Face
Insta
Youtube
Whats
Martes, 05 Mayo 2026
Image

La democracia es un proyecto vivo

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Mayo 04, 2026

El 1 de mayo, los costarricenses vivimos un momento hermoso que refleja los valores de nuestra democracia: el respeto y la renuncia a instrumentalizar la institucionalidad cuando la voluntad popular está en juego.

Asistimos a la renovación del Congreso de la República, con nuevas diputadas y nuevos diputados que llegan desde distintos rincones del país para sumar voces, dialogar y contribuir al tejido cívico que mantenemos en constante construcción. En Costa Rica, la democracia exige consensos, respeto y tolerancia.

Exige, incluso cuando no coincidimos, respetar la opinión del adversario y no etiquetarlo como enemigo. Qué importante es comprender que, en medio de las diferencias, se abren oportunidades para afianzar los valores esenciales de la convivencia pacífica.

La convivencia democrática no nace de la uniformidad, sino de la capacidad de dialogar con la diversidad. Octavio Paz, desde su visión de una identidad plural, recordaba que la libertad auténtica se negocia y se comparte.

El nuevo Congreso costarricense no es una simple suma de posiciones; es un escenario para construir puentes, para que la discrepancia no se convierta en ruptura, sino en fertilizante de propuestas que permitan avanzar mediante el consenso.

En ese marco, la pluralidad de voces se convierte en una riqueza que obliga a pensar soluciones con alcance social, más allá de las zonas de confort de cada bancada. La tarea es convertir la diversidad en una oportunidad de políticas públicas incluyentes.

La diversidad de ideas que llega a la Asamblea refleja la riqueza de nuestra región. Pablo Neruda, con su mirada de justicia y dignidad humana, nos invita a reconocer en el otro a un sujeto con historia y esperanza.

La lucha por la justicia sin escucha que desarma prejuicios carece de sentido; la verdadera política debe abrir espacios para el diálogo y la inclusión.

Así, la nueva representación tiene la responsabilidad de convertir las diferencias en una fuerza creadora que proteja a los más vulnerables y fortalezca la convivencia cívica.

Cuando el parlamento incorpora voces diversas, se alimenta la posibilidad de construir políticas que respondan a las condiciones de vida reales: educación de calidad, atención sanitaria, empleos dignos y territorios con oportunidades equilibradas. 

José Martí enseñaba que una república que no dialoga con sus diferencias se debilita. La educación para la libertad, la virtud cívica y el servicio público deben orientar a los nuevos parlamentarios hacia el bien común por encima de intereses personales o partidistas. 

En ese marco, la deliberación pública debe basarse en una ética de servicio, no en el afán de poder. Martí nos recuerda que la política debe ser un acto de responsabilidad colectiva, no un espectáculo de pugnas por la superioridad de un bloque.

La responsabilidad de la representación es dejar constancia de que la autoridad nace del consentimiento y de la confianza que inspira la conducta de quienes legislan.

La democracia costarricense, reconocida por su tradición de paz, necesita una convivencia basada en la empatía y en la experiencia de la política como arte de la negociación. Jorge Luis Borges nos recuerda que la verdad en política no es propiedad de una sola facción, sino un objetivo que surge cuando las diferencias se ponen en diálogo y se busca una síntesis entre todas las voces.

 Así, el marco debe ser de debates abiertos y respetuosos, donde el escrutinio crítico fortalezca, y no destruya, la dignidad del otro.

La idea de Borges de un laberinto de posibilidades encuentra eco en el Congreso, donde cada pasaje de argumento puede abrir rutas insospechadas hacia soluciones más justas y duraderas.

La esencia de nuestra democracia no está en la uniformidad, sino en sostener una conversación que permita convivir con dudas y discrepancias. Raúl Croes, pensador cívico regional, enfatiza que la participación ciudadana es construcción compartida: escuchar, argumentar, ceder y, cuando corresponde, renunciar a la creencia de que solo una verdad reside en un bloque político.

La paciencia cívica no es debilidad; es fortaleza institucional que evita que las diferencias deriven en violencia simbólica o en ruptura. Cada voto, cada voz y cada idea aportan al laboratorio de la democracia.

Este enfoque no solo fortalece la legitimidad de las decisiones, sino que también garantiza que las políticas públicas respondan a las necesidades reales de las comunidades, promoviendo una cultura de responsabilidad y rendición de cuentas.

La renovación parlamentaria también es una oportunidad para renovar nuestro compromiso con la institucionalidad.

