Costa Rica vive una crisis de violencia que se manifiesta de muchas maneras: el narcotráfico que gana territorios, el aumento de homicidios, la agresividad en redes sociales, la intolerancia política, el debilitamiento de la convivencia y la creciente incapacidad para dialogar. Todo ello termina filtrándose inevitablemente en las aulas.
Los jóvenes no viven aislados de la realidad nacional. Respiran el mismo ambiente social que los adultos hemos construido. Muchos crecen en hogares fragmentados, con escasa presencia afectiva, marcados por tensiones económicas, abandono emocional o violencia intrafamiliar. Otros enfrentan soledad, depresión, bullying, ansiedad o sensación de fracaso, sin encontrar espacios seguros donde expresar lo que sienten.
A esto se suma una cultura digital saturada de contenidos violentos, donde las redes sociales convierten el sufrimiento humano en espectáculo y donde los ataques armados terminan reproduciéndose mediante el “efecto imitación”. Incluso las autoridades educativas han advertido esa posibilidad ante el incremento acelerado de amenazas en las últimas semanas.
No se trata de justificar conductas irresponsables o delictivas. Toda amenaza debe investigarse y sancionarse. Pero si el país quiere prevenir tragedias reales, debe tener la valentía de mirar más allá del síntoma y preguntarse qué está pasando en el corazón de nuestros adolescentes.
Tal vez demasiados jóvenes se sienten invisibles. Tal vez hemos construido una sociedad ruidosa en la que se escucha poco a las personas. Tal vez hemos reducido la educación al rendimiento académico y olvidado la formación humana, emocional y espiritual.
La Iglesia ha insistido durante décadas en que la familia es la primera escuela de valores. Cuando la familia se debilita, toda la sociedad sufre las consecuencias. Allí donde falta diálogo, acompañamiento y amor auténtico, otros discursos ocupan el vacío: la violencia, el resentimiento, el odio o la desesperanza.
También debemos reconocer que muchos jóvenes carecen hoy de oportunidades sanas para canalizar sus emociones y energías. El deporte, el arte, la música, la cultura y las actividades comunitarias no son simples entretenimientos: son espacios fundamentales para formar personas, fortalecer vínculos y prevenir conductas destructivas. Una cancha iluminada, un grupo artístico o un taller cultural pueden salvar vidas mucho más de lo que imaginamos.
Por eso preocupa que, en medio de la crisis, las respuestas públicas sigan concentrándose casi exclusivamente en la reacción y no en la prevención. No bastan protocolos escritos si no existen orientadores suficientes, programas de salud mental, acompañamiento familiar y espacios donde los estudiantes puedan ser escuchados sin miedo al juicio o la indiferencia.
Costa Rica todavía está a tiempo de evitar escenarios dolorosos como los que han marcado a otros países. Pero el tiempo para actuar se acorta peligrosamente. Estados Unidos comenzó también normalizando señales de alarma, minimizando amenazas y creyendo que “aquí nunca pasará”. Hoy carga el peso de incontables tragedias en escuelas y universidades.
No podemos esperar a llorar muertos para reaccionar. No podemos acostumbrarnos a que niños y adolescentes practiquen cómo esconderse de un posible atacante dentro de sus aulas. No podemos aceptar que el miedo se convierta en parte normal de la experiencia educativa.
Urge reconstruir el tejido humano y espiritual de nuestra sociedad. Urge volver a enseñar el valor sagrado de la vida, el respeto al prójimo, la empatía y la fraternidad. Urge recuperar el sentido de comunidad y de responsabilidad compartida.
Porque detrás de cada amenaza hay una advertencia mucho más profunda: una sociedad que pierde sus valores termina poniendo en riesgo incluso a sus hijos. Y cuando una nación deja de proteger el corazón de sus jóvenes, comienza también a poner en peligro su propio futuro.
















