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El Diablo y su origen

By Pbro. Mario Montes M. Abril 23, 2023

Contrariamente a lo que siempre hemos creído o pensado acerca del origen del Diablo y de los demonios, la Biblia no dice nada. Esto, porque se ha hablado de seres angélicos caídos que, por su orgullo o soberbia o de un supuesto pecado que los volvió malos, siendo ángeles buenos, fueron condenados por Dios. De manera que no sabemos prácticamente nada de cómo se originaron estos enemigos de Dios y de su Reino. Aun así, tanto en el pueblo de Israel como en la Iglesia, se ha querido saber sobre este tema. Y, para sorpresa nuestra, los únicos libros que hablan acerca de su origen, son los libros apócrifos que no están en la Biblia, entre ellos, el libro de Enoc, el libro llamado Vida de Adán y Eva, el Libro de los Jubileos y otros más que, con abundantes detalles, cuentan acerca de la caída de los ángeles.

Por otra parte, se ha echado mano de textos bíblicos para averiguar sobre este misterio. El primero es el de Gén 6,1-4 que trata de la unión de los “hijos de Dios” con las “hijas de los hombres”. El autor sagrado, para avisar una vez más, de las desgracias que acarrea todo intento de traspasar los límites fijados por el Creador, acude a dos leyendas independientes que se contaban en Israel y fuera de él: la primera, la de los "hijos de Dios" y la segunda, la de los "gigantes" y las utiliza como pretexto para introducir el relato del diluvio, provocado por el pecado de estos seres divinos (ver Gén 9,7-8,22). Su transgresión consiste en tomar, siguiendo sus impulsos y con violencia, mujeres entre las hijas de los hombres.

De este emparejamiento nacen los gigantes. Así se funden ambas leyendas. Tradiciones del sur de Judá recordaban a unos gigantes (ver Núm 13,33; Dt 2,10-11; 3,11; Bar 3,26-28; Eclo 16,7); sin embargo, poco dice la Biblia de los llamados “hijos de Dios”, aunque  así se les llama así a unos consejeros que rodean el trono del Señor, como hemos visto (véase 1 Re 22,19-20; Jb 1,6; 2,1), o se use como título real (ver Sal 2,7; 89,27). No hay nada en este pasaje que trate sobre la caída de los ángeles, ni de un pecado sexual de ellos con los seres humanos, que fue lo primero que se pensó  y que había provocado su caída.

Luego, se pensó que su precipitación fue por el pecado del orgullo y de la soberbia. Así nos lo habían enseñado, desde los textos de Tob 4,14 o de Eclo 10,13  que tratan de estos pecados y que por eso el Diablo, por orgulloso, había caído y había sido expulsado del cielo, pues Satanás, según una leyenda popular extrabíblica, no quiso adorar a Adán, que había sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Esta leyenda aparece en un libro apócrifo llamado Vida de Adán y Eva.

Pero la curiosidad por saber sobre el origen y la caída del Diablo no se detuvo, por los motivos aducidos: el de un supuesto pecado sexual, según Gén 6,1-4 o por un pecado de orgullo. De forma que los teólogos antiguos y desde los Santos Padres siguieron elucubrando y se encontraron con un texto de Is 14,12 que dice así: ¡Cómo has caído del cielo, Lucero, hijo de la aurora! ¡Cómo has sido precipitado por tierra, tú que subyugabas a las naciones!, traduciendo el nombre Lucero por Lucifer. Pero contextualizando este pasaje, nada dice del tal Lucifer, que hemos creído que así se le llamaba el Diablo, sino de la caída de un rey de Babilonia desposeído de su reino y finalmente muerto, siendo recibido por el sepulcro (el “sheol” en hebreo) o lugar de los muertos.

Es toda una sátira, porque este rey soberbio, que había llegado al sepulcro, quienes lo reciben son las sombras de esta región tenebrosa, que lo saludan así sarcásticamente, ya que antes habían sido arrojadas por la espada vengadora de este rey babilónico. Así queda humillado como uno de los tantos caídos de la historia. De allí que esta traducción de Lucero por Lucifer, dio paso para hablar del Diablo como Lucifer y así lo hemos conocido. De esto hablaremos el próximo domingo.

Como ya hemos visto, el Antiguo Testamento no alude nunca al origen del Diablo y de los demonios, como ángeles caídos. El Nuevo Testamento sí lo menciona dos veces, pero de paso, en la Carta de Judas y en la Segunda Carta de Pedro (2 Ped 2,4). En ambos textos se refiere a esa caída, gracias al “pecado sexual” de los ángeles, pero no de su soberbia:

En cuanto a los ángeles que no supieron conservar su preeminencia y abandonaron su propia morada, el Señor los tiene encadenados eternamente en las tinieblas para el Juicio del gran Día. También Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que se prostituyeron de un modo semejante a ellos, dejándose arrastrar por relaciones contrarias a la naturaleza, han quedado como ejemplo, sometidas a la pena de un fuego eterno (Jds 6-7). Porque Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los precipitó en el infierno y los sumergió en el abismo de las tinieblas, donde están reservados para el Juicio (2 Ped 2,4)

La Segunda Carta de Pedro es muy probable que dependa de la Carta de Judas y, como vemos, ambas presentan que el único pecado del Diablo y de los ángeles que precipitó su caída, fue de tipo sexual, reflejo de la interpretación del pasaje de Gén 6,1-8 que, como vimos, se pensaba era del resultado de la unión de los hijos de Dios con las mujeres de la tierra y que era muy común esta creencia en tiempos remotos y recogida por los libros apócrifos, como el Libro de Enoc (capítulos 6-11). Sin embargo, hemos de decir que los autores del Nuevo Testamento, no pretendieron enseñar estas cosas como si fueran un dogma de fe o como doctrina oficial de la Iglesia, sino que las presentaron como un recurso anecdótico en sus escritos y como un tema secundario, pero no esencial para la fe.

Sin embargo, el Catecismo de la Iglesia, publicado en el año de 1983, redujo esta enseñanza en los siguientes puntos esenciales (ver CEC n° 391-395):

 

  1. Dios creó al Diablo y a los otros demonios como seres buenos (no dice que fueron creados antes que los hombres, ni que tuvieran espléndidas cualidades).
  2. Ellos cometieron un pecado y se volvieron malos (sin especificar cuál fue ese pecado; sin afirmar explícitamente que era pecado de lujuria, tampoco dice que Dios los haya sometido a prueba ni que fueron arrojados al infierno).
  3. Por envidia, el Diablo busca tentar a los hombres y llevarlos a la muerte.

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