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Héroes potentes

By P. Charbel EL ALAM - Orden Maronita Libanesa Septiembre 29, 2022

Bendecid al Señor, ángeles suyos, héroes potentes, ejecutores de sus órdenes, en cuanto oís la voz de Su Palabra” (Salmo 103, 20).

Me alegra particularmente ofrecerles hoy una pequeña reflexión acerca de los arcángeles, ya que cada uno de ellos llevó a cabo una misión distintiva e imperiosa en la historia de la salvación. Las Escrituras atestiguan que los ángeles no sólo alaban a Dios, sino que le sirven. En el cielo, como en la tierra, los ángeles son los primeros servidores de Dios. ¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación? (Hebreos 1, 14).

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 328, nos instruye una exquisita enseñanza: “La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición”.

El término más común para la palabra “ángel” viene del griego aggelos, una traducción del hebreo mal’ak, que significa “mensajero”. No obstante, cualquiera que sea el término bíblico que se utilice, no debemos perder de vista que en todo caso su significado se refiere a un ser real, superior a los seres humanos, pero inferior a Dios. Por otra parte, el ángel es una criatura que está en la presencia de Dios, orientada con todo su ser hacia Dios. “Y se gritaban el uno al otro: “Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria” (Isaías 6, 3) Su verdadera condición es estar en Él y para Él. De hecho, el nombre en hebreo de los tres arcángeles finaliza con el sufijo ‘il, que significa “Dios”. Así entonces, Dios está inscrito en sus nombres, en su naturaleza misma.

Los autores bíblicos tuvieron la clara intención de que sus referencias a los ángeles se entendieran primordialmente en un sentido literal y sólo en segundo lugar, en un sentido figurativo o metafórico.

Todo esto resulta aún más claro si contemplamos las figuras de los tres Arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael, a quienes invocamos con confianza pidiendo su ayuda y protección. “… que Él dará orden a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos” (Salmos 91, 11).

 

El Arcángel Miguel

 

La figura de este Arcángel aparece sobre todo en el libro de Daniel, en la carta del apóstol San Judas Tadeo y en el Apocalipsis. Estos textos ponen de manifiesto las dos funciones que le fueron encomendadas. En principio, Miguel defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunción del dragón, de la “serpiente antigua”, como dice San Juan en 12, 7. La otra función, según la Escritura, es la de protector del pueblo de Dios. En Daniel 10, 13 leemos: “Miguel, «uno de los Primeros Príncipes», ha venido en mi ayuda.” San Miguel es por tanto el Caudillo y Príncipe de la Milicia Celestial, mayor rango de jerarquía angelical en el cielo. Él es fiel guardián de las almas y viene en auxilio de los hombres, que Dios hizo a Su imagen y semejanza, y que rescató a gran precio de la tiranía del demonio.

 

El Arcángel Gabriel

El Arcángel Gabriel resplandece en el magnífico relato de la Anunciación y Encarnación. “Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios” (Lucas 1, 19)

Gabriel es el emisario del amor de Dios hecho carne. Es enviado a Nazaret, llama a la puerta de María y, a través de él, Dios mismo le extiende, a la siempre pura y siempre virgen, la propuesta de convertirse en la Madre del Redentor; de dar su carne humana al Verbo eterno de Dios, al Hijo de Dios; y es con paciencia y gozo, el receptor de aquel prodigioso “Sí” de María, de su Fiat. A este mensajero fiel le pedimos que abra nuestros oídos para captar los más pequeños signos y llamamientos del Señor.

 

El Arcángel Rafael

 

San Rafael se nos presenta en el libro de Tobías, y es aquel a quien le fue encomendada la misión de curar. “Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que tienen entrada a la Gloria del Señor”. (Tobías 12, 15). El libro de Tobías refiere las tareas emblemáticas de sanación que realizó el Arcángel Rafael en una pareja: curó la comunión perturbada entre ellos, expulsó los demonios que desgarraban su amor, purificó la atmósfera de aquel hogar y les dio la capacidad de acogerse mutuamente y para siempre. San Rafael nos hiere con un amor ardiente por Dios que sana las heridas que a menudo nos causamos a nosotros mismos.

No se debe obviar la urgente necesidad que conlleva para nuestra vida espiritual el tener presente en nuestras oraciones la poderosa presencia de los arcángeles. “He aquí que yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado”. (Éxodo 23, 20)

Quiera el Señor, por su intercesión, concedernos el don de la perseverancia en la fe y en las buenas obras, para conseguir la gloria del Paraíso.

 

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla,

sé nuestro amparo contra la maldad y asechanzas del diablo,

que Dios le reprenda, es nuestra humilde súplica;

y tú, Príncipe de la milicia celestial, por el poder de Dios,

arroja al Infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos,

que vagan por el mundo buscando la perdición de las almas”

Amén.

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