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Mons. José Manuel Garita: “Debemos ser una Iglesia con un fuerte compromiso profético”

By Agosto 30, 2020

La Asamblea General Ordinaria de los obispos de nuestro país celebrada a inicios de este mes de agosto tuvo un carácter electivo, es decir, se renovó la directiva de la Conferencia Episcopal y las presidencias de las Comisiones Nacionales, que son instancias clave de apoyo a la evangelización en las ocho diócesis de la Provincia Eclesiástica. Dicha elección se da cada tres años, y representa un momento propicio para evaluar, analizar y reencauzar la misión de la Iglesia Católica en el país.

Monseñor José Manuel Garita, Obispo de Ciudad Quesada, ha sido llamado a prestar el servicio en la Presidencia de la Conferencia Episcopal, en un tiempo difícil, marcado por las consecuencias de la pandemia de Covid-19, de las cuales la Iglesia no se ha visto librada.

Sobre su reflexión acerca de esta coyuntura, el papel de la Iglesia dentro de ella, la compleja y fragmentada situación social que atraviesa Costa Rica y otros temas de interés hablamos con Monseñor Garita, quien gustosamente aceptó nuestra invitación a dialogar.

 

 “Creo firmemente que es hora de dar un poco más de apertura y oportunidad para que los fieles asistan a los templos, dentro de esta apertura gradual que también hemos propuesto. La vivencia y la celebración de la fe es una necesidad esencial para quienes somos creyentes".

Mons. José Manuel Garita Herrera

 

Monseñor usted asume como Presidente de la Conferencia Episcopal en medio de una crisis sanitaria que se ha extendido a otros campos como la economía, el empleo y la pobreza, ¿qué reflexión hace de esta compleja coyuntura social?

Tenemos grandes retos y grandes preocupaciones. Desde antes de la pandemia, ya había importantes problemáticas en el país, empezando por el recrudecimiento de la pobreza y el desempleo; esto se ha agravado con esta crisis y alcanza ya medio millón de personas sin trabajo (24%), también un déficit fiscal que se estima llegará al 11% al final de este año, cuando al cierre del 2019 era de 6.96%. Hay problemas también de hambre, carestía, inseguridad y violencia. Son estos y otros retos que debemos asumir con una actitud verdaderamente solidaria, a partir de un diálogo al más claro estilo costarricense. Hay que enfrentar, valientes y decididos, estas situaciones, y estamos llamados a hacerlo con esperanza.

 

¿Cuál debe ser, a su criterio el rol, de la Iglesia en este momento de la historia de nuestro país?

En primer lugar, debemos ser una Iglesia con un fuerte compromiso profético hacia el mundo y la sociedad, también sentido y testimonio profético al interno de nosotros mismos. Se trata de una Iglesia que aporta e ilumina, que propone y no impone, que se hace presente y cercana para servir a las personas. En particular, los pastores de la Iglesia debemos acompañar e invitar a todos, especialmente a los laicos, para que, desde las situaciones y realidades que viven, asuman el compromiso de respuesta desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, a fin de buscar el bien integral de las personas. Esta actitud eclesial la presenta muy claramente la Constitución Gaudium et spes: la comunidad cristiana debe comunicar a toda la humanidad la buena nueva de salvación; esto se hace mediante este aporte constante y vivencia permanente del testimonio cristiano. Debemos entender la Iglesia en sentido amplio, no solo en sus pastores, pues todos los bautizados somos Iglesia, y estamos llamados al compromiso y al testimonio, a ser luz y sal en medio de la sociedad (cfr. Mateo 5, 13-16); ese es el compromiso al que nos ha llamado Jesucristo. Desde la Lumen gentium, la Iglesia es signo y sacramento de unión entre Dios y los hombres, es signo y sacramento de santidad y de salvación en medio del mundo, aquí subyace la lógica de la encarnación, la analogía con el Verbo encarnado. No perdamos de vista que hay una doble dimensión en el misterio de la Iglesia: es divina y es humana a la vez. En cuanto compuesta por personas, está presente en el mundo de manera visible y concreta. Y al mismo tiempo tiene una finalidad trascendente, en cuanto sacramento para la salvación de los hombres. Por ello, ha de ser una Iglesia con una presencia y un testimonio efectivo de servicio y en franco diálogo con el mundo, buscando las realidades celestiales como meta final.

