“Estimado Monseñor: he oído dos versiones diferentes acerca de cuando el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Una afirma que eso acontece cuando el sacerdote invoca al Espíritu Santo, extendiendo sus manos sobre el pan y el cáliz del vino; es ahí que se convierten en Cuerpo y Sangre de Cristo. Hay otra versión, según la cual, la conversión del pan y del vino, acontece cuando el sacerdote acaba de pronunciar las palabras de Jesús: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”. Es ahí cuando sucede el milagro. Entiendo que ambos momentos son parte de la Consagración, pero quería saber cuál es el momento exacto en que acontece el milagro. Muchas gracias de antemano y muchas bendiciones”.
Damián Sánchez - Costa Rica
Estimado Damián: su pregunta se conecta con la entera historia de la Teología eucarística. En la tradición de la Iglesia latina o de Occidente, se acostumbraba poner una atención determinante en las palabras de los varios relatos que el Nuevo Testamente nos ofrece acerca de la institución de la Eucaristía. Veámoslo.
En el relato que nos ofrece San Mateo, se nos dice que Jesús “rezó la bendición” y “dando gracias”, pronuncia las palabras consecratorias: “este es mi cuerpo”; esta es mi sangre”, y no nos dice que Jesús invocara al Espíritu Santo (Mt 26, 20-28). Encontramos un relato casi idéntico en el Evangelio de San Marcos (14, 22-26) y en San Lucas (22, 19-20), y en ninguno se hace referencia al Espíritu Santo, como tampoco en el testimonio que nos transmitió San Pablo en su primera carta a los Corintios (11, 23-25).
Nos resulta entonces, del todo lógico que San Ambrosio (finales del siglo IV), en sintonía con otros varios autores de su tiempo, haya escrito que es Cristo quien por boca del sacerdote celebrante consagra los dones, consagración que acontece en el momento en que las palabras de Cristo hayan sido pronunciadas.
Estas son sus precisas palabras: “Antes de la consagración, es pan, más apenas sobrevengan las palabras de Cristo es el Cuerpo de Cristo”. Este modo de pensar fue transmitido a los conocidos teólogos del medioevo. Un ejemplo muy notable, es el de Santo Tomás de Aquino (+1274).
La tradición oriental, no se oponía a cuanto se iba afirmando en la Iglesia latina o de occidente, pero ponía de manifiesto que las palabras consecratorias, no poseían poder, en cuanto que tales palabras, sino en cuanto que expresaban e implicaban el poder del Espíritu Santo. De modo semejante se trata de cuanto había acontecido en el misterio de la Encarnación… Sólo cuando el Arcángel Gabriel le dice a María: “No temas; el Espíritu Santo bajará sobre ti y el que nazca de ti, será llamado hijo del Altísimo” y María a continuación, expresa su plena disponibilidad: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 34-38).
Ese es el momento del que San Juan sencilla y escuetamente, nos dice: “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). Se trata de lo que acontece en lo que el Papa San Juan Pablo II, en su momento, ha llamado “renacimiento eucarístico”: Jesús “renace” sobre el Altar y, como en María, también sobre el Altar por obra del Espíritu Santo, mientras que el sacerdote recuerda las palabras de Jesús: con ellas se va afirmando el divino misterio eucarístico.
Entre los autores orientales, Teodoro de Mopsuestia (350-428) destacado testigo de la tradición oriental, escribió: es imprescindible la acción del Espíritu Santo para que el Verbo tomara carne en María, y por lo mismo, la intervención del mismo Espíritu es imprescindible para que el Pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. He aquí sus palabras: “Si la naturaleza del Espíritu vivificador hizo el Cuerpo de nuestro Señor, de esta naturaleza (la humana) de la que Él no era antes, es preciso que nosotros no veamos ya “como pan y como cáliz” (de vino) lo que se nos presenta, sino como el Cuerpo y la Sangre de Cristo en que los transforma el descenso de la gracia del Espíritu Santo”.
Como este Autor, varios otros Padres y Teólogos de la tradición oriental, afirman lo mismo: dejando a saber, que el celebrante exprese abiertamente, con las palabras de Jesús, la acción del Espíritu Santo.
Con todo lo que hasta aquí, estimado Damián, hemos recordado, ya podemos concluir que en la liturgia eucarística (y no sólo en ella) no es posible disociar o separar las palabras y el Espíritu Santo. El relato de las palabras de Jesús, en la última cena y la invocación del Espíritu Santo (epíclesis) para que dé eficacia a las palabras, es del todo evidente… no es que Jesús y el Espíritu Santo sean la misma persona… ellos son personas distintas, pero en donde y cuando una persona actúa lo hace en plena comunión con la otra.
No cabe entonces separar o dividir la invocación del Espíritu Santo de las palabras de la Consagración. La intervención del Espíritu hace milagrosamente eficaces las palabras de Jesús, que el sacerdote va pronunciando.
Concluimos entonces afirmando que el pan y el vino ya son sacramento eucarístico, cuando el sacerdote concluye las palabras consecratorias, teniendo bien presente que éstas lo son precisamente, por la acción del Espíritu Santo. Mientras que en la tradición latina, tal acción del Espíritu era presupuesta pero no evidenciada, en la tradición oriental se iba insistiendo en ella.
La reforma litúrgica querida por el Concilio Vaticano II, providencial y correctamente ha unido las dos tradiciones como lo constatamos en cada celebración: a la epíclesis o invocación del Espíritu Santo, sigue el relato de las palabras consecratorias pronunciadas por Jesús.
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