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¡Por la paz!

By Mons. João Braz de Aviz / Instituto para la Vida Consagrada Abril 28, 2022

Queridos consagrados y consagradas. Aquello que temíamos ha sucedido: la guerra ha regresado, una vez más, por las calles y entre la gente; ha regresado en un continente que parecía haber aprendido de las atrocidades del pasado; ha regresado trayendo consigo el peligro de un nuevo conflicto mundial. Ha regresado y ha vuelto a presentar ante nuestros ojos el drama que viven millones de personas en otros lugares del mundo.

Unámonos a los hombres, mujeres y niños que viven en Ucrania y en todos los Países profundamente heridos por las guerras, o por enfrentamientos y actos de violencia internos. Confiemos a la Madre de Dios el sufrimiento, la vida y la muerte de tantos hermanos y hermanas nuestros que se ven afectados por el horror y la insensatez de la guerra y hagamos nuestro el llamamiento del Papa Francisco.

Cuanto más compartamos su dolor, más intensificamos la oración al Dios de la paz que se ha hecho cercano a nuestra vida, tiene compasión de la suerte de la humanidad herida (Papa Francisco, Ángelus, 14 de febrero de 2021).

Lo sabemos bien: nunca habrá vencidos o vencedores, sino sólo hombres, mujeres y niños devastados por el conflicto. Nuestra oración es por la salvación de todos, siguiendo el ejemplo de Cristo, que en la cruz ha abrazado al justo y al pecador, “que quiso unirse tanto a quien tiene razón como a quien es culpable, que abrazó a todos con un mismo amor… no con comprensión, sino con compasión” (Antonij Bloom, exarca emérito del Patriarcado de Moscú para Europa occidental).

Siguiendo los pasos de numerosos santos fundadores y fundadoras, de tantos hombres y mujeres consagrados, creemos en el poder de la oración, porque «se debe rezar siempre, también cuando todo parece vano, cuando Dios parece sordo y mudo y nos parece que perdemos el tiempo. Incluso si el cielo se ofusca» (Papa Francisco, Audiencia general, 11 de noviembre de 2020). Recemos para que cese la guerra, para que no triunfe una economía que mata, para que el amor reemplace al odio, la solidaridad a la indiferencia, para que el diálogo sea más fuerte que las armas.

Lo pedimos en especial a las hermanas contemplativas, que, seguramente, en este tiempo ya están ofreciendo su vida por la paz. Que la oración incesante sea el corazón ardiente de cada uno, de cada una, y de todos. Recemos en soledad, en nuestras comunidades, convirtámonos en promotores de momentos de oración, hagámoslo – allí donde sea posible – junto a los hermanos de las iglesias cristianas, acudiendo a ellos para expresarles nuestro deseo de fraternidad e invitemos a otros a la experiencia de oración.

No nos cansemos de rezar. Con esa misma pasión realicemos gestos de paz allí donde estemos, junto a todo hombre y mujer de buena voluntad; dejémonos convertir por el Espíritu Santo para realizar obras de paz, para que nuestra vida hable y sea, con mansedumbre y verdad, testimonio de la misericordia que nos dona el Padre.

A María, Reina de la Paz, encomendamos juntos a toda Europa y el mundo entero.

 

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