 

La Iglesia también resiente los efectos de la pandemia, desde el punto de vista de su misión evangelizadora, la liturgia y la celebración de los sacramentos, lo laboral y hasta en lo económico; ¿cuál es su mayor preocupación sobre el impacto de esta crisis en la Iglesia?

No cabe la menor duda de que la pandemia nos ha cambiado la vida en muchos aspectos, y la Iglesia, en cuanto cuerpo social y estructura visible, no escapa a ello. En mi última Carta Pastoral titulada “Somos Piedras Vivas”, decía claramente que debemos replantearnos nuestra acción pastoral en muchos sentidos. La Iglesia no puede ser la misma, con las mismas formas y métodos. Hay que responder efectivamente a las nuevas exigencias, aprovechando decididamente las nuevas tecnologías para evangelizar. Claro que el asunto económico es importante, pues es medio también para cumplir la misión de la Iglesia. En esto, los fieles católicos son conscientes de su obligación de aportar para este fin. Con gran generosidad, son ellos los que históricamente han asumido con su aporte el sostenimiento de la Iglesia. Asimismo, debemos ocuparnos en una nueva forma de actuar a partir de esta coyuntura, tenemos que ser más cercanos, más eficaces, a fin de seguir siendo ese actor social innegable que es la Iglesia. Asimismo, hacer sentir la voz de los pastores que acompañamos, como lo dice la Gaudium et spes, y ser esa Iglesia que comparte los gozos, las esperanzas, las alegrías y tristezas de los hombres de todos los tiempos. Desde Aparecida (cfr. 172), se nos llama a reformular las estructuras eclesiales y pastorales, para ser capaces de crear verdaderas redes de comunidades y grupos, para ser y actuar como verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo. Sin esta conciencia, no lograremos este necesario replanteamiento evangelizador y pastoral. El reto y el desafío de la conversión es pasar de una pastoral de la conservación a ser una Iglesia de auténticos discípulos-misioneros. Una Iglesia “en salida”, nos dice e insiste el Papa Francisco.

 

Los fieles reclaman más oportunidad y apertura para participar de las Eucaristías, las parroquias cumplen los protocolos y en general los católicos somos obedientes de las indicaciones de protección, ¿cree que debería darse más oportunidad para que los fieles asistan a las Misas y en general a los sacramentos? ¿Hará falta un poco más de diálogo o presión a las autoridades tal y como lo han hecho y logrado otros sectores en esta pandemia?

Desde el inicio de la pandemia, fue la Iglesia la que, en disposición colaborativa con la emergencia sanitaria, cerró sus templos, pues para nosotros la vida es sagrada y, por tanto, la defendemos en todas sus etapas. Por ello, hemos hecho reiterados y apremiantes llamados a respetar las normas sanitarias para proteger la vida de las personas. Con el tiempo se ha venido cooperando en la formulación de protocolos para la celebración de la Misa en los templos, y la celebración de otros sacramentos. Creo firmemente que es hora de dar un poco más de apertura y oportunidad para que los fieles asistan a los templos, dentro de esta apertura gradual que también hemos propuesto. Desde hace casi dos meses se ha dado esa apertura, hemos sido muy cuidadosos y hemos cumplido con los protocolos y medidas sanitarias. La vivencia y la celebración de la fe es una necesidad esencial para quienes somos creyentes, no se puede desconocer que la experiencia religiosa es propia de la naturaleza humana, incluso es un derecho humano reconocido jurídicamente. Por ello, esperamos de las autoridades esta comprensión y una mayor apertura como se ha venido dando en otros sectores y ámbitos de la sociedad.

 

Esta crisis, sin embargo, también ha traído aspectos positivos, como es el uso de la tecnología de una forma más activa para la evangelización, ¿Qué otros signos positivos ve usted como señales de la acción del Espíritu en medio de este contexto tan difícil que vivimos?

