Ya antes, en su primera salida del Vaticano tras su elección, el 10 de mayo de 2025, León XIV se dirigió a la pequeña ciudad medieval y visitó el santuario, de antigua tradición agustiniana, conocido como un importante sitio de peregrinación porque alberga un fresco de la Virgen María, al que se le atribuyen intercesiones milagrosas, comenzando por su propia aparición, en el año de 1467. La imagen muestra a la Virgen María con el Niño Jesús en un tierno abrazo, donde el Niño rodea su cuello con amor.
Ese día, el Santo Padre escribió en el libro de peregrinos: “Ya en los primeros días de mi pontificado, sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al Santuario de la Virgen del Buen Consejo, que a lo largo de toda mi vida me ha acompañado con su presencia maternal, con su sabiduría y con el ejemplo de su amor por el Hijo, quien siempre es el centro de mi fe. Camino, verdad y vida. Gracias, Madre, por tu ayuda. Acompáñame en esta nueva misión”.
Un vínculo profundo
De hecho, como explica el Padre Rocco Ronzani, OSA, prefecto del Archivo Apostólico Vaticano, Robert Francis Prevost ha visitado el santuario durante décadas, desde que era un joven estudiante en Roma, a principios de los años ochenta, y luego con frecuencia como prior general de los agustinos.
Antes de su elección, había celebrado allí una misa con motivo de la fiesta de la Madre del Buen Consejo, el 25 de abril de 2024. Este vínculo tiene raíces lejanas: la Madre del Buen Consejo es muy venerada en el mundo agustino anglosajón; la provincia agustina de Chicago lleva su nombre y, en el monasterio de Genazzano, a lo largo del siglo XIX, los primeros novicios agustinos originarios de Estados Unidos comenzaron su vida religiosa.
Desde Genazzano partieron muchos de los misioneros que acompañaron a los migrantes italianos al otro lado del océano, así como el primer misionero agustino en Australia.
La antigua iglesia de Santa María de Genazzano ya existía en 1277, mientras que la presencia de los eremitas de San Agustín está documentada desde 1283. En 1356, con el fin de promover una profunda reforma religiosa entre la población, siguiendo el espíritu propio de las órdenes mendicantes, los agustinos aceptaron la donación de la iglesia por parte de los Colonna, señores feudales del lugar.
La Beata Petruccia
Petruccia, una viuda, terciaria agustina y venerada como “beata”, desempeñó un papel decisivo en la reconstrucción de la iglesia. La fuente más antigua sobre Petruccia y el acontecimiento milagroso del 25 de abril de 1467 es el documento conocido como el Defensorium ordinis fratrum heremitarum sancti Augustini, publicado en Roma en 1481, obra de Ambrogio Massari da Cori, prior general de los agustinos y figura destacada durante los pontificados de Pablo II y Sixto IV.
Así leemos en el Defensorium: “La beata Petruccia de Genazzano vendió todos sus bienes para reconstruir la iglesia y nuestro convento, cumpliendo así el consejo de Cristo (…). Como con sus recursos no podía llevar a cabo la empresa, todos se burlaban de ella. Pero ella respondía: “No se preocupen, hijos míos, porque antes de que yo muera serán la Santísima Virgen y San Agustín mismos quienes llevarán a buen término esta iglesia”.
¡Y el cumplimiento de esa profecía fue verdaderamente admirable! Un año después de esa sentencia, una imagen de la Santísima Virgen apareció milagrosamente en una pared de la iglesia. Toda Italia se movilizó para verla. Ocurrieron milagros prodigiosos y llovieron donativos sin número, de tal manera que, mientras Petruccia aún vivía, no solo se logró completar la construcción de la iglesia, sino que también se construyó un hermoso convento”.
La devoción de los papas
Los papas enriquecieron el santuario con donaciones y numerosos privilegios: Benedicto XIV fundó la Pía Unión de la Madre del Buen Consejo y fue el primero en inscribirse en ella. Pío IX visitó el santuario el 15 de agosto de 1864, implorando la ayuda divina para el futuro Concilio Vaticano I; abrió una nueva carretera para facilitar el acceso a Genazzano, restauró y decoró el santuario y dispuso que, cada año, en la Capilla Paulina del Vaticano, la Curia Romana realizara los ejercicios espirituales ante la imagen de la Madre del Buen Consejo. León XIII, quien desde niño había sentido devoción por esta santa imagen, quiso incluir en las Letanías Lauretanas la invocación “Mater boni consilii”, elevó el santuario a la categoría de basílica romana menor y prodigó numerosos otros gestos de afecto. También visitaron la basílica Juan XXIII, quien el 25 de agosto de 1959 invocó a la Madre por la celebración del Concilio Vaticano II y por la paz, y Juan Pablo II, quien llegó allí el 22 de abril de 1993, antes de partir para su viaje apostólico a Albania.
Benedicto XVI también sentía un gran afecto por la Madre del Buen Consejo, devoción muy extendida en Baviera y en los países de habla alemana, y cuando era cardenal solía acudir a Genazzano para celebrar misa.
Entre los santos devotos, es deber recordar a Alfonso de Liguori, Pablo de la Cruz, Benedicto José Labre, Juan Bosco, Luis Orione, la Madre Teresa de Calcuta, el venerable cardenal vietnamita François-Xavier Nguyen Văn Thuan y muchos otros cuyos retratos se conservan en el museo del santuario.
La larga historia de peregrinación y santidad continúa desde hace siglos y al libro de oro de los peregrinos más ilustres se ha añadido ahora el nombre de León XIV, quien, al igual que sus predecesores, ha sido retratado en un fresco en la Capilla de la Madre del Buen Consejo, develado el pasado 7 de setiembre.

















