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Monseñor José Francisco Ulloa: 80 años de vida

By Bernal Martínez Gutiérrez Octubre 25, 2020

 

El próximo 1 de octubre, celebrará sus 80 años de vida Monseñor José Francisco Ulloa Rojas, Obispo Emérito de Cartago; un momento propicio para hacer repaso de su vida, misma que ha transitado, según confiesa él, entre luces y sombras, pero siempre asistido por la Divina Providencia. Es por esta razón que lo visitamos en su casa de habitación, en San Blas de Cartago, con el fin de realizar esta entrevista.

 

Llega usted a sus dorados 80 años de vida, con salud envidiable, y una lucidez que ya quisieran ostentar muchos jóvenes: ¿qué pensamientos pasan por su mente al saberse octogenario, con el vigor de un joven?

El primer pensamiento que pasa por mi mente al cumplir 80 años, es que el Señor me ha llevado tan rápido en esta vida, que no he sentido pasar los años. Posiblemente, por las diversas y variadas oportunidades que se me han presentado durante mi caminar durante ocho décadas, y de las que he disfrutado intensamente. Un segundo sentimiento es de gratitud al Señor y a la Virgen María por tantas cosas lindas que he vivido a lo largo de mi existencia, y que he saboreado con mucha alegría. Otro sentimiento que me llena es de asombro por las sorpresas que Dios me ha ido presentando en la vida, al llamarme como instrumento suyo al servicio de los demás, a pesar de mis debilidades y limitaciones.

  

Monseñor; Padre Ulloa, o simplemente “Pancho”: ¿cómo se siente más cómodo?

Personalmente me siento con más confianza y más cercano a la gente, a mis amigos, y a los sacerdotes cuando me llaman “Padre Ulloa”, o Pancho, como me han llamado mis parientes, mi mamá y mis hermanos y hasta Panchito. Algunos compañeros o contemporáneos del proceso formativo del Seminario, me llaman aún por el apodo con que me conocieron: “Tique”. Pero puede seguirme llamando Padre Ulloa, Pancho, o incluso “Monse”.

 

¿Cómo nació su vocación sacerdotal… cuándo percibió ese primer aviso del Señor?

Siempre he considerado la vocación al ministerio sacerdotal como un don y misterio. En ciertas ocasiones me he preguntado ¿Por qué yo? Nunca he recibido respuesta, pues entra dentro del proyecto divino para cada uno, que es misterioso y porque surge del Amor eterno de Dios. Estudiar no estaba en mis planes, debido a las imitaciones económicas de mi familia. Fueron mis maestros de grado y de religión, que me impulsaron a seguir estudiando. Ellos fueron los instrumentos que puso el Señor en mi camino para iniciar mi vocación. La Maestra de religión me puso en contacto con el Padre José Manuel Cordero Solano, profesor del Seminario Menor, en Tres Ríos; él me llamó a una entrevista, en la que me ofreció conseguirme una beca. El mismo Padre Cordero se encargó de matricularme. Finalizada la secundaria, seguí los estudios de filosofía y teología en el Seminario Mayor.

 

Doña Berta, su santa madre, que de Dios goce, a quien parientes más cercanos solían llamar cariñosamente “Mi Mama”, fue sin duda para usted y sus hermanos José Rafael (“Chepito”) y Ana Isabel, en buena medida padre y madre, ante la temprana muerte de su papá: ¿qué sentimientos subyacen en su corazón al recordar a “Mi Mama”, a quien la Providencia les concedió tenerla entre ustedes por casi un siglo de vida?

Mi Madre, Berta Rojas Araya, era oriunda de Pacayas y casada con Francisco Antonio Ulloa Serrano, domiciliado en Cervantes de Alvarado; viuda a los 27 años, con cuatro años de casada y con tres hijos: José Francisco, de tres años, José Rafael de un año y medio y Ana Isabel, nacida a los siete meses, después de la muerte de mi papá. “Mi Mama” cargó sobre sí la misión de ser padre y madre, para sus tres hijos. Mujer sencilla, sin preparación académica, pero llena de fe y con una confianza absoluta en el Señor y en la Virgen María. Ella emprendió la tarea de darnos la mejor formación, dentro de las limitaciones y pobrezas de nuestra niñez y juventud, la que vivimos entre Cervantes de Alvarado y Cipreses de Oreamuno, comunidad en la que viven aún mis hermanos y parientes más cercanos.

 

¿Qué sacerdotes recuerda usted, moldearon de algún modo su nada fácil camino al sacerdocio, entre el Seminario Menor, y su formación en el Seminario Central?

Recuerdo con cariño y gratitud a Monseñor Alfonso Coto Monge, último Vicario Apostólico de Limón; a Monseñor Ignacio Trejos Picado, felizmente entre nosotros; al Padre Francisco Herrera, rector del Seminario Menor cuando yo ingresé, y al Padre Carlos Joaquín Alfaro Odio, con quien además compartí años más tarde como formador. Justamente fui yo, siendo rector, quien pidió a Monseñor Román Arrieta Villalobos, que llamara al Padre Alfaro Odio como formador al Seminario Central. Recuerdo con afecto a los padres formadores de la Congregación de la Misión, mejor conocidos como los “padres paulinos”; especialmente a los Padres Guillermo Hennickem, y Juan Hotze; este último  fue mi director espiritual, un sacerdote lleno de bondad que me guió como un verdadero padre.

 

Bien sabe usted que una entrevista como ésta, no puede siquiera condensar en pocas líneas un itinerario biográfico tan extenso como el suyo. ¿Cómo resume pues tantos lustros de servicio a la Iglesia?