La tecnología definitivamente tiene que ayudarnos, como ya lo decía en la otra pregunta. Hay signos muy oportunos y esperanzadores. La Iglesia lo ha venido implementando en catequesis a distancia, en reuniones pastorales, en diferentes encuentros ante la imposibilidad de encontrarnos físicamente. Me parece que esto es parte de lo que debemos replantear en la pastoral de la Iglesia. La Congregación para el Clero acaba de publicar una Instrucción acerca de la conversión y renovación de la comunidad parroquial, y ahí también hay una serie de pautas en este sentido; igualmente el recién publicado Directorio de Catequesis. El Papa Francisco, desde hace mucho tiempo, nos viene hablando de esta necesaria conversión pastoral, como se decía y lanzaba ya desde Aparecida, y como el Santo Padre lo reiteraba en Evangelii gaudium. No podemos seguir haciendo lo mismo de la misma forma. Sí, hay que evangelizar, como misión esencial de la Iglesia, pero buscando nuevas formas, con mayor impacto, inmediatez y eficacia, para llegar y responder con la buena noticia a las distintas personas y realidades.

 

“La esperanza, como dice el Papa Francisco, es una actitud que va más allá de un simple optimismo humano, pues se funda en la fe y se plasma en la caridad. La esperanza es vivir de la certeza de que Dios lleva las cosas para bien de sus hijos, por más dificultades o crisis que pasemos. El plan de Dios no puede fallar, siempre será para bien y salvación de sus hijos”.

Mons. José Manuel Garita Herrera.

 

Se ha dicho con razón que es la hora de la Iglesia doméstica, pero ¿cómo acompañar a las familias para que cumplan su misión de transmitir la fe frente a los obstáculos que impone el distanciamiento y las medidas preventivas de contagios?

Desde el inicio de la pandemia, ha habido un acompañamiento a las familias a distancia por medios tecnológicos, con las celebraciones eucarísticas, con catequesis a distancia, encuentros de oración y otras iniciativas. Esta es una oportunidad propicia, y diría providencial, para que entendamos que la Iglesia, pese a que nos habíamos acostumbrando a verla en masa o gran cantidad, es también una pequeña comunidad que justamente empieza desde las familias. La Iglesia comenzó históricamente a tener crecimiento y fuerza desde las pequeñas comunidades, desde los pequeños grupos. Es ahí donde cobra validez el concepto y la idea de una Iglesia doméstica. La parroquia es una comunidad de comunidades, pero la primera comunidad de fe es la familia, allí es donde se debería transmitir inicialmente la fe, diariamente debería haber alimentación constante entre los miembros de la familia. Esta es la tarea que deben cumplir los padres de familia, en primera instancia y constantemente, pues así se comprometieron desde el bautismo de sus hijos; asumieron libremente la misión de educarlos y acompañarlos en la fe. Los pastores y los agentes de pastoral podemos y debemos acompañar a las familias, pero la misión, la vivencia y el testimonio de la fe empieza al interno de ellas mismas como pequeñas comunidades.

La familia es un tema de vital importancia para la Iglesia, por ello apostamos por su cuidado y promoción integral desde el proyecto de Dios. En este sentido, nos preocupa a veces el adoctrinamiento ideológico en contra de la familia, las acciones en contra de la libertad de expresión, de la libertad religiosa y de conciencia de las personas. Ya San Juan Pablo II lo decía en Familiaris consortio, numeral 37 “los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana”. En esa línea, la familia como fundamento de la sociedad, debe procurar mantener esos valores que alimentan la vida social y eclesial. Hay que cuidar y fortalecer esos valores de frente a doctrinas que pretender destruir la familia, tal y como la entiende la Iglesia desde la revelación, e incluso desde la naturaleza social de las personas.

 

A nivel general, como sociedad y como país, ¿qué opinión le merece el manejo de esta crisis, la respuesta dada a los grupos que se sienten más afectados y en particular la respuesta de las autoridades al clamor de un proceso de diálogo real para superarla?

