

Hacer de la iglesia un lugar seguro es responsabilidad de todos. De los obispos, párrocos, religiosos, religiosas, agentes de pastoral, laicos… No se trata sólo de evitar que se cometan abusos, sino de crear espacios donde tanto niños como adultos se sientan protegidos.
La prevención y la tolerancia cero no puede quedarse solo en discursos, en una prédica que se la lleva el viento. Deben implementarse medidas concretas, visibles, medibles, accesibles y sostenidas en el tiempo.