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Homilía en la Solemnidad de Nuestra Señora de los Angeles, 2022

By Mons. Bartolomé Buigues O. / Obispo de Alajuela Agosto 03, 2022

La alegría nos embarga en esta solemnidad de nuestra Señora de los Ángeles, patrona de nuestro país. Ella nos enseña a amar a Cristo su hijo, nuestro Señor, a vivir la fe que nos fundamenta. Es madre tierna para nuestro pueblo, sabe de nuestras ilusiones y esperanzas, de nuestros sufrimientos. Venerada en esta advocación de Reina de los Ángeles, asunta a los cielos, mostrándonos la grandeza de compartir plenamente la vida de Dios, nos manifiesta la efusión de gracia y misericordia que emana de Él. Somos acogidos en su regazo hoy en este lugar santo y en cada rincón de Costa Rica donde se la invoque

Hemos escuchado la Palabra, dejémosla entrar en nuestro corazón. La tradición cristiana mira a María como personificación de la sabiduría porque ella concibe a Jesús, sabiduría del Padre, y porque lo acompañó como madre y discípula. María ha querido establecer su morada, echar raíces entre nosotros. Por eso, nos decía en el salmo: “Venid, hijos: os instruiré en el temor del Señor”.

Juan coloca a la madre de Jesús al comienzo de su vida pública, en las bodas de Caná, y al final, al pie de la cruz, donde colabora de manera muy especial en la redención. El apelativo “mujer” la reconoce como nueva Eva, junto al nuevo Adán Cristo, bajo el árbol de la cruz, culmen de la historia de salvación. Cristo nos la regala como Madre de la Iglesia y desde entonces, camina con nosotros.

María es el instrumento para esta gran intervención de Dios que es la Encarnación. Naciendo de mujer, Cristo, se sitúa en la historia de su pueblo, en el culmen de la realización de sus esperanzas. Como a María, también hoy el Señor nos inspira una especial colaboración en sus designios amorosos.   

El Señor nos habla hoy, en este cambio de época que vivimos. María, continúa acompañándonos en el discernimiento de la actuación del Espíritu, al igual que a los apóstoles al comienzo de la iglesia, y lanza distintos retos a nuestra generación. He aquí algunos, a mi entender.

 

Hijos míos, van sin norte, sin rumbo, se desvanecen ante las dificultades… busquen fundamentos sólidos para su vida.

 

No cabe duda que, junto a muchas alegrías y consuelos, vivimos también incertidumbres. Ha sido extraordinario el crecimiento tecnológico, pero es muy grande también la pérdida paulatina de principios y valores éticos. Hemos descuidado los fundamentos, aquello que puede darnos identidad y sentido, cohesión como pueblo. Estamos atravesando una auténtica crisis de modelo de vida. Y sorprende el conformismo con el que parte de la sociedad lo contempla.

El contexto social favorece el relativismo ético en función, en cada momento, de la utilidad. En este contexto, se debilitan las sólidas creencias, los relatos y patrones forjados en nuestra cultura a lo largo de su historia, aquello que ofrecía orientación a nuestra vida cotidiana. Contemplamos así al hombre sin rumbo, como en un supermercado de propuestas vacías.

Este rechazo de la responsabilidad ética no es inofensivo, provoca una desmoralización colectiva, introduce desequilibrio y conflicto. Prescindir de la moralidad parece, al principio, una fuente de libertad, pero pronto se convierte en una parálisis del alma, descubre la vanidad del actuar sin fe y sin moral, la ilusión de la verdad sin justicia.

Se evidencia en nuestra sociedad un proyecto de transformación cultural, de reingeniería social que pretende cambiar los paradigmas éticos, sustituir un orden social basado en los fundamentos del humanismo cristiano. Hasta los derechos humanos son objeto de manipulación, convirtiéndose en instrumento de dominación ideológica. Se sostiene a través de la «cultura de la cancelación», para perseguir a quienes disientan de la ideología dominante.

No cedamos a la dictadura del relativismo. Nuestros principios no están en venta. El que no vive según piensa, acabará pensando como vive. Es necesaria una regeneración ética, que nos lleve a recuperar nuestros valores genuinos. Es necesario restaurar la memoria, retomar la riqueza espiritual y humana de nuestra tradición y reclamar un futuro para nuestra sociedad.

