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Sagradas Escrituras: El soplo de Dios

By Pbro. Mario Montes M. / Animación Bíblica, Cenacat Septiembre 10, 2023

El libro del Génesis comienza con la siguiente expresión: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas” (Gén 1,1-2). ¿Qué es el soplo de Dios? En hebreo es “ruah elohim”, que se puede traducir como “viento de Dios”, o “aliento de Dios” que vibraba o temblaba sobre el caos o abismo. En otras traducciones, aparece el verbo “aletear”, con el que podría pensarse en una especie de ave o pájaro. Así, en la Biblia de Jerusalén: “un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (v.2). Aunque la imagen no significa que efectivamente sea un ave aleteando…

En efecto, la palabra hebrea “ruah” significa originalmente “soplo”, “aliento”, “aire”, “viento” y posteriormente también “alma”. Tiene un profundo sentido dinámico. En hebreo es de género femenino, por lo que su relación con la vida, con la generación, es muy fuerte. La palabra “ruah” se utiliza 389 veces en el Antiguo Testamento (277 su traducción griega como “pneuma”, especialmente aparece en la versión griega del Antiguo Testamento, llamada “de los Setenta), con tres significados claramente diferentes, según el contexto:

1- Simplemente el “viento”, el soplo del aire; a veces suave (brisa): “el viento acaricia mi rostro” (Job 4,15) y a veces fuerte (huracán): “El Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar y dividió las aguas” del Mar Rojo (Éx 14,21). Es Dios quien lo “hace soplar” (Éx 10,13), lo “envía” (Núm 11,31), lo “saca de sus depósitos” (Jer 10,13), lo “suscita” (Sal 107,25)...

 

2- La “respiración”, entendida como la fuerza vital que hay en el hombre: “el Señor formó el espíritu en lo íntimo del hombre” (Zac 12,2), y como la sede del conocimiento y de los sentimientos: “su espíritu estaba conturbado” (1 Sam 1,15), o el alma: “desconoció al que le modeló, al que le inspiró el alma” (Sab 15,11). También aquí Dios es su origen: “Él tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre” (Jb 12,10); “vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios, que es quien lo dio” (Ecl 12,7).

 

3- La “fuerza de vida de Dios”, por la que él obra y hace obrar: “Si retiras tu espíritu (o aliento), expiran y vuelven al polvo; si envías tu espíritu son creados y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104, 29-30). Es el principio por el que Dios crea y entra en relación con sus criaturas y con el hombre, la energía con la que Dios actúa en las personas y en la historia para realizar su proyecto de salvación. El paso de usar la palabra “ruah” para designar el aire y el aliento, a designar también el alma humana o la vida, es natural.

 

La respiración distingue a un hombre vivo de un cadáver o difunto, como bien sabemos. Si hay aliento, hay vida, mientras que los muertos no respiran. Recordemos, al respecto, que esta imagen de Dios soplando en las narices del hombre al crearlo, es decir, dando o infundiendo vida, es muy descriptiva: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gén 2,7). El espíritu de Dios (ruah elohim) es la fuente de la vida del ser humano.

Lo original en el Antiguo Testamento es la insistencia en que el “soplo”, el “espíritu” del hombre, y el “soplo”, el “espíritu” de Dios, no son dos realidades distintas, sino un único elemento vivificador, que Dios concede al hombre. Sin el Espíritu (aquí lo ponemos con mayúscula), los seres son solo carne, débiles y hasta exánimes, con el Espíritu tienen la posibilidad de vivir la vida de Dios, de actuar como él: “Infundiré mi Espíritu en ustedes para que se conduzcan según mis preceptos y observen mis normas” (Ez 36,27. Ver también Ez 11,19; Sal 51,12; Is 32,15; Zac 12,10; etc.). Para los griegos, “espíritu” se opone a “materia”, a “cuerpo” (espíritu se identifica con “fantasma”, con la existencia inmaterial en el mundo de las ideas).

En cambio, en la Biblia no es así; la “ruah” es la fuerza, el principio de acción. No se opone al “cuerpo”, sino a la “carne”, a la realidad terrestre del hombre, caracterizada por la debilidad y por su carácter perecedero: “El egipcio es un hombre y no un Dios, y sus caballos son carne y no espíritu” (Is 31,3). El castigo del diluvio es la consecuencia de que los hombres quieren vivir solo de su principio terrestre: “No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, puesto que él es pura carne” (Gén 6,3).

Es importante ver qué hace el Espíritu en la Biblia: “invade” (Núm 24,2), “llena” (Dt 34,9), “se apodera de” (Jue 6,34), “empuja” (Jue 13,25), “irrumpe sobre” (Jue 14,6.19), “se aparta de” y “se adueña de” (1 Sam 16,14-16), “lleva lejos” (1 Rey 18,12), “arroja” (2 Re 2,16), “se derrama” desde arriba (Is 32,15), “entra en” (Ez 2,2), “levanta y arrebata” (Ez 3,14), “conduce” (Ez 8,3), “cae sobre” (Ez 11,5)... Estos verbos no hacen referencia a algo, sino a Alguien que actúa, que no puede ser controlado por los hombres, pero que toma la iniciativa.

Este es el Espíritu de Dios: la energía vital y creadora que hay en Dios, la vida de Dios que se derrama sobre los seres humanos, para que puedan entrar en relación con él y vivir una vida sobrehumana, divina, de comunión con Dios. Aunque aquí no se trata todavía de la tercera persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo (pues los autores sagrados del Antiguo Testamento no sabían de su existencia, ni nada de las tres divinas personas en un único Dios), vemos cómo esa fuerza del Creador, ese soplo o aliento divino, crea la vida por doquier, empezando con el universo, el mundo creado y el hombre, como también impulsando a los elegidos (jueces, reyes, sacerdotes y profetas) a actuar en el pueblo de Dios y en su historia de salvación.

Tal vez podamos entender mejor este bello símbolo de la acción de Dios, aplicando desde la fe, una hermosa canción de Nino Bravo, llamada “Es el viento” y que en sus estrofas, dice lo siguiente: “Es el viento que te habla, que acaricia tu corazón. Es el viento que te besa, es el viento que soy yo”. Quien se identifica aquí con el viento, es el novio enamorado de la novia, cuando no está con ella. Aplicado a nuestra vida, ese viento es Dios, es Jesús Resucitado y su fuerza creadora (Jn 20, 22). Y, por supuesto, es el Espíritu Santo, Señor y dador de la vida como lo confesamos en el Credo.

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