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¿Debo seguir suplicando a mi padre alcohólico que deje el vicio?

By Mons. Vittorino Girardi S. Diciembre 23, 2020

“Monseñor: Le escribo con el corazón roto; llevo en él una enorme espina. Mi padre es alcohólico. No recuerdo un cariño de su parte, sólo gritos, llantos… ¡Cuántas veces he intentado convencerlo, suplicarle para que deje el vicio! Ya me cansé. Lo he dejado y me he ido de casa, ya no lo busco. Por su culpa ya no creo en la bondad, en el amor, en la familia, en el perdón… Monseñor, todo esto es un desahogo y a la vez un deseo de luz”.

Juana González L. - Costa Rica

 

Estimada Juana: usted da la dolorosa impresión que ha “roto” definitivamente con su padre alcohólico. Usted no lo busca, y nos dice además que lo echa de menos y que la misma imagen de padre va desapareciendo de su vida. Pareciera que inclusive el “enojo” de antes, ya no lo siente, lo cual es bien duro porque en el enojo siempre se esconde mucho amor: “el odio es el amor hambriento”. Usted cree haber logrado poner un muro de indiferencia entre su padre y usted, un muro que le parece insuperable.

Hasta aquí no he hecho más que evidenciar y subrayar lo que usted nos describe. Sin embargo, en su historia de dolor y de angustia usted, y también nosotros, podemos aprender mucho.

Usted ha aprendido que su papá está enfermo, que en él hay más enfermedad que maldad y que la buena voluntad no es suficiente para vencer la enfermedad.

Lo más urgente es poder ofrecer a su padre una “medicina” apropiada; insistámoslo, estimada Juana, su papá es más enfermo que vicioso. Entonces, un primer paso consiste en que su padre acepte integrarse en un grupo de apoyo, como es el caso de Alcohólicos Anónimos, asumiendo ante todo que él está enfermo y que, entonces no basta su supuesta “decisión” y que los reproches sólo irán aumentando su sentido de inferioridad y de impotencia. Además, su papá necesita que lo acompañemos con tanta paciencia y comprensión, ofreciéndole así un indispensable apoyo para la posible eficacia de la terapia a que acepte someterse.

Hace poco, me ha impresionado y a la vez “confortado” lo que he vuelto a recordar. Cuando era joven seminarista, los formadores nos habían hablado de la conversión de Mateo Talbot. Él era un joven descargador en el puerto de Dublín en Irlanda. Por el contagio de los compañeros, se fue hundiendo poco a poco en el alcoholismo. Llegó a tal extremo que un día, faltándole el dinero, le arrebató el violín a un pobre mendigo, que sentado en la calle tocaba esperando una limosna… Vuelto a casa, con extrema vergüenza lo comentó con su madre. Ella lo acogió, sin ningún reproche; simplemente lo animó para que otra vez intentara salir de aquella fosa fatal. Mateo Talbot emprendió el camino de vuelta y, con fatiga y con profundas experiencias que tanto lo humillaban, logró imponerse al vicio y ayudar, con enorme bondad y paciencia, a otros que anteriormente eran compañeros suyos en el vicio. Lo más sorprendente es que el Papa Francisco, hace pocos meses, ya ha firmado el decreto para su beatificación. ¡Lo que pueden la comprensión de los familiares, la decisión personal, la integración en un grupo que ofrezca terapia y -no debemos olvidarlo- la gracia de Dios!

Por otra parte, es comprensible, estimada Juana, que usted haya puesto un límite, es decir, que haya intentado rescatar su vida, independizándose… sin embargo, no podemos caer en la indiferencia y pretender llegar a decir: “ya no es en absoluto mi problema; que se las arregle”: esto sería desamor, egoísmo. Sabemos que es difícil lograr el equilibrio debido entre el amor al propio papá y a sus exigencias, y la justa “independencia” para crecer y para no dejarse “ahogar” o derrumbar. Le deseo que pueda lograrlo cada vez más: se trata de seguir amando a su papá, pero a la vez tomando esa necesaria “libertad” para no vivir como atrapada por el serio problema que le afecta.

Consciente de que su angustiosa situación se da con dolorosa frecuencia en nuestros ambientes, le aseguro, estimada Juana, mi comprensión que acompaño con mi oración, no sólo para usted y su papá, sino para cuantos experimentan la misma o semejante situación.

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