 

Sigue diciéndonos María: Puesto que siembran vientos, cosecharán tempestades (Oseas 8,7). No se resignen ante el devenir de nuestro tiempo. Busquen sanación y reconciliación…

 

Condicionamos el valor de la vida a nuestra conveniencia. Abogamos por el cuidado de la naturaleza, pero cedemos al aborto y la eutanasia. Aceptamos que se debiliten nuestros lazos familiares, las redes asociativas y comunitarias, perdiendo su capacidad protectora. 

Abandonamos la responsabilidad de educar a nuestros hijos, evitando corregirlos para no traumarlos. Les instruimos en sus derechos, pero no de sus deberes. Se anula todo lo que suene a disciplina.  Descuidamos la sana educación sexual como educación para el amor, favoreciendo la anarquía de los instintos. Con el falso pretexto de evitar discriminaciones, negamos la base biológica en la realidad sexuada, cediendo a los clichés antojadizos de las corrientes sociales.

Hemos minado la autoridad de los padres y maestros. Abandonamos la exigencia del buen ejemplo y de integridad en la vida pública. Jamás el género humano ha tenido tantas riquezas, y, sin embargo, hay hambre y miseria. Cedemos al consumismo injusto y a la desigualdad escandalosa, invisibilizamos la pobreza, excluimos. Sin principios, la corrupción va en alza a todos los niveles. 

Hemos aceptado que no hay que orientar a los hijos en el área espiritual, sino que decidan de adultos.  Le decimos a Dios que se salga de nuestras vidas... y

nos extrañamos de la delincuencia y el conflicto social creciente.  

Permitir una injusticia significa abrir el camino a todas las que siguen. Necesitamos ser sanados de todos esos aspectos que nos hieren e indisponen para una sana convivencia. Hemos vivido estos días el testimonio de las hermanas Misioneras de la Caridad que, expulsadas de Nicaragua, han venido a nuestro país con paz y serenidad, pensando tan solo en los pobres que atendían allí. O de la familia de Marco Calzada, asesinado en San José, que nos decía en su carta: El amor es el fuego que ilumina el mundo, capaz de vencer de raíz la violencia, para que la paz corra como un río por nuestro bello país. O el beso del Papa a la mano de una líder indígena de Canadá. Permitamos que el amor cure los corazones, sane las heridas que afectan al tejido de nuestra sociedad.

 

Y otro: Protejan la vida y la familia, potencien la educación, son manantiales de humanidad, dinamismos generadores de la persona y la sociedad.

 

El derecho a la vida, su protección, es un imperativo ético. La familia es santuario de la vida, es ámbito de amor, lugar donde somos acogidos incondicionalmente, el mejor ambiente para realizarnos como personas. Es la primera y más genuina expresión de sociedad, su célula vital, escudo que protege a sus miembros y garante, con ello, de la armonía social. Junto a la familia, la educación es un derecho fundamental: la propuesta para el desarrollo humano integral.

La familia y la educación, cauces tradicionales para la transmisión de valores, están hoy limitados, compiten con otras influencias mediáticas e ideológicas. Se debilita la relación educativa de padres y educadores, por cuanto se olvida el valor testimonial, la fuerza del cariño y del ejemplo, la autoridad moral, que brota de una vida íntegra, fundamental para el modelaje de los jóvenes. Se reduce la educación a satisfacción de necesidades, transmisión de conocimientos, expectativas de éxito social.

Propiciemos una educación integral, atenta a las diversas dimensiones del ser humano, particularmente la dimensión espiritual. Impulsemos una visión antropológica respetuosa de la tradición del humanismo cristiano que supere ideologías extrañas. La educación en valores debe ser el eje transversal en el quehacer educativo. Educar la dimensión moral, en orden a hacer posible el ejercicio de la libertad, la maduración en la responsabilidad, el sentido crítico.

El Estado debe promover políticas que protejan a la familia y garantizar el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, de acuerdo con sus convicciones. Facilitar que las familias asuman un rol protagónico en el proceso educativo, creando, así, ambiente de comunidad educativa, junto a los docentes y demás agentes. Generar espacios de diálogo, de participación, para que podamos todos implicarnos en la mejora de la educación.