El manejo de la crisis sanitaria se ha hecho bien, en términos generales. El problema es el efecto de la pandemia misma que ya ha tenido transmisión comunitaria, pero insisto, se ha sabido responder. Ahora, la crisis sanitaria ha desnudado y ha puesto todavía de forma más evidente la crisis de pobreza, pobreza extrema, la problemática migratoria, el desempleo, el subempleo, la inseguridad, los brotes de violencia, la delincuencia, el incremento de asesinatos, el drama humano de las cuarterías, etc. Sin duda, en todo esto hay un impacto muy fuerte, doloroso y preocupante. Por consiguiente, hace falta un abordaje más integral de estas “otras pandemias” que nos afectan y que claman ante nuestros ojos. Reiteradamente hemos hecho ese llamado desde la Iglesia para que se acojan, escuchen y atiendan a los diversos sectores, particularmente a los más necesitados y golpeados por esta crisis. Precisamente, el pasado 12 de agosto, los obispos de Costa Rica hemos hecho un claro y apremiante llamado a un diálogo “abierto y participativo” a nivel nacional. No se puede excluir ni dejar por fuera a nadie, todos somos parte de esta sociedad costarricense y, por tanto, somos corresponsables democráticamente de la misma.

 

¿Como puede -y debe- la Iglesia aportar a un proceso de diálogo nacional para superar esta crisis, ¿cuáles son esos valores del Evangelio y de la Doctrina Social que deben guiar y enriquecer las decisiones en este momento tan delicado de la historia patria?

Veo a una Iglesia, como la miraba San Pablo VI, quien, desde la enseñanza del Concilio y en su encíclica Ecclesiam suam, numeral 43, se refería con quién puede dialogar la Iglesia: “Nadie es extraño a su corazón. Nadie es indiferente a su ministerio. Nadie es enemigo, a no ser que él mismo quiera serlo. No sin razón se llama católica, no sin razón tiene el encargo de promover en el mundo la unidad, el amor y la paz”.

Así debe ser el papel de la Iglesia en nuestra sociedad costarricense, una Iglesia dialogante con el mundo y con la cultura actual, una Iglesia que escucha a los distintos sectores por más diferentes que sean, una Iglesia que recoge inquietudes, clamores, opiniones, posiciones y preocupaciones de parte de todos los sectores de la sociedad, para encauzarlos a los canales correspondientes. Así visualizo la presencia de la Iglesia en un proceso de este tipo, y en general en la realidad nacional. Por supuesto que los valores del Evangelio, es decir, el amor, el servicio, la solidaridad, la fraternidad, la búsqueda del bien común, el respeto a toda persona, la transparencia, etc. son necesarios para que un proceso de diálogo funcione, y son vitales también los valores de la corresponsabilidad ciudadana, la honradez frente a la búsqueda de la verdad y el cumplimiento del deber, el sentido de justicia y equidad también. Es cierto que estos valores evangélicos están plasmados en la Doctrina Social de la Iglesia, que fundamentalmente busca el bien común y la promoción integral de la persona humana; pero, de nuevo, es necesaria esa responsabilidad ciudadana y el adecuado entendimiento de que todos estamos presentes y somos parte de esta misma barca, en este mismo país que es de todos y para todos.

Como instrumento para el mismo diálogo, me parece que la actividad comunicativa de la Iglesia es fundamental, pues los medios e instrumentos de comunicación son “nuevos areópagos”, como decía San Juan Pablo II. Hoy en día, con mayor razón, hay que utilizar y aprovechar las nuevas tecnologías que también nos permiten trazar la ruta de una Iglesia en salida, como lo pide el Papa Francisco, para dialogar, mostrarse cercana, hacer presencia y, sobre todo, para evangelizar, como misión esencial suya. Esta es una prioridad que los obispos nos hemos propuesto, hay que mejorar y consolidar la comunicación, porque es indispensable hoy en día para el cumplimiento fiel y eficaz de la misión de la Iglesia.

 

La celebración del centenario de la Provincia Eclesiástica ha quedado un poco opacada por la situación, sin embargo, ¿por qué considera que es importante tener conciencia del lugar de la Iglesia en la historia y conformación de nuestro país?, ¿cree que el desconocimiento de ello puede ser germen del rechazo y la hostilidad que muchos tienen hacia la Iglesia y hacia la fe católica en general?

