

Desde antes de ser obispo, se caracterizó por su preocupación por los problemas sociales, familiares, religiosos y económicos de los guanacastecos. La falta de vivienda, la tenencia y mala distribución de la tierra, la falta de solidaridad de los que más tienen con los que menos tienen, las dificultades de agricultores y arroceros, por los bajos precios y la importación de granos, entre otros.
En un pasillo del hospital, estaba un joven de 12 años de edad que renegaba de Dios y le decía: “No volveré a creer en Ti, porque no existes, porque si existieras no habrías permitido que esto pasara”.