No basta con ocupar escaños; hay que fortalecer las reglas, defender la institucionalidad ante tentaciones de instrumentalización y recordar que la política debe respetar la libertad de expresión, la diversidad de pensamiento y el derecho a la protesta dentro de límites democráticos.

La ética pública, la transparencia y la rendición de cuentas deben guiar las políticas que atienden a las comunidades, especialmente a las más vulnerables.

En este plano, cada acto de vigilancia de la opinión pública, cada ejercicio de control ciudadano y cada táctica de transparencia se convierten en herramientas para evitar la corrupción y garantizar que las instituciones sirvan al interés general.

La tolerancia, necesaria en tiempos de polarización, se cultiva con una práctica diaria: escuchar con atención, preguntar con curiosidad y responder con responsabilidad.

La verdadera democracia no es la ausencia de conflicto, sino la gestión ordenada de las diferencias. Como Neruda podría sugerir, la vida pública debe escribirse con tinta de justicia, solidaridad y dignidad humana.

Reconocer la dignidad de cada persona, incluso cuando exista desacuerdo, es la base para construir políticas públicas que respeten derechos y promuevan la equidad. Este principio implica también una responsabilidad hacia las minorías, hacia quienes viven en condiciones de vulnerabilidad o invisibilidad social, a fin de que las políticas no solo respondan a mayorías, sino a las necesidades de todos.

El proceso de formación de coaliciones y acuerdos en el Congreso recién renovado debe centrarse en objetivos concretos que impacten la vida cotidiana de las personas.

No se trata simplemente de una negociación de posiciones, sino de una alianza para garantizar derechos sociales, mejorar servicios públicos, fortalecer la transparencia y la rendición de cuentas, y promover políticas que favorezcan a las comunidades rurales y urbanas por igual.

En esa labor, la ética debe ser la guía principal: la transparencia, la responsabilidad y el compromiso con el interés general deben primar sobre las diferencias de color político o de interés particular.

Al mirar el horizonte, se aprecia que la cooperación responsable puede traducirse en presupuestos más justos, en reformas educativas que eleven las competencias ciudadanas y en políticas de salud que reduzcan las brechas entre zonas urbanas y rurales.

Así, el día 1 de mayo no es solo una fecha de conmemoración laboral sino una oportunidad para recordar que la democracia es un proyecto vivo que exige vigilancia, participación y humor democrático ante las dificultades.

La crítica constructiva, cuando se ejerce con respeto, puede convertirse en motor de excelencia pública. Y la celebración de la diversidad de voces, lejos de debilitar la gobernabilidad, la fortalece, al enriquecer el debate y ampliar las alternativas políticas disponibles para la ciudadanía.

En este sentido, la ciudadanía debe sentirse llamada a participar no solo en las urnas, sino en la vida diaria de las instituciones: comités vecinales, consejos municipales, foros temáticos y procesos de consulta que permitan que las decisiones públicas reflejen la diversidad del país.

Cierro con una invitación a mirar más allá de la escena parlamentaria: la verdadera democracia se cuida en la vida cotidiana. Se cuida en el barrio, en la escuela, en la oficina, en las plazas y en las redes sociales cuando se opta por el diálogo en vez de la descalificación.

Se cuida en la memoria de quienes lucharon por derechos fundamentales y en la responsabilidad de quienes hoy ocupan cargos de representación para garantizar condiciones de vida dignas para todas las personas.

Esa es la promesa de un país que, como Costa Rica, ha construido una tradición de convivencia pacífica y de respeto a la institucionalidad, incluso cuando esa institucionalidad requiere ser renovada, fortalecida y, a veces, repensada.

Si se me permite una última reflexión, conviene recordar que la legitimidad de una democracia no se mide solo por el tamaño de su mayoría sino por la calidad de sus deliberaciones.

En esa calidad, los grandes intelectuales latinoamericanos han dejado un legado de humildad cívica, de compromiso con la verdad y de respeto hacia el otro.

Que ese legado inspire a cada diputada y a cada diputado, a cada funcionaria y funcionario público, y a cada ciudadana y ciudadano que participa de la vida pública: la democracia, cuando se practica con responsabilidad y con afecto por la justicia, es la ruta más fecunda para construir una convivencia que merezca ser llamada civilizada.

Síganos

Face
Insta
Youtube
Whats
puntosdeventa
Insta
Whats
Youtube
Carta Pastoral
Image
Planes de Suscripción Digital
Image
Image
Conferencia Episcopal
CELAM
Vatican News
puntos de venta
suscripciones
Catalogo editoria
publicidad
puntos de venta
suscripciones
Catalogo editoria
publicidad