No cabe duda que la Iglesia Católica ha tenido un papel protagónico en el nacimiento de nuestro país, en el surgimiento de su identidad, en su estructuración y desarrollo. La Iglesia ha aportado los valores del Evangelio y de su Doctrina Social con una visión de integración y de unidad que coincide con el modelo democrático que ha caracterizado a este país. Históricamente siempre hemos tratado de ponernos de acuerdo, más allá de las diferencias. La Iglesia, en distintos momentos, desde la colonia, la independencia, el conflicto de 1856, en los tiempos liberales, en los años cuarenta, solo por señalar algunos hitos, ha dado su aporte para esa gestación de identidad, unidad y desarrollo con justicia social de nuestro país. Esto es muy importante conocerlo y reconocerlo por parte de propios y extraños. La Iglesia está presente y se encarna históricamente para ser servidora de la sociedad y de las personas que la conforman. La Iglesia lo que quiere es ayudar, buscar el bien común e integral de las personas; este papel de la Iglesia ha sido indiscutible en la historia de este país, y ella sigue abierta y dispuesta a aportar y a servir para que Costa Rica sea cada vez mejor. La celebración del centenario es una gracia de Dios, y hemos visto que, en tiempos de pandemia, el papel de la Iglesia sigue siendo fundamental en el acompañamiento de las personas, incluso desde ese principio evangélico que nos pide Jesús, “denles ustedes de comer” (Marcos, 6, 37). Hemos visto cómo en estos tiempos se han incrementado las ayudas en muchos casos, por la realidad misma que estamos viviendo. La Iglesia que acompaña, ilumina, propone y sirve siempre ha estado presente en la vida e historia de esta nación. Pensemos en los aportes a nivel de la pastoral social, de la salud, de la educación, de los niños, jóvenes, adultos mayores, etc. y de distintas acciones eclesiales en favor del desarrollo de las comunidades.

 

Usted preside también la Comisión de Protección de Menores y adultos vulnerables, un tema que ha sido asumido con responsabilidad por la Iglesia Universal atendiendo la visión y el llamado del Papa, ¿Cuál es el trabajo que sigue en este campo?, ¿Reafirma el compromiso de transparencia y el deber de protección de los menores por encima de cualquier otra consideración de parte de la Iglesia en nuestro país?

Formalmente, en noviembre del año pasado, asumí la presidencia de la Comisión. Desde entonces, se ha creado el Protocolo Nacional o Líneas Guías, ya hemos publicado y puesto a disposición el Código de Conducta para ambientes eclesiales, hemos estado en un amplio proceso de formación en lo que implica esta tarea prioritaria para la Iglesia. Además, se han conformado las comisiones diocesanas con la entrada en vigencia del Motu Proprio “Ustedes son la luz del mundo”, el pasado 1 de junio. Estamos trabajando en formaciones para las comisiones diocesanas, y en diálogo más directo para la creación de protocolos para distintos ámbitos de la Iglesia. Lo más importante es seguir el trabajo de prevención, es decir, formular una serie de acciones para conseguir y lograr tener ambientes seguros en la Iglesia, a fin de que nuestra gente confíe en ella para la protección y cuidado de nuestros menores, adultos vulnerables y de todas las personas. La Iglesia es madre, y una madre cuida y quiere lo mejor para sus hijos.

Asimismo, y sin ninguna duda, hay que reafirmar el compromiso de transparencia y tolerancia cero al tramitar los casos de abuso por más dolorosos que sean. Hay que hacerlo con justicia y verdad. La prioridad son las víctimas, eso debe quedar claro, pero hay que tener también un tratamiento justo y equitativo de toda esta compleja problemática y de sus componentes.

 

“No podemos seguir haciendo lo mismo de la misma forma. Sí, hay que evangelizar, como misión esencial de la Iglesia, pero buscando nuevas formas, con mayor impacto, inmediatez y eficacia, para llegar y responder con la buena noticia a las distintas personas y realidades”.

Mons. José Manuel Garita Herrera.

 

Primeros colaboradores del obispo en la tarea de la evangelización son los sacerdotes, ¿cómo procurar con ellos una cercanía y un acompañamiento que favorezca aspectos como la formación y la vocación como tal?

Como pastores de la Iglesia, para nosotros es prioritario el clero, es decir, el acompañamiento a los sacerdotes desde la pastoral presbiteral. Desde luego, en este contexto, nos interesa particularmente la formación sacerdotal, siempre presente y constante en los ojos y en el corazón de los pastores. Creemos en la necesidad y unidad entre la formación inicial y continua de nuestros sacerdotes. Por ello, siempre hay que buscar una mayor cercanía y presencia con los sacerdotes que han respondido de manera decidida para entregar su vida en el anuncio del Evangelio. Sacerdote es el que ofrece libremente su vida para servir a los demás, hombre sacado de entre los hombres para servir a los hombres (Hebreos 5, 1).