El camino de 56 años de ministerio sacerdotal ha tenido diversas facetas. Por este motivo, divido el ejercicio de mi ministerio sacerdotal en cuatro fases. La primera fase implica la experiencia internacional. Estando de vicario parroquial en la parroquia de la Soledad en San José, me llamó el Arzobispo Rodríguez Quirós y me anunció que iría a Roma a realizar estudios de Pastoral. Y así fue. Experiencia de gran riqueza por el momento de crisis postconciliar. Al finalizar ese período de estudios, me solicitaron por recomendación del Arzobispo, participar  como misionero en El Movimiento por un Mundo Mejor, dirigido por el padre Ricardo Lombardi, que tenía como objetivo promover el conocimiento de los documentos aprobados por el Concilio Vaticano II y la búsqueda de  la renovación y los cambios conciliares en la Iglesia que  estaba impulsando el Papa San Pablo VI. Colaboré en ese movimiento durante 5 años. Con este bagaje de renovación conciliar, llegué a formar los futuros sacerdotes de Costa Rica. Aquí comienza mi segunda fase por 20 años, como formador y Rector del Seminario Nacional.

 

Su paso por el Seminario Central, como docente y formador, lo mismo que en calidad de Rector, debió significar una experiencia trascendental en su vida de servicio eclesial: ¿qué representó para el entonces Padre Ulloa, la responsabilidad de estar al frente de la principal casa de formación sacerdotal?

Ser formador de un seminario postconciliar no era fácil. Me integré al Equipo Formador con tres compañeros para atender en un principio 140 seminaristas, más los seminaristas  religiosos que hacían sus estudios académicos con nosotros. El Padre Coto Monge, Rector, el Padre Barquero Arce, Director espiritual, el Padre Jesús Simón, sacerdote español prestado por la Diócesis de Burgos, España, profesor de Sagrada Escritura y colaborador en el acompañamiento espiritual, y este servidor. Así pasaron veinte años como formador y Rector.

 

Monseñor, a finales de 1994 es nombrado primer Obispo de Limón: ¿Cómo recibe la noticia de que el papa Juan Pablo II le pedía ese servicio para la Iglesia, el que Usted asumió a partir de febrero de 1995?

La tercera fase de mi ministerio fue la experiencia como cura párroco del Santuario Nacional de Nuestra Señora de Los Ángeles. Cuando me hallaba en el momento más realizado como Párroco y Rector del Santuario, cumpliendo apenas tres años, me llegó en forma inesperada y sorpresiva el nombramiento por el Papa Juan Pablo II, como el primer Obispo de la Diócesis de Limón, para sustituir al último Vicario Apostólico Monseñor Alfonso Coto Monge. Comienza mi cuarta fase de ministerio como Obispo. Al conocer esta noticia me turbé, y me desconcertó por tres razones: nunca me había pasado por la mente el ser Obispo, en segundo lugar estaba apenas finalizando el tercer año como Párroco, realizando lo que con mi experiencia pastoral anterior había acumulado y procuraba ponerlo en práctica y el tercer motivo eran mis limitaciones para ese ministerio de tanta responsabilidad. Sin embargo, en mi ordenación sacerdotal, prometí al Señor servir como la Virgen María, y al igual que Ella con temor y temblor dije: Sí. Sabe Dios que aquella misión la asumí con obediencia y humildad.

 

¿Qué palabras tiene usted para los sacerdotes, sus colaboradores, los que vieron en Usted al pastor, al padre, más que al jefe o a su superior?

Para un Obispo la principal preocupación y cuidado son los sacerdotes, sus más cercanos colaboradores. No puede haber Obispo sin sacerdotes, ni sacerdotes sin Obispo. Son ellos los que están en la primera línea de la pastoral diocesana, en medio de la gente, mostrando a todos el camino hacia Dios. Este fue siempre mi ideal con los sacerdotes de la Diócesis de Limón y la Diócesis de Cartago. De los dos presbiterios solo guardo gratos recuerdos; ellos estarán en mi oración de todos los días.  

 

Monseñor, llegamos a la décima pregunta, cual decálogo que quiere testimoniar el largo tránsito de su vida, y deseo finalizar con una inquietud: ¿cómo es la vida de un obispo emérito?

Respondo desde mi experiencia de tres años como Obispo emérito de Cartago; debo decir que al principio se siente un vacío en la actividad que uno ha realizado. Se hace necesario buscar llenar la agenda con aquello que tal vez se quiso hacer, pero que no se hizo debido a un ministerio episcopal tan activo: prolongar la oración matutina y vespertina, celebrar la Eucaristía todos los días, leer algunos libros para profundizar algunos temas, desempolvar alguna música que a uno le gustaría escuchar y saborear con calma, y tomar contacto con personas amigas, además de algunos sacerdotes, y colaborar en lo pastoral con el obispo diocesano. Así me fui acomodando hasta encontrar la forma de aprovechar el tiempo. Sigo muy de cerca la ruta renovadora del Papa Francisco. Así es mi vida como Obispo emérito, la que trato de vivir con alegría y mucho optimismo. Esta es la quinta fase de mi vida sacerdotal; la sexta fase tengo la certeza de vivirla plena y felizmente junto al Buen Pastor, que me llamó servirlo en su Iglesia, y junto a mi Madre del cielo la Virgen María, la Negrita de Los Ángeles.

Last modified on Domingo, 25 Octubre 2020 11:27

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