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Viernes, 16 Octubre 2026
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América ante el Centenario del DOMUND

By Pbro. Jafet Peytrequín Ugalde Director Nacional de Obras Misionales Pontificias de Costa Rica Coordinador Continental de Directores Nacionales de OMP de América. Octubre 16, 2026

La celebración de los cien años de la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND) representa para la Iglesia en América una oportunidad privilegiada para renovar su identidad misionera, fortalecer la comunión y responder con esperanza a los desafíos de nuestro tiempo.

En 1926, el papa Pío XI instituyó la Jornada Mundial de las Misiones con el propósito de despertar en todos los bautizados la conciencia de su responsabilidad en el anuncio universal del Evangelio. Cien años después, aquella intuición conserva toda su actualidad y nos invita a mirar con gratitud el camino recorrido, pero, sobre todo, a preguntarnos qué espera el Señor de la Iglesia en este momento de la historia.

El centenario del DOMUND no puede limitarse a una conmemoración histórica. Debe convertirse en una oportunidad para revisar nuestras prioridades pastorales, renovar nuestro entusiasmo evangelizador y fortalecer el compromiso de nuestras comunidades con la misión universal.

El papa León XIV ha querido iluminar esta celebración con un lema profundamente significativo: «Uno en Cristo, unidos en la misión». Estas palabras nos recuerdan que la auténtica misión nace de nuestra unión con Jesucristo y se realiza en comunión con toda la Iglesia.

Desde esta perspectiva, podríamos identificar cinco grandes desafíos que interpelan particularmente a la Iglesia en el continente americano.

1. Recuperar la centralidad de Jesucristo

América posee una extraordinaria riqueza espiritual. La fe cristiana ha marcado profundamente nuestra historia, nuestras culturas y nuestras tradiciones. La religiosidad popular, la devoción mariana y el testimonio de innumerables comunidades constituyen un patrimonio de incalculable valor.

Sin embargo, también debemos reconocer que la transmisión de la fe atraviesa profundas transformaciones. Muchas personas han recibido el bautismo y conservan alguna vinculación cultural con el cristianismo, pero no siempre han experimentado un encuentro personal con Jesucristo capaz de transformar sus vidas.

En su intervención ante el Dicasterio para la Evangelización, el 28 de mayo de 2026, el papa León XIV insistió en la importancia de una evangelización centrada en Cristo y en el anuncio del kerigma, es decir, la proclamación del amor de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado.

Nuestro primer desafío no consiste, por tanto, en multiplicar actividades religiosas o fortalecer únicamente nuestras estructuras pastorales. Consiste en ayudar a las personas a descubrir que Jesucristo está vivo, que las ama y que su Evangelio continúa ofreciendo sentido y esperanza.

Necesitamos pasar de una pastoral dedicada principalmente a conservar la fe recibida a una pastoral decididamente misionera, capaz de anunciarla nuevamente con alegría y convicción.

2. Construir comunión en un continente dividido

Uno de los aspectos más significativos del mensaje del papa León XIV para el DOMUND 2026 es su insistencia en la unidad y la comunión como condiciones indispensables para la misión.

Esta llamada adquiere particular relevancia en nuestro continente, donde encontramos realidades marcadas por las desigualdades sociales, la violencia, las migraciones forzadas, las tensiones políticas y la fragmentación de muchas relaciones humanas.

Ante estas situaciones, la Iglesia está llamada a ser un signo visible de reconciliación, fraternidad y esperanza. Su misión no puede reducirse a denunciar las divisiones del mundo; debe contribuir activamente a superarlas mediante el testimonio del Evangelio.

Sin embargo, esta comunión debe comenzar dentro de nuestras propias comunidades eclesiales. No podemos anunciar convincentemente un Evangelio de fraternidad si nosotros mismos no somos capaces de vivir como hermanos.

Por eso, el camino de la sinodalidad constituye una oportunidad extraordinaria para renovar nuestra manera de ser Iglesia. La sinodalidad no debe quedarse en un concepto o en una metodología de reuniones, sino convertirse en un estilo de vida eclesial donde obispos, sacerdotes, consagrados y laicos se reconozcan corresponsables de una misma misión.

Una Iglesia verdaderamente misionera es también una Iglesia que escucha, dialoga, discierne y camina unida.

3. Anunciar el Evangelio a las nuevas generaciones

Otro desafío fundamental consiste en encontrar caminos renovados para anunciar el Evangelio a los jóvenes y dialogar con las nuevas realidades culturales.

Vivimos en una sociedad que experimenta transformaciones aceleradas. El mundo digital, las redes sociales, las nuevas formas de comunicación y los cambios en la manera de comprender la vida plantean interrogantes importantes para la evangelización.

No podemos pretender responder a estas realidades utilizando exclusivamente los mismos lenguajes y métodos pastorales del pasado.

El papa León XIV nos ha invitado a reconocer que, incluso en medio de estos cambios, continúa existiendo una profunda búsqueda de sentido y espiritualidad, especialmente entre las nuevas generaciones.

Por ello, nuestra actitud ante los jóvenes no puede ser simplemente de preocupación por su alejamiento de determinadas prácticas religiosas. Debe ser, ante todo, una actitud de escucha, cercanía y confianza.

Necesitamos comunidades capaces de acoger sus inquietudes, acompañar sus procesos personales y ofrecerles experiencias auténticas de encuentro con Jesucristo.

