Cada 29 de junio, los creyentes contemplamos y veneramos a dos grandes apóstoles del Señor, auténticos pilares de la Iglesia: San Pedro y San Pablo, y junto a ellos, pedimos a Dios por el Papa, “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (LG,23).
Este día, los obispos del país acostumbran concelebrar una Misa Solemne junto al Nuncio Apostólico, como representante del Papa, en la que se proclama la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles, donde se narra la experiencia de Pedro, a quien un ángel libera de la prisión. En ella, el propio Pedro dice: “Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaban hacerme los judíos”.
Se trata, como explica el portal Vatican News, de una experiencia que hay que leer y comprender a la luz de lo que la comunidad cristiana hace por Pedro: “Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él”. En este sentido, la “liberación”, por tanto, está estrechamente relacionada con la oración de intercesión que la comunidad dirige a Dios.
“Esto nos recuerda que no nos salvamos solos, sino que Dios entra en la historia de cada uno de nosotros también gracias a las oraciones que llegan hasta Él, es decir, gracias a quienes están a nuestro lado y rezan por nosotros”.
Quizá también, como Pedro, prosigue el texto vaticano, estamos encadenados a nuestros miedos, nuestras fatigas y fragilidades; atrapados por nuestros sentimientos de culpa o por el pensamiento de que nada cambiará. Y, sin embargo, a cada instante llega hasta Dios una oración por nuestra liberación; continuamente, sin que lo sepamos, alguien está rezando por nosotros, y quien reza probablemente no sabe a quién favorecerá su oración.
“He combatido la buena batalla”
La segunda lectura de este día nos presenta la figura del apóstol Pablo que confía al discípulo Timoteo su experiencia: “He combatido la buena batalla, he terminado la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel día me entregará el Señor…”.
Y concluye: “El Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas… fui librado… y el Señor me librará… y me salvará llevándome a su reino celestial”.
De este modo, también Pablo, como Pedro, experimentó la liberación. Sintió lo cerca que está el Señor y cuánta fuerza da a quien confía en Él.
“Con estas breves palabras, el testimonio de Pablo nos incita a reavivar en nosotros el don de la fe, la certeza de que no estamos solos en el camino, sino que Dios está con nosotros y nos acompaña, por senderos a menudo escondidos, hacia el cielo, nuestra verdadera patria”, concluye el artículo citado.
“Tú eres el Cristo”
Por último, el texto del Evangelio de este día presenta el primado de Pedro, es decir, el papel especial que el