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Templos nuevos para tiempos nuevos

By Pbro. Glenm Gómez A. Noviembre 03, 2023

La liturgia y la comunicación son inherentes y su relación es profunda y significativa, ya que ambas tienen como objetivo fundamental la conexión y la transmisión de significado.

En la liturgia “los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.”[1] Y, aunque no es la única acción de la Iglesia, la liturgia “es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza.”[2]

La liturgia es una forma de comunicación articulada que utiliza símbolos, rituales, formas y lenguaje simbólico para conectar a las personas con lo sagrado y entre sí. Al mismo tiempo, como lugar teológico, a través de la liturgia, las comunidades transmiten la esencia de su doctrina, tradiciones, valores y creencias que fomentan un sentido de comunidad y espiritualidad común.

En este contexto, los templos tienen un enorme significado, en general, en las culturas y religiones. Estas estructuras son consideradas lugares sagrados y de veneración, donde las personas se reúnen para llevar a cabo prácticas espirituales, ceremonias y rituales. En principio, los cristianos no tenían edificios religiosos específicos para sus reuniones y adoración y solían reunirse en casas particulares, en cuevas o en lugares al aire libre.

Sin embargo, a medida que el cristianismo se difundía y ganaba más seguidores, surgió la necesidad de tener espacios dedicados para las prácticas religiosas y la enseñanza.

Eusebio de Cesárea (265 -339 d.C) señala en su Historia Eclesiástica que, gracias al emperador, “los templos surgían de nuevo desde los cimientos hasta una altura imprevista, y recibían una belleza superior en mucho a la de los que anteriormente fueron destruidos. Constantino dio las instrucciones oportunas para que se restituyeran sus posesiones a la Iglesia y del erario público se sufragaran las obras necesarias para reedificar sus lugares de culto. Así, los fieles se regocijaban con motivo de las consagraciones de los oratorios recién construidos”.[3]

Según esto, es claro que los cristianos erigieron, con anterioridad, lugares específicos para las acciones cultuales y eran considerados, también, como centros comunitarios donde los creyentes se congregaban, socializaban y fortalecían su fe.

Con la libertad religiosa a los cristianos y el fin a la persecución oficial, a partir del siglo IV, la necesidad de contar con lugares amplios para la celebración litúrgica motivó la construcción de edificios que homologaban la vida pública de la época, de allí que se adoptaran las basílicas, a saber, un edificio público que servía a los romanos de tribunal y de lugar de reunión y de contratación, común en el Imperio desde el siglo II antes de Cristo.

El término procede del griego βασιλική, aula regia o imperial. Pero lo cierto es que, “en el lenguaje romano, el término basílica alude a la función más que a la composición del edificio, y pese a las variaciones, la función de la basílica romana se describe fácilmente: una basílica no era sino una gran sala de reunión.”[4]

Puede afirmarse que la basílica cristiana “es el primer intento de arquitectura moralizada” que “mediante una combinación ética-estética” consigue aproximar “en una labor de equipo al maestro, constructor y al teólogo”.[5]

Este edificio presenta más que un lugar nuevo para las necesidades cultuales pues, en su distribución de espacio, se definen jerarquías entre los participantes, procesos de interacción y otros aspectos que conforman el fenómeno de la comunicación y su referencia espacial, incluyendo, los recuerdos y vivencias o aspectos intangibles que se asociación a un lugar o espacio.

Algunas de las iglesias cristianas más conocidas son la Basílica de San Juan de Letrán, la Basílica de San Juan en Éfeso (Turquía)- en la actualidad solo se conservan algunas ruinas-. Otro ejemplo significativo es la Basílica de San Pedro, en Roma, que fue construida sobre la tumba de San Pedro.

 

[1] Concilio Vaticano II, Constitución Apostólica Sacrosanctum Concilium, n.7

[2] Ídem, n.10

[3] Fermin Labarga, Ídem,

[4] Krautheimer, R., Arquitectura paleocristiana y bizantina, Madrid,4, 1981, p. 46.

[5] Cf, Núñez Rodríguez, M., «El arte paleocristiano y bizantino», en Ramírez, J.A. (dir.), Historia del Arte, II, Madrid 2003, p.4.

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