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Él debía resucitar de entre los muertos

By Redacción Abril 07, 2021

Del santo Evangelio según san Juan

20, 1-9

 El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

 Palabra del Señor.

 

Comentario al Evangelio:

“He venido para que tengan vida”

 

 

 El núcleo fundamental del Evangelio es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Él. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. (EG 1 y 36). Esa es la gran verdad que celebramos en la pascua y que nos llena de alegría.

Es innato en todo ser humano sano el deseo de vivir. Queremos perpetuarnos más allá de todo límite que pueda marcarnos la muerte, vivir en plenitud por encima de los condicionamientos de nuestra finitud. Deseamos una vida a la medida de lo que ansía nuestro corazón, nuestro espíritu, y que intuimos que sólo Alguien que nos precede, que ha pensado en nosotros y nos ha llamado a la vida, puede darnos…

La opción por la vida de nuestro Dios Trinitario que se proyecta llamando a la vida y generando vida en aquellos que aceptan entrar en la dinámica de su gracia, ha llegado al culmen en Jesús, el Hijo Amado que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Consciente de la Vida plena que recibía de la unión con el Padre, en el Espíritu, se dedicó a expresar, cuidar, liberar, reconciliar, restaurar la comunión, generar vida, como la motivación central de su actuar. Llevó hasta el extremo esta opción, ante la dinámica de muerte encarnada en sus perseguidores que querían silenciarlo, silenciar el deseo de vida. Él mismo se hizo ofrenda amorosa al Padre por nosotros, cargando el mal que nos causaba muerte, para vencerlo en el amor. El Padre la acogió, levantándolo de la muerte, para vencerla definitivamente, y abrir una manantial abundante de Vida para los que creen en Él.  

¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado. Va por delante de ustedes a Galilea, allí lo verán, poniéndose en camino de seguimiento y de misión con Él. Vayan y anuncien todo esto…  Es la buena noticia que nos llega de los apóstoles y las mujeres que siguieron a Jesús y lo experimentaron vivo como María Magdalena cuando se sintió liberada, sanada por el amor de Cristo, como Pedro y Juan que vieron y creyeron cuando comprendieron las escrituras, como los discípulos de Emaús en la fracción del pan, en la eucaristía, como los apóstoles cuando, reunidos, sentían la paz de Jesús y salían en misión dando fruto abundante como en la pesca milagrosa…

Solo en Cristo y por Cristo tenemos la Vida. En la Iglesia, junto a la comunidad que vive de Él. Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir un vivir para Dios... Considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 6,3-11).

Hablamos, no de una vida banal y superficial al estilo del mundo, de satisfacciones inmediatas y egoístas, de estímulos placenteros y sucedáneos que nos entretienen con promesas y nos dejan amargos en la muerte. No es la muerte física la enemiga de la vida, sino el pecado y el mal que nos cierran a Cristo. Más bien, Él aceptó morir por cargar con ese mal y liberarnos según el querer del Padre. Es uniéndonos a Cristo, muriendo con Él cada día al mal y al pecado, como podemos gozar ya de la vida nueva que viene de su Resurrección.

Que la Vida abundante que viene de la Resurrección de Cristo, por el Espíritu, nos alcance a todos y se acreciente con nuestra colaboración en la acción del Dios de la Vida. Nuestra Madre María, siempre abierta a la vida de Jesús y a la familia con José, desde el Pilar, intercede por nosotros. 

Mons. Bartolomé Buigues O.

Obispo de Alajuela

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