Luis Fernando Calvo, director del Instituto Tomás Moro, máster en Doctrina Social de la Iglesia y magíster en Estudios Políticos, compartió con Eco Católico algunas impresiones sobre la operación militar desarrollada por el gobierno estadounidense en territorio venezolano.
¿Se puede calificar a Nicolás Maduro como líder de un gobierno que ejerce la tiranía? ¿Qué dice la Doctrina Social de la Iglesia sobre los gobiernos tiránicos?
En general, podríamos decir que la doctrina de Santo Tomás de Aquino ilumina estas consideraciones con sus reflexiones sobre la cita de San Pablo acerca del origen de la autoridad (Romanos 13,1). En esta cita, San Pablo hace ver que el origen de la autoridad no es otro que Dios mismo: “Todos deben someterse a las autoridades constituidas, porque no hay autoridad que no provenga de Dios y las que existen han sido establecidas por Él”.
Tomás de Aquino interpreta, entonces, que la autoridad que detentan los hombres es en realidad un ejercicio vicario, no siendo más que depositario de la autoridad divina. Pero recuerda Santo Tomás que el fin de la comunidad política, de la sociedad, no es otro que el bien común y que toda ley, para que sea ley, debe ser buena, es decir, justa, ya que una ley injusta no es en realidad ley en pleno derecho. Igualmente, enseña Santo Tomás que la obediencia a la autoridad temporal es condicional, pues quien hace uso de la autoridad debe usarla para el bien común. No basta ejercer la autoridad, se debe usar rectamente, como una forma de caridad, según decía el Papa Francisco (qdDg).
En el caso de Venezuela, podríamos argumentar que Maduro, especialmente por el aparente manejo fraudulento de las elecciones del 2024, se habría convertido en un dictador, indispuesto a ceder el poder a sus sucesores. El obstinarse en mantener el poder dañó directamente la posibilidad de autodeterminación del pueblo venezolano, principio fundamental esbozado por la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) (Numeral 157 del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia CDSI).
Las denuncias de torturas, detenciones injustificadas, desapariciones forzadas, empezaron a acumularse en las semanas y meses posteriores a las fallidas elecciones anteriormente citadas. Esto, además del mal manejo político y social de la crisis de Venezuela, particularmente intensa desde el 2017, hace ver la inconveniencia de que Nicolás Maduro siguiera en el poder.
“En todo este vaivén de intereses, lo que menos prevalece es el bienestar del pueblo venezolano, elemento fundamental en estos sucesos, según lo que nos ha pedido el Papa León XIV”. Luis Fernando Calvo - Instituto Tomás Moro
¿Cómo entonces valora la intervención de EEUU? ¿Podemos hablar de intervencionismo e imperialismo norteamericano?
En efecto, si bien Nicolás Maduro no reunía las condiciones fundamentales para dirigir sabiamente al pueblo venezolano, es evidente que no es justificable la agresión de Estados Unidos a Venezuela, tanto desde el mismo derecho estadounidense, como del derecho internacional o desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia. En el concierto de las naciones, no deben prevalecer los intereses de las naciones particulares, sino los intereses del género humano, es decir, el bien universal (numeral 432 del CDSI).
Con sus actos, el gobierno de Estados Unidos ha irrespetado cualquier noción básica y fundamental del derecho internacional, y ha asestado un golpe mortal a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Ha demostrado que sus acuerdos, convenios, declaraciones, son prácticamente irrelevantes y que el nuevo orden internacional, liderado por Trump, es de la ley del más fuerte. Estados Unidos agrede a Venezuela porque puede. Aplaudir tales actos desde un país sin ejército es un terrible acto de autosabotaje, pues el derecho internacional y la comunidad de naciones es una esperanza (era podríamos decir) para proteger a los países menos militarizados. En este sentido, el Compendio nos recuerda que “el bien común de una nación es inseparable del bien de toda la familia humana” (numeral 434)
Las declaraciones posteriores del presidente Trump y de comentaristas en Estados Unidos respaldan la tesis de que este es un movimiento de fuerza para asegurar su hegemonía en el hemisferio occidental, consistente con su nueva estrategia de seguridad nacional y con la Doctrina Monroe, proclamada en 1823 por el presidente James Monroe y que se resume en la sucinta frase: América para los americanos. La misión de fondo es acceder al petróleo y otros bienes preciados que yacen tranquilamente en el subsuelo venezolano, pero a su vez, golpear la mesa y evitar que los países del continente trancen con China y Rusia.
