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¿Por qué la Virgen y los santos son intercesores ante Dios?

By Mons. Vittorino Girardi S. Febrero 09, 2024

“Monseñor: tengo un compañero, buena gente, no puedo negarlo, que hace algunos años, se pasó a los evangélicos. Ellos le insisten una y otra vez que los católicos estamos equivocados, cuando decimos que María Santísima y los Santos son intercesores y mediadores, cuando la Sagrada Escritura afirma que hay un solo Mediador, Cristo el Señor. Quedé sorprendido cuando el compañero me citó una frase de la Escritura que afirma eso… quedé en silencio, no supe qué decir. Le pido su ayuda, Monseñor y se la agradezco”.

Héctor Ulate V. – Alajuela

 

Estimado don Héctor, sin duda el compañero le citó la muy conocida afirmación que encontramos en la primera carta de San Pablo a Timoteo, a saber: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque Dios es único y único es también el Mediador, Cristo Jesús, hombre también Él, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (2, 4-6).

Para todo fiel cristiano, lo que aquí se afirma con toda claridad es indiscutible y es objeto principal de nuestra fe. El Mediador único, en sentido propio y absoluto, entre los hombres necesitados de salvación y de Dios, de quien venimos y a donde vamos, es Jesús. Él mismo lo afirmó: “nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6).

De su parte el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (1983), explicita esta misma verdad, afirmando: “El amor hasta el extremo” (Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación al sacrificio de Cristo. Él nos ha conocido y nos ha amado a todos en la ofrenda de su vida (cfr. Gal 4, 20). “El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos, por tanto, murieron (2 Cor 5, 14). Ningún hombre, aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos” (616).

El mismo Concilio de Trento (1635), subrayando el carácter único del sacrificio mediador de Cristo, afirma: “Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz, nos mereció la salvación”.

Esta verdad fundamental de nuestra fe, como ya lo hemos subrayado, no excluye, sin embargo, que podamos hablar de otras mediaciones y de otros “mediadores”, pero obviamente, en un sentido bien distinto, aunque no opuesto.

Es lo que sucede cuando, con lenguaje propiamente filosófico, usamos términos (palabras) con un sentido analógico; es decir, semejante. Así, por ejemplo, decimos que el cuerpo es sano, pero decimos también que la medicina es sana, en cuanto que coopera a la salud del cuerpo; y decimos también que el color es sano, que el aire también lo es… Y la palabra sano es utilizada con sentidos distintos, pero ni opuestos ni contradictorios entre sí.

El Mediador, pues, en sentido propio y absoluto, lo referimos a Cristo. Lo insistimos, Cristo es mediador entre Dios y los hombres, como nadie lo puede ser. “Pero -leemos en el mismo Catecismo- porque en su persona divina, encarnada, Cristo se ha unido en cierto modo con todo ser humano, Él “ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma conocida sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual y redentor (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a tomar su Cruz y a seguirle (Mt 16, 24) porque “Él sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1Pe 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor aquellos mismos que son sus primeros beneficiados (cfr. Mc 10, 39). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su ofrenda redentora” (618).

Podemos expresar la misma verdad, recordando lo que le dijo Jesús a sus apóstoles: “Yo soy la vid y ustedes son los sarmientos” (Jn 15, 5). La vida que circula en los sarmientos, les deriva de la vid, de su tronco, pero éstos participan de esa misa vida y de la misma finalidad de la vid, y que consiste en dar fruto y comunicar la vida…

Todo cristiano, y de un modo único María Santísima, estamos en Cristo, como ramas o sarmientos en la vid, y por ese “estar en Él, morar en Él” (Jn 15, 4-5), participamos de su vida y de su misión mediadora y redentora. “Cumplo en mí lo que falta a la Pasión de Cristo” (Col 1, 24). Nada le falta a la Pasión de Cristo, sin embargo, es necesario que sus frutos redentores sean aplicados a toda la humanidad y, San Pablo, bien afirma que en esta misión ha sido asociado a Cristo Mediador.

Todo cristiano, por su vinculación con Cristo, coopera con Él a llevar a cabo su misión redentora.

Recordamos otro ejemplo: propiamente hablando, sólo a Cristo podemos aplicarle, de una forma única, los títulos de Sacerdote, Profeta y Pastor, sin embargo, por el Bautismo nos “entroncamos” en Él y participamos de su vida y de su misión, constituyéndonos así en su pueblo que es pueblo de “sacerdotes, profetas y pastores”.

Y ahora, don Héctor, un ejemplo evangélico: el hecho de que María intercediera, precisamente como medianera, en favor de los novios en las bodas de Caná, no opaca en absoluto ni se opone al hecho de que sólo y únicamente Cristo cumpla el milagro.

No lo olvidemos: es Cristo mismo quien nos invita a unirnos a Él como miembros de un único cuerpo y, así, poder cooperar en su obra redentora, conscientes de que cuanto más estemos unidos a Él, más cooperamos con Él, a semejanza de María, que realizó esta misión de un modo ejemplar y paradigmático.

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