Pero también debemos reconocer algo esencial: los jóvenes no son solamente destinatarios de la evangelización; son protagonistas y auténticos sujetos de la misión.

El futuro misionero de América dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para despertar en ellos la alegría de compartir la fe.

4. Hacer creíble el Evangelio mediante el testimonio del amor

Nuestro continente presenta enormes contrastes. Junto a importantes posibilidades de desarrollo encontramos comunidades golpeadas por la pobreza, poblaciones indígenas que buscan el reconocimiento pleno de su dignidad y sus culturas, migrantes que atraviesan situaciones de gran vulnerabilidad y familias que experimentan profundas dificultades.

Estas realidades no pueden resultar indiferentes para una Iglesia que anuncia el Evangelio de Jesucristo.

El magisterio del papa León XIV nos recuerda que la misión no consiste solamente en comunicar unas verdades doctrinales, sino también en hacer visible, mediante nuestras palabras y nuestras acciones, el amor misericordioso de Dios.

La evangelización necesita un rostro humano, cercano y solidario.

Esto no significa sustituir el anuncio de Jesucristo por una acción exclusivamente social. Significa comprender que el anuncio del Evangelio y el testimonio de la caridad son dimensiones inseparables de una misma misión.

La Iglesia está llamada a anunciar a Cristo, pero también a reconocer su presencia en el rostro de quienes sufren, de quienes han sido olvidados y de quienes esperan una palabra de consuelo y esperanza.

El Evangelio resulta verdaderamente creíble cuando el amor que proclamamos se transforma en gestos concretos de cercanía, justicia, solidaridad y misericordia.

5. Recuperar la dimensión universal de la misión

Finalmente, el centenario del DOMUND nos plantea un desafío particularmente importante: renovar nuestra conciencia de pertenecer a una Iglesia universal.

Durante mucho tiempo, en algunos ambientes eclesiales de América se entendió la misión como una actividad que se desarrollaba principalmente en territorios lejanos, especialmente en África, Asia u otras regiones donde el Evangelio todavía no había sido suficientemente anunciado.

Hoy debemos comprender que la misión pertenece a la identidad misma de toda la Iglesia y que todos los bautizados somos corresponsables de ella.

En su encuentro con los Directores Nacionales de las Obras Misionales Pontificias, el 1.º de junio de 2026, el papa León XIV recordó la importancia de mantener viva la cooperación misionera universal y de fortalecer los vínculos de solidaridad entre las Iglesias particulares.

Esto significa que nuestras parroquias, diócesis y comunidades no pueden encerrarse exclusivamente en sus propias necesidades. Formamos parte de una Iglesia mucho más grande, cuya misión nos compromete a todos.

En este contexto, las Obras Misionales Pontificias desempeñan una tarea fundamental, promoviendo la oración, la formación, la animación y la cooperación económica en favor de la evangelización universal.

A través del Fondo Universal de Solidaridad, la generosidad de innumerables fieles contribuye al sostenimiento de comunidades eclesiales, a la formación de agentes evangelizadores y al desarrollo de la misión en territorios especialmente necesitados.

El propio papa León XIV ha ofrecido un testimonio particularmente significativo de esta realidad. En su videomensaje del 7 de octubre de 2026, recordó con gratitud cómo las oraciones y aportaciones de los fieles sostuvieron también su experiencia misionera en el Perú.

Este testimonio tiene un valor especial para nuestro continente. Contamos con un Papa que conoce personalmente la realidad latinoamericana y que ha experimentado, desde la cercanía con las comunidades, el valor de la solidaridad misionera.

El DOMUND es, precisamente, una expresión privilegiada de esta comunión universal. Nos recuerda que ninguna comunidad cristiana es tan pobre que no pueda compartir algo y ninguna es tan rica que no necesite de las demás.

Un centenario para renovar nuestra esperanza

Al celebrar los cien años de la Jornada Mundial de las Misiones, debemos reconocer con gratitud que América continúa siendo un continente de extraordinaria riqueza espiritual, donde innumerables hombres y mujeres viven generosamente su compromiso con Jesucristo y su Iglesia.

No nos faltan testimonios de santidad, iniciativas evangelizadoras, comunidades comprometidas ni personas dispuestas a entregar su vida por el Evangelio.

Nuestro gran desafío es despertar nuevamente esa conciencia misionera, superar la tentación de encerrarnos en nuestras propias necesidades y comprender que la fe se fortalece cuando se comparte.

El centenario del DOMUND debe ayudarnos a recuperar una certeza fundamental: la misión no es una actividad más de la Iglesia; la misión pertenece a su propia identidad.

América está llamada no solamente a conservar la fe que recibió, sino también a convertirse cada vez más en una Iglesia que comparte esa fe, que sale al encuentro de los demás y que ofrece al mundo la esperanza de Jesucristo.

En sintonía con el llamado del papa León XIV, estamos invitados a renovar nuestra unidad en Cristo para caminar juntos en la misión.

Quizá esta sea la mejor manera de comprender el significado profundo de este centenario: pasar de una Iglesia que espera a una Iglesia que sale; de una Iglesia que conserva a una Iglesia que comparte; y de comunidades preocupadas solamente por sí mismas a comunidades que sienten como propia la misión universal.

Porque el mejor homenaje que podemos ofrecer a estos cien años de historia misionera no consiste únicamente en recordar el pasado, sino en asumir con renovada esperanza la responsabilidad de anunciar a Jesucristo a las mujeres y los hombres de nuestro tiempo.

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