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Sagradas Escrituras: La adivina de Filipos

By Pbro. Mario Montes M. Agosto 05, 2022

Tanto ayer como hoy, la Iglesia está llamada a evangelizar, invitar a la conversión y liberar de toda esclavitud a quienes anuncie el mensaje de la salvación redentora de Cristo.

El domingo anterior conocimos a Lidia, la primera cristiana de Europa convertida por la palabra de San Pablo, estando en Filipos, Grecia y cómo ella le abrió las puertas de la fe a Cristo y las de su casa a San Pablo y a su compañero Silas. Pues bien, estando en Filipos sucedió lo siguiente:

Un día, mientras nos dirigíamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una muchacha poseída de un espíritu de adivinación, que daba mucha ganancia a sus patrones adivinando la suerte. Ella comenzó a seguirnos, a Pablo y a nosotros, gritando: “Esos hombres son los servidores del Dios Altísimo, que les anuncian a ustedes el camino de la salvación”. Así lo hizo durante varios días, hasta que al fin Pablo se cansó y, dándose vuelta, dijo al espíritu: “Yo te ordeno en nombre de Jesucristo que salgas de esta mujer”, y en ese mismo momento el espíritu salió de ella.

Pero sus patrones, viendo desvanecerse las esperanzas y de lucro, se apoderaron de Pablo y de Silas, los arrastraron hasta la plaza pública ante las autoridades, y llevándolos delante de los magistrados, dijeron: “Esta gente está sembrando la confusión en nuestra ciudad. Son unos judíos que predican ciertas costumbres que nosotros, los romanos, no podemos admitir ni practicar”.

La multitud se amotinó en contra de ellos, y los magistrados les hicieron arrancar la ropa y ordenaron que los azotaran. Después de haberlos golpeado despiadadamente, los metieron en la prisión, ordenando al carcelero que los vigilara con mucho cuidado. Habiendo recibido esta orden, el carcelero los encerró en una celda interior y les sujetó los pies con cadenas (Hech 16,16-24).

 

La adivina o pitonisa

 

Un día, mientras nos dirigíamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una muchacha poseída de un espíritu de adivinación (literalmente: “espíritu pitónico”). Así nos lo cuenta San Lucas. Pitón era el nombre de una serpiente que, en un principio, había pronunciado los oráculos en Delfos, y que fue muerta por Apolo, quien la sustituyó en su función de vaticinar. De ahí el nombre de Apolo Pitio, dado a este dios; y el de pitonisa, para designar a la sacerdotisa de Delfos, que pronunciaba sus oráculos en nombre de Apolo. A veces, en algunos escritores griegos, se llama “pitón” al ventrílocuo, desde cuyo vientre se creía que hablaba y vaticinaba el  espíritu.

Pues bien, el  espíritu pitón permitía a la muchacha “tener un discurso inspirado”, lo que daba a sus amos mucho dinero. El espíritu seguía a Pablo y a sus compañeros gritando: “Esos hombres son los servidores del Dios Altísimo, que les anuncian a ustedes el camino de la salvación”. La expresión “Dios altísimo” era usada tanto por los judíos como por los paganos. Pablo se enfrenta al espíritu y, en nombre de Jesucristo, le ordena salir de la muchacha.

La situación de la muchacha era muy difícil: como mujer, como esclava y como persona explotada económicamente, en su capacidad espiritual de pronunciar discursos inspirados. La muchacha no está endemoniada y lo que dice a los misioneros es teológicamente correcto. Aparece aquí un caso, común en el libro de los Hechos, de enfrentamiento del Evangelio con la religión popular helenista o griega. Para San Lucas y los cristianos de su época esta religión popular era demoníaca y se utilizaba como medio de lucro (aquí y también en Hech 19,23-27, en el caso de los orfebres de Éfeso). Por eso Lucas presenta la acción de Pablo, en apariencia al menos, como un exorcismo.

En el relato de San Lucas, sin embargo, podemos descubrir un sentido más profundo, que podría identificarse con el pensamiento y la intención del propio evangelista. El texto dice que “hasta que al fin Pablo se cansó” (por los gritos de la muchacha), “dándose vuelta dijo al espíritu...” (v. 18). Pablo no actúa con talante profético, sino simplemente porque está cansado y molesto con los gritos de la adivina. Además, se enfrenta al espíritu que está en la muchacha y que permite a ésta hacer discursos inspirados.

Es cierto que sus amos explotaban esta capacidad espiritual de la muchacha esclava, pero lo real aquí es que Pablo, de hecho, destruye una capacidad espiritual en la mujer. Quizá su situación, luego de encontrarse con Pablo, fue peor. Hay comentaristas que hacen una interpretación crítica de la acción de Pablo, no como liberación, sino como destrucción de una capacidad espiritual de aquella pobre mujer. Es curioso que en el relato de San Lucas, en el preciso momento en que Pablo se enfrenta al espíritu, desaparece el plural “nosotros” que representa la comunidad del Espíritu. Antes de desaparecer se hace una distinción entre Pablo y el “nosotros” ¿Será que desaparece el “nosotros” por este enfrentamiento entre Pablo y el Espíritu que habita en la mujer?

Lo cierto es que San Pablo “les echó a perder el negocio” a sus patrones, pero pagaron caro su osadía, siendo acusados ante los dirigentes de la ciudad y llevados a la cárcel, no sin antes someterlos a maltratos y vejaciones. Pero Dios les tenía reservado algo distinto allí, en sus planes de salvación, como luego veremos. Sea lo que fuere, la explotación de aquella adivina esclava por sus amos, fue suficiente para que San Pablo viera, en esta manifestación pseudo- religiosa, un negocio instigado por un mal espíritu.  San Lucas no dice si era el mal espíritu quien producía el negocio o viceversa, si era el negocio quien inventaba al espíritu. De cualquier forma, el Apóstol invocó el nombre de Jesucristo y la liberó…

En Filipos, dos mujeres fueron destinatarias del Evangelio predicado por Pablo: Lidia, la primera mujer de Europa convertida y esta muchacha adivina liberada… Tanto ayer como hoy, la Iglesia está llamada a evangelizar, invitar a la conversión y liberar de toda esclavitud a quienes anuncie el mensaje de la salvación redentora de Cristo ¿Conocemos a personas esclavas, no solo en el ámbito económico, sino existencial, moral, personal, social y demás? ¿Qué estamos haciendo por ellas? ¿Qué nos enseña San Pablo que no tuvo temor de ser encarcelado, con tal de anunciar a Cristo a los filipenses? ¿Qué quiere decir el Apóstol cuando afirma: “No apaguen el espíritu”? (1 Tes 5,19).

 

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