La paz, lo hemos dicho muchas veces, comienza mucho antes de las grandes decisiones políticas. Comienza en lugares aparentemente pequeños y cotidianos. Comienza en nuestros hogares, donde cada familia puede ser una escuela de paz o, por el contrario, un espacio donde se aprende la agresividad, la intolerancia y la imposición. Educar a los hijos en el respeto, enseñarles a pedir perdón, ayudarles a resolver los conflictos mediante el diálogo, escuchar sus preocupaciones y mostrarles que nadie debe ser humillado ni violentado son maneras concretas de construir la Costa Rica del futuro.
La paz también comienza cuando los adultos comprendemos que nuestras palabras y comportamientos educan. Los niños aprenden de lo que ven. Si encuentran en casa respeto y capacidad de diálogo, tendrán mejores herramientas para convertirse mañana en ciudadanos capaces de convivir con quienes piensan diferente.
La paz continúa en las aulas. Nuestras escuelas y colegios tienen una responsabilidad enorme. Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos académicos. Significa también formar personas capaces de vivir con otros, reconocer la dignidad de cada ser humano y comprender que las diferencias no tienen por qué convertirse en enfrentamientos.
Los obispos han insistido en la importancia de la educación y del trabajo que, desde hace décadas, realizan tantas instituciones educativas y congregaciones religiosas en la formación de niños y jóvenes. La educación constituye uno de los espacios privilegiados para transmitir valores como la solidaridad, el respeto, la fraternidad y la responsabilidad.
La paz se construye también en el mundo del trabajo. Cada oficina, comercio, empresa, institución pública, finca, fábrica o emprendimiento puede convertirse en un lugar donde se cultive la dignidad humana. Ser honesto, cumplir responsablemente con las obligaciones, respetar al compañero, rechazar la corrupción, tratar justamente a quienes dependen de nosotros y procurar condiciones laborales dignas son también formas de construir paz.
Desde luego, la paz comienza también en las instituciones públicas, donde debe de cimentarse el bien común y la solidaridad por encima de cualquier otro interés o penetración del crimen organizado, como lamentablemente hemos sido testigos en los últimos días.
Porque celebrar 205 años de independencia significa preguntarnos si estamos dispuestos a custodiar aquello que otras generaciones construyeron y, al mismo tiempo, a corregir aquello que hemos dejado deteriorarse. La paz tiene que ser un compromiso con nuestro presente y una promesa para nuestro futuro.
Trabajemos juntos por una Costa Rica donde la paz empiece en cada hogar, se fortalezca en cada aula, se manifieste en cada lugar de trabajo, se haga vida en el servicio público y alcance todos los espacios de la vida nacional.
Porque la patria que heredamos será, en buena medida, la patria que decidamos construir hoy.
Y esa tarea no es solamente nuestra. Es el legado que estamos preparando para nuestros hijos, nuestros nietos y para todos los que todavía esperan recibir de nosotros una Costa Rica más justa, más fraterna, más solidaria y, sobre todo, más en paz.

