Nos encontramos, sin duda, en una emergencia educativa, acentuada por la pandemia que vivimos. Es urgente remediar la deserción escolar. Un gran esfuerzo por subsanar las lagunas, reforzando la evaluación, con planes de nivelación y aceleración de aprendizajes. Fortalecer la equidad en la calidad de la educación, con atención especial a los más pobres. Reducir la brecha digital y de recursos educativos que deja a muchos en desventaja. Resolver urgentemente los problemas de infraestructura en los centros educativos.

Dice un proverbio africano que el niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para sentir su calor. El único camino para que un ser humano ame y respete, es que se sienta amado y respetado. En la crisis de humanidad que vivimos, muchos de nuestros niños y jóvenes crecen vacíos de amor. Mendigando cariño, caen en las redes de las pandillas que les dan un falso sentido de pertenencia o en bandas delictivas, el narcotráfico, buscando un dinero fácil. Cuando un joven se siente perdido, es fácil que se confunda. Revisemos qué cargan nuestros niños en su mochila emocional, qué les duele. Hagámosles sentir que pueden contar con nosotros.  

 

Una vez más nos dice María: Preocúpense por la ecología integral. Sean artesanos de comunión, justicia, paz y armonía con la creación.

 

El Papa Francisco nos ha invitado, con apremio, a una conversión humana, social y ecológica, a gestar un cambio de paradigma socio-cultural en el que estamos llamados a ser protagonistas. Propugna una ecología integral que una el cuidado de la naturaleza y la justicia, se preocupe de la degradación ambiental y la social, escuche el clamor de la tierra y también el de los pobres.

He aquí algunos signos de la degradación de nuestro ambiente social. El desconocimiento del valor primario de la persona y de su dignidad; indiferencia y orgullo insolidario por la debilidad en los vínculos y de pertenencia social; gran desigualdad que origina exclusiones, cultura del descarte con los que no “útiles”; la emergencia de salud en la pandemia y las afectaciones a la salud mental; la violencia, la delincuencia, el narcotráfico, las pandillas, la trata de personas. Degradación democrática: necesidad de una regeneración institucional, desinformación, manipulación mediática, polarización. Numerosas formas de injusticia por un modelo económico basado en las ganancias que genera más pobreza. Corrupción a todos los niveles, privilegios ofensivos. La guerra es la máxima expresión de degradación por la destrucción y la muerte que origina, el irrespeto de la legalidad internacional, el aumento de la inversión en armas, el alza global en el costo de la vida que nos afecta a todos.  

Si tal es la degradación social, existe también degradación ambiental manifestada en el cambio climático. Nuestra casa común merece la misma atención que otros retos globales. Hay que orientar los estilos de vida, los modelos de producción y consumo, de manera más respetuosa con la creación y con el desarrollo humano; incorporar los imperativos ambientales y sociales a los modelos de negocios, asegurar la sostenibilidad de nuestros recursos naturales para las generaciones futuras. Apreciemos la agricultura y ganadería que permite la seguridad alimentaria y favorece el cuidado de la tierra y del ambiente. Renovemos la alianza, la amistad, entre los seres humanos y el medioambiente.

Afiancemos los valores que inspiran nuestra convivencia que son nuestra marca país: la institucionalidad democrática, el respeto al marco legal y de libertades, las garantías sociales y el estado de bienestar, el pacifismo, el respeto a la vida y los valores familiares, la amistad con el ambiente. Construyamos un tejido social más justo y fraterno. Promovamos la cultura del cuidado por los débiles, con una red de protección y apoyo social, dando acceso universal a los servicios básicos. Trabajemos por la integración de todos respetando las diferencias y peculiaridades. Ante el conflicto, generemos procesos de encuentro, de amistad social. Construyamos la sociedad desde los últimos y frágiles.

Elevemos juntos el tono de la ética pública, combatiendo la escandalosa desigualdad y la corrupción en todas sus manifestaciones. En una sociedad plural con distintas percepciones éticas, es necesario reconocer la objeción de conciencia como un derecho, frente a cualquier tentativa de imposición. Preservemos las instituciones globales y las agrupaciones multilaterales que puedan trabajar por el respeto a la legalidad internacional, la cooperación para el desarrollo y la paz. Sólo la solidaridad nos permitirá una evolución positiva.

Y, por último: Es imposible conocer a Dios y no amarlo. No se entretengan en promesas engañosas de felicidad. Si no construyen con el Señor, en vano se cansarán. Ofrezcan, a todos, una razón para vivir y para esperar.