En todo este vaivén de intereses, lo que menos prevalece es el bienestar del pueblo venezolano, elemento fundamental en estos sucesos, según lo que nos ha pedido el Papa León XIV.
Recordemos que la DSI nos propone un camino mejor para resolver los conflictos. Así lo establece, por ejemplo, en el numeral 433 del Compendio, que propone: “Las relaciones entre los pueblos y las comunidades políticas encuentran su justa regulación en la razón, la equidad, el derecho, la negociación, al tiempo que excluye el recurso a la violencia y a la guerra, a formas de discriminación, de intimidación y de engaño”.
Pensemos que Estados Unidos no hubiera capturado a Maduro ¿Qué otras alternativas se le puede dar a un pueblo que sufre una dictadura?
Es difícil hablar de alternativas pues las circunstancias no eran sencillas y en todo caso los escenarios son siempre variables. Pienso que, a través del lento proceso del diálogo y la diplomacia, con la participación de diversos actores (países) y organismos internacionales, se pudo haber logrado la salida pacífica de Maduro y una convocatoria a elecciones. Países tales como Brasil, Colombia, España y México, entre otros, hubiesen podido mediar en el proceso, todo bajo la observación de las Naciones Unidas. Esto, en todo caso, lo digo como una posibilidad, pues es imposible establecer un contra-fáctico con certeza.
El problema fundamental del escenario vigente radica en que Estados Unidos, dada su lucha hegemónica en la región contra China y Rusia, así como su altísima deuda pública y los intereses de corporaciones estadounidense, se convierte en esta materia en juez y parte.
Se habla de diálogo, pero ¿era posible dialogar con un régimen que reprime toda manifestación en contra y que persigue a toda oposición?
Correcto, es difícil pensar en diálogo bajo estas circunstancias, pero, en definitiva, la estrategia correcta hubiese sido, en vez de diálogo, presión. Aplicar la presión correcta, de manera sostenida, hubiese logrado un resultado significativamente mejor para el pueblo de Venezuela. Los acontecimientos de los últimos días les alejan aún más de la libertad y les suman en el vasallaje. Aun así, el régimen de Maduro sigue en pie a través de personas de su confianza, por lo que es difícil saber si quienes hoy detentan el poder formal en Venezuela serán complacientes con el gobierno de Estados Unidos. Pero este es un problema sin resolver, una verdadera espada de Damocles: si obedecen a Estados Unidos, estarán entregando sus valiosos recursos en términos de intercambio desfavorables. Si desobedecen, vendrá un nuevo asalto militar, más intenso, mortífero y seguramente sostenido, con soldados estadounidenses en suelo venezolano y un prospecto seguro de guerra civil.
Se supone que viene un proceso de transición ¿Cómo debería ser este proceso para que sea digno y acorde a los valores cristianos?
Considero que es fundamental velar por tres principios esenciales en esta cuestión: bien común, dignidad humana y autodeterminación. Cualquier transición hacia nuevas autoridades gubernamentales debe considerar estos elementos. Bien común implica echar a andar la petición del Papa: la centralidad del pueblo de Venezuela. Dignidad humana implica que los venezolanos sean tratados como iguales, en calidad de personas, con igual valor que un neoyorquino o un haitiano, por citar otros gentilicios. Autodeterminación implica que se debe trabajar para que en el mediano plazo sean los venezolanos los que libremente puedan decidir su futuro y elegir a sus gobernantes.
Cabe pensar en otro caso, más cercano aún, Nicaragua ¿Qué piensa?
Creo que nuevamente corresponde recurrir a la presión por la vía diplomática. El querido país de Nicaragua no posee los recursos naturales que posee Venezuela: tal vez esta sea su mejor oportunidad para encontrar una transición pacífica hacia un futuro en paz.
La comunidad internacional podría generar los canales de diálogo necesarios para lograr una salida pacífica del binomio Ortega-Murillo y permitir que se puedan dar elecciones transparentes y supervisadas en el mediano plazo. Este diálogo supondrá ejercer una presión suficiente sobre Ortega y Murillo para que puedan dar un paso al lado de manera ordenada y pacífica. La guerra, la agresión, no es el camino, debemos buscar caminos distintos, no por pacifismo, pero entendiendo que el bien de una nación y el bien de todas las naciones están irremediablemente unidos.
Llamada
“En todo este vaivén de intereses, lo que menos prevalece es el bienestar del pueblo venezolano, elemento fundamental en estos sucesos, según lo que nos ha pedido el Papa León XIV”.
Luis Fernando Calvo
Instituto Tomás Moro












