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Sagradas Escrituras: La comunidad del cenáculo

By Pbro. Mario Montes M. Octubre 29, 2021

Después de la ascensión del Señor Jesús a los cielos, San Lucas nos deja entrever los comienzos de la comunidad cristiana, allá en Jerusalén, cuando cuenta lo siguiente:

Los Apóstoles regresaron entonces del monte de los Olivos a Jerusalén: la distancia entre ambos sitios es la que está permitida recorrer en día sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hech 1,12-14).

Estos versículos, que son un resumen al estilo de San Lucas (ver Hech 2,42-47; 4,32-35), nos permiten echar una ojeada fugaz al embrión de la primitiva Iglesia. Los apóstoles, desaparecido de entre ellos el Maestro, vuelven del monte Olivete a Jerusalén, “perseverando unánimes en la oración”, en espera de la promesa del Espíritu Santo, hecha por Jesús (Hech 1,8, ver Lc 24,49). A los apóstoles acompañaban algunas mujeres, que no se nombran, a excepción de la madre de Jesús, pero bien seguro que son las mismas que habían acompañado a Jesús en su ministerio de Galilea (ver Lc 8,2-3), y aparecen luego también en los días de la pasión, muerte y resurrección del Señor (Mt 27,56; Lc 23,55-24,11). Y aún más. Hay un tercer grupo, los “hermanos de Jesús”, es decir, sus parientes. De ellos se habla también en el Evangelio, e incluso se nos da el nombre de cuatro: Santiago, José, Simón y Judas (ver Mt 13,55-56; Mc 6,3).

Entonces se habían mostrado hostiles a las enseñanzas de Jesús (Mc 3,21-32; Jn 7,5), pero se ve que, posteriormente, al menos algunos de ellos, habían cambiado de actitud. Parece que, junto con los apóstoles, gozaron de gran autoridad en la primitiva Iglesia, a juzgar por aquella expresión de San Pablo, cuando trata de defender ante los corintios, su modo de proceder en la predicación del Evangelio: “¿Acaso no tenemos derecho a comer y a beber, a viajar en compañía de una mujer creyente, como lo hacen los demás Apóstoles, los hermanos del Señor y el mismo Cefas?” (1 Cor 9,4-5). Entre estos “hermanos del Señor” destacará sobre todo Santiago, al que Pablo visita después de convertido en su primera subida a Jerusalén (ver Gál 1,19), y es, sin duda, el mismo que aparece en el libro de los Hechos como jefe de la iglesia de Jerusalén (ver Hech 12,17; 15,13; 21,18; Gál 2,9-12).

 

El lugar de la reunión

 

No es fácil saber si el “aposento superior” donde estaban reunidos los apóstoles,  a la espera de la venida del Espíritu Santo, sea el mismo lugar donde fue instituida la Eucaristía. El término que aquí emplea San Lucas, es el de “aposento de arriba”, un tanto distinto del que se usa, por ejemplo, en Mc 14,15, cuando dice “cuarto superior grande” o cenáculo. Sin embargo, el significado de los dos términos viene a ser idéntico, designando la parte alta de la casa, lugar de privilegio en las casas judías (ver 2 Re 4,10), más o menos espacioso, según la riqueza del propietario. En el caso de la última cena, expresamente se dice que era “una pieza grande” y en este caso se supone también que era grande, pues luego se habla de que se reúnen allí unas 120 personas (ver Hech 1,15). Además, parece claro que San Lucas alude a ese lugar, como a algo ya conocido y donde se reunían los apóstoles habitualmente. Incluso es probable que se trate de la misma “casa de María”, la madre de Juan Marcos, en la que se reunían los primeros cristianos (ver Hech 12,12).

 

María, la madre del Señor

 

Sabemos que, a lo largo de su Evangelio, San Lucas le da un relieve especial a la madre de Jesús, especialmente en los relatos de la infancia (ver Lc 1-2). La memoria pascual que testimonia San Lucas de la historia de María, desde los relatos de la infancia hasta su presencia en Pentecostés, está caracterizada por la fe; ella es figura y modelo de la fe de la Iglesia. María protagonista de la historia de la salvación, tiene dentro del Evangelio de San Lucas, un papel fundamental como discípula del Señor.

En el texto que estamos presentando, de nuevo aparece ella, en el momento fundacional de la comunidad cristiana, cuando el Espíritu la consagra para cumplir su misión. María, la madre de Jesús, aparece integrada en el grupo que espera la venida del Espíritu. En él ocupa un lugar importante. Para San Lucas, María no forma parte de ninguno de los tres grupos (apóstoles, mujeres, hermanos de Jesús), sino que constituye un personaje aparte. María fue coherente desde la anunciación-vocación, hasta el momento constituyente de la comunidad de Jesús, de cara a la historia futura.

Al mismo tiempo como en la anunciación-vocación (Lc 1,26-38), ahora también María se ve agraciada con el Espíritu Santo, que desciende sobre ella en la comunidad. María es símbolo de la comunidad cristiana. María sigue presentada como la mujer creyente, que consiente a la palabra de Dios en la fe y se deja conducir por ella, en una revelación progresiva del misterio. Ella es verdadera discípula, figura del discipulado, modelo de acogida a la palabra de Dios, a la iniciativa divina, que se deja modelar por Dios. La Iglesia naciente y la Iglesia de hoy, se sigue mirando en ella, para imitarla en su seguimiento de Cristo, en todos los tiempos.

 

Comunidad modelo para nosotros

 

¿Qué podemos aprender de esta naciente comunidad? La oración perseverante, la unanimidad de los cristianos, la presencia activa de las mujeres en la Iglesia, la veneración por la madre del Señor y la preparación para las intervenciones de Dios en la Iglesia (Pentecostés). Características que toda comunidad cristiana ha de tener, ayer, hoy y siempre.

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