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Sagradas Escrituras: Una comunidad cristiana unida

By Pbro. Mario Montes M. Enero 03, 2022

Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse… (Hech 2,42-47)

El texto de Hech 2,42-47, es muy conocido y muy llamativo a la vez, pues a todos nos hace soñar con una comunidad cristiana como aquella, una iglesia “doméstica”, tal y como  la vemos a modo de sumario o resumen (ver también Hech 4,32-35; 8, 1b-3, etc). San Lucas no intenta contarnos describir con detalle a esta comunidad de Jerusalén, sino más bien presentar un modelo  a la Iglesia de su tiempo, reflejando, eso sí, la fuerza y el ímpetu de la vida cristiana en sus comienzos y ofrecernos unos criterios, para que las comunidades cristianas sean fieles al Evangelio.

El texto nos presenta los cuatro pilares sobre los que ha de apoyarse toda comunidad cristiana: “Todos ellos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones”. A la hora de analizar este pasaje nos centraremos solamente en estas cuatro “fidelidades”: ya que el resto de este resumen de la vida de las comunidades, lo que hace es profundizar sobre ellas o sacar las consecuencias que de ellas se derivan. ¿Son independientes entre sí estos cuatro pilares? Sin los dos primeros elementos no pueden darse los siguientes. Solo si hay fe y una verdadera comunión fraterna, pueden celebrarse la Eucaristía y la liturgia. Vamos a analizar brevemente estos cuatro rasgos, así podremos acercarnos a lo que quiso ser la primera comunidad de cristianos.

La enseñanza de los apóstoles. Jesús resucitado pide a María Magdalena y a las otras mujeres que anuncien la Buena Noticia (Mc 16,15; Mt 28,20). Los Once, particularmente Pedro, dan testimonio de su fidelidad al deseo del maestro de proclamar y enseñar (Hech 1,8) que Jesús es el Cristo que fue muerto y resucitado (Hech 2, 22-24; 4,18-20). Este es el contenido fundamental del kerigma o primer anuncio (ver Hech 2,22-36). Los primeros cristianos aceptan la predicación apostólica. La Iglesia se construye porque unos proclaman la Palabra y otros están abiertos para acogerla.

La comunión fraterna. Este elemento es el que más se desarrolla en el pasaje que estamos analizando y, sobre todo, en el resumen de Hechos 4, 32-5,11. Implica sin duda una unidad espiritual, como se señala en el segundo sumario: “el grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo” (Hech 4,32), pero en lo que más insiste San Lucas es en la comunión de bienes. “Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno” (Hech 2,44-45). ¿Es esto una novedad? Este ideal ya estaba presente en el Antiguo Testamento: “entre ustedes no habrá pobres” leemos en el libro del Deuteronomio (Dt 15,4). Jesús mismo y sus discípulos habían dejado todo y vivían de una bolsa común.

También en la tradición griega se afirmaba que “entre amigos todo es común”. Algunos pensadores griegos están también fascinados por un mundo sin barreras de propiedad privada, en el que todos tuvieran “todo en común”. Si San Lucas subraya tanto la comunicación material de bienes, es porque sabe que éste es uno de los problemas más graves de los cristianos de su tiempo.

La fracción del pan. En la vida de Jesús las comidas tuvieron una gran importancia (ver Lc 10, 10-17; 14, 15-24; Jn 2, 1 -12). El maestro quiso celebrar la despedida de sus discípulos, quiso hacer el testamento de su vida durante la cena pascual (Lc 22, 7-23; Jn 13-17). Desde el primer momento la fracción del pan, que más tarde se llamó Eucaristía, fue el centro de la vida de la comunidad cristiana (Hech 20,7).

Ya hemos señalado que esta celebración exige como condiciones previas, la comunión en la fe y la solidaridad efectiva en la vida. La primera condición se da claramente en nuestra Iglesia (por eso, no participan en nuestras eucaristías los cristianos no católicos). La segunda, en cambio, parece que la hemos olvidado. ¿No será necesario recuperar la exigencia de justicia, como condición para que pueda haber una “fracción del pan” realmente cristiana? Pablo es muy tajante en este punto y critica los abusos que existían en las comunidades de Corinto (1 Cor 11, 18-22.29-34).

La oración. Inmediatamente después de la Ascensión de Jesús, los Once regresan a Jerusalén y “perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hech 1,14). La oración es una actividad constante de la comunidad cristiana, especialmente en momentos difíciles e importantes (Hech 1,24; 4,24-30; 6,4; 7,59-60, 8,15; 9,40; 11,5; 12,5.12; 13,3; 14,23; 16,25; 20,36; 28,8.15).

Podemos acudir a estos pasajes de los Hechos de los Apóstoles, que resumen la vida de las comunidades, para mirarnos en ellos como en un espejo. ¿No están ahí como una utopía a la que todos somos llamados? Desde el comienzo de la vida de la Iglesia hasta nuestros días, algunos hombres y mujeres han sabido vivir con ese estilo. Por eso, este ideal deja de ser un sueño para convertirse en un proyecto que dinamiza nuestras vidas.

El modelo de comunidad que nos propone San Lucas en estos sumarios o resúmenes, no es fácil de vivir o de reproducir. Necesitamos la fuerza del Espíritu, necesitamos el apoyo de otras comunidades que sean testigos de la esperanza para nosotros, como también necesitamos apoyarnos los unos en los otros para sostenernos en nuestra fragilidad. Y porque somos de Cristo, “perseverando en la oración con María, la madre de Jesús”, será posible vivir el idal de esta Iglesia, escuchando a los apóstoles (predicación, catequesis), viviendo en comunión, celebrando siempre la Eucaristía y orando en común.

 

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