La fe es la expresión más alta de valores, puesto que nos abre a la relación con Dios, fuente de nuestra dignidad humana y de la fraternidad universal. Es una propuesta de sentido que nos ofrece principios e inspiración ética para edificar nuestra vida. La fe cristiana, la ética del Evangelio, nos ha forjado como país, ha impregnado profundamente nuestra cultura, la identidad costarricense.

Bien decía el Papa Benedicto XVI que “El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad que lo impulsan hacia el Absoluto, lleva en sí mismo el deseo de Dios.”   El carácter insondable del corazón humano que desea siempre más, es la huella de Dios en nosotros, da significado último a la vida. 

Nuestra sociedad satisfecha de sus logros, se insensibiliza para percibir a Dios. Las heridas de la vida que nos resienten falsean su imagen y bloquean nuestra relación con Él. Al Dios auténtico, es imposible conocerlo y no amarlo. Es reciprocidad, encuentro, abrazo. Se encarna, se hace amigo, ensalza nuestra humanidad a la grandeza de su gloria. No es indiferente al sufrimiento ni neutral frente a la injusticia, se ocupa de las víctimas de esta sociedad competitiva. Es Amor que transforma en amor todo lo cuanto toca. El amor es el cromosoma divino de Dios en nosotros. Pero hay que conocerlo para amarlo. Alejarse de Dios, dejar de creer, lejos de aliviar, aumenta el agobio, por cargar en soledad con las adversidades de la vida. Él siempre nos mantendrá su mano tendida.

La causa de la Iglesia es la causa del hombre y su misión es acompañarlo en la escucha y aceptación de la Buena Noticia de la salvación en Cristo. Estamos en un momento de purificación para nuestra Iglesia desde el reconocimiento humilde de nuestras limitaciones que nos hace cercanos y compañeros de camino. Pedimos perdón por nuestros silencios y posturas cómplices del mal, por nuestra insensibilidad ante ciertas injusticias, por nuestra rigidez que ha lesionado y herido, por la pretensión de imponer, a todos, nuestra visión moral.

Queremos responder a las necesidades espirituales de nuestro pueblo desde la empatía que llega al corazón, acompañarlo en la búsqueda del Absoluto frente a las ilusiones de felicidad, ser una casa abierta, hogar seguro, vivir la frescura original del Evangelio capaz de iluminar la sociedad. Nuestro estilo de vida insinúa una terapia espiritual para los males de nuestro tiempo. Afirmaba Pablo VI: Podremos organizar la tierra sin contar con Dios pero, al fin, la organizaremos en contra del hombre. Un mundo sin Dios acaba siendo un mundo sin justicia.

Busquemos una sana laicidad en la que todas las confesiones religiosas podamos vivir libremente nuestra fe y establecer, con el estado y la sociedad civil, una fecunda colaboración. Hacer presente a Dios es un bien para nuestra sociedad. Protejamos la libertad religiosa para una sana convivencia.

Acabamos de comenzar el tercer centenario como nación. Necesitamos un cambio en nuestra mirada. Tres obreros estaban trabajando en una construcción y ante la pregunta sobre lo que realizaban dijo uno que, poniendo ladrillos, otro que, construyendo una pared, otro, que construía una escuela. Allí donde algunos viven sin ilusión, ni horizonte y otros de un altruismo a ras de suelo, nuestra mirada creyente va más allá, contempla la actuación de Dios, aún en medio de las luces y sombras. Esta mirada es el mayor aporte de los que seguimos a Jesús. Seamos instancia crítica que invite a ampliar la mirada, una mirada compartida para caminar juntos, respondiendo a los desafíos, con los ojos abiertos al dolor ajeno, escuchando los clamores del Señor en los pobres, en la naturaleza. Él está con nosotros alentándonos, tejiendo la historia con su proyecto de amor, haciendo nuevas todas las cosas.

Interceda por nosotros San Isidro, cuando vivimos su año jubilar, como un modelo íntegro de vida familiar, de ecología integral, por el cuidado de la tierra y de los pobres, de una fe profunda que conformaba su vida, de amistad con lo creado. Al pie de la cruz, María, por su fe, ve nacer el futuro nuevo y espera el mañana de Dios. La esperanza de ella, nuestra Madre, es nuestra esperanza, la esperanza de toda la humanidad. Nuestra Señora de los Ángeles, la Negrita, nos mantenga siempre unidos en su regazo tierno y compasivo.

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