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El adviento renueva nuestra esperanza

By Mons. José Rafael Quirós Q. Diciembre 18, 2020

El presente año ha sido difícil y, seguramente, la pérdida de esperanza y el pesimismo se ha alojado en muchos corazones. Algunos hermanos se sienten perdidos e impotentes ante las dificultades que les cercan. El desempleo creciente, la falta de oportunidades para los jóvenes, muchas familias desprovistas de ingresos, en definitiva, la grave crisis económica, política y social, aunada a la pandemia, han ensombrecido el camino.

Pero, como un rayo de luz en medio de la oscuridad, “el tiempo de Adviento nos infunde esperanza, una esperanza que no defrauda”[1] y que quiere penetrar todo nuestro ser.

En efecto, este tiempo fomenta la confianza del “Dios que viene” invitándonos a reanudar nuestro camino de fe y a retomar nuestros más altos ideales humanos. Con el adviento el pueblo de Dios se pone de nuevo en pie para salir al encuentro de Aquel que da sentido a nuestra historia. Si falta Dios, falla la esperanza y todo pierde sentido.

Vivir la esperanza es siempre una aspiración mayor que nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, sin importar las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive: “Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor. […] La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna”.[2]

El cristiano está llamado a sobreponerse a cualquier adversidad, a superar las piedras del camino, a vencer los obstáculos por grandes que estos sean y para ello, se necesita una fuerza extraordinaria cuyo fundamento es el amor de Dios: “Dios me ama. Esta es la raíz de nuestra seguridad, la raíz de la esperanza ... Dios me ama. ¿Pero en este momento horrible? Dios me ama. ¿Y a mí que he hecho esto y aquello? Dios me ama. Esa seguridad no nos la quita nadie. Y tenemos que repetirlo como una oración: Dios me ama. Estoy seguro de que Dios me ama. Estoy segura de que Dios me ama”.[3]

Nuestra esperanza, certeza de ese amor de Dios, debe convertirse en un compromiso de servicio y entrega, “estar atentos a nuestro prójimo en dificultad, a dejarnos interpelar por sus necesidades, sin esperar que él o ella nos pida ayuda, sino aprendiendo a prevenir, a anticipar, como Dios siempre hace con nosotros”.[4] El adviento es un envío personal y comunitario a comunicar este don extraordinario del que estamos llamados a ser "canales", con humildad y sencillez, para todos.

Que en cada templo y en cada hogar la corona de adviento, como signo de luz creciente, tenga un lugar de privilegio y que al ir encendiendo cada una de esas velas se apacigüen los miedos y se despejen las tinieblas en nuestro corazón. Abriendo las puertas de nuestra vida al Dios que viene, tendremos la capacidad de recibirlo y verlo presente en los hermanos más humildes, en los que no cuetan para este mundo. Podremos evadir el materialismo consumista que invade el entorno en esta época, y fijar la mirada en lo escencial, dando espacio a la verdadera felicidad.

 

[1] Papa Francisco, 04 diciembre del 2016

[2] Fratelli Tutti, n.55

[3] Papa Francisco, La esperanza no defrauda, 15 de febrero del 2017

[4] Papa Francisco, 01 diciembre del 2019

 

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