la salud, la educación y la inclusión social sean siempre la base de nuestro progreso.

En ese ánimo, celebramos no solo la investidura de una mujer que asume la presidencia, sino la afirmación de una democracia que se nutre de la capacidad humana para dialogar, para aprender y para construir puentes donde antes hubo muros.

Costa Rica, con su diversidad de ideas y con su historia de acuerdos, continúa creciendo como un baluarte de la democracia bicentenaria, capaz de mirar al futuro sin perder la memoria de sus principios y sin dejar de creer en el potencial de su gente.

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