 

¿Dónde ubica el cuidado del ambiente dentro de las prioridades de la Iglesia, especialmente luego de una encíclica como Laudato si’, con un planteamiento tan amplio y rico en la materia?

Es muy importante la ecología integral planteada por el Papa Francisco, es decir, el cuido de la Casa Común de la cual todos somos corresponsables. Es un gran tema que pone a la Iglesia de cara a generar un diálogo con el mundo. Hay que propiciar el cuidado, la preservación y el desarrollo del medio ambiente, pero empezando desde la persona humana como corona de la creación divina. En Laudato Si’, el Papa nos ofrece muchas luces para alcanzar un “progreso más sano, más humano, más social, más integral” (numeral 112).

 

Hablamos en este tiempo de pandemia de cuidar la vida, pero algunos prefieren mirar a otro lugar cuando se plantea esa vida desde el momento de la concepción, ¿qué reflexión hace de la lucha a favor de la vida en nuestro país?

Nos preocupa muchísimo el respeto, el cuidado y la promoción de la vida. Como saben, hemos estado esperando respuesta del Ministerio de Salud sobre la aplicación del protocolo del así llamado “aborto terapéutico”, el pasado 14 de agosto enviamos públicamente la segunda solicitud en este sentido. La Iglesia no va a dejar de proclamar el derecho sagrado de la vida, desde la concepción hasta su muerte natural. De allí que el aborto, la eutanasia y otras prácticas que forman parte de la cultura de la muerte, van manifiestamente en contra de la vida que es sagrada e inviolable ante los ojos de Dios y de los hombres.

 

Usted tiene una frase que lo identifica: “La Esperanza no defrauda”, ¿Cómo debemos los creyentes hacer vida esta esperanza cristiana frente a las muchas dificultades que enfrentamos como sociedad y como país? ¿Cómo hacer que esa esperanza llegue a todos y nos permita caminar en unidad y solidaridad para salir juntos adelante de esta crisis?

“La esperanza no defrauda” es una expresión de San Pablo en su carta a los Romanos (5, 5). Así titulé mi primera Carta Pastoral en 2014. Hay que partir, en primer lugar, del hecho y verdad que esperanza es una virtud teologal, junto con la fe y la caridad. Por lo tanto, es un don de Dios, hay que pedirlo al Señor como parte de nuestra relación con Él y de nuestro testimonio de creyentes. La esperanza, como dice el Papa Francisco, es una actitud que va más allá de un simple optimismo humano, pues se funda en la fe y se plasma en la caridad. La esperanza es vivir de la certeza de que Dios lleva las cosas para bien de sus hijos, por más dificultades o crisis que pasemos. El plan de Dios no puede fallar, siempre será para bien y salvación de sus hijos. San Pablo lo dice en Romanos 8, 28: “Todo sirve para bien de los que Dios ama”. Tenemos que pedir este don de la esperanza, en primer lugar, para tener fuerza y dar testimonio de nuestra fe en el amor. Veamos el ejemplo de los santos, han ido siempre adelante contra todo obstáculo. Precisamente esa es la actitud que debe traducirse en la vida de la Iglesia y en la experiencia de todo cristiano ¡Cuánto tenemos que aportar los cristianos al mundo!, pues muchas veces domina el pesimismo, el sentido de la muerte o el derrotismo. El cristiano debe inyectar al mundo esa esperanza y esa certeza en la eficacia de la acción de Dios, una certeza que brota desde la fe y que se hace vida en el amor. Rescato las palabras del Papa Benedicto XVI en Caritas in veritate, numeral 34: “la esperanza sostiene a la razón y le da fuerza para orientar la voluntad” y como lo remarcaba su Santidad en ese documento, es la esperanza cristiana al servicio del desarrollo del ser humano.

 

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Last modified on Domingo, 30 Agosto 2020 10:06
Martín Rodríguez González

Periodista, licenciado en Ciencias de la Comunicación Colectiva y egresado de la maestría en Doctrina Social de la Iglesia. Trabaja en el Eco Católico desde el año 2002 y desde el 2009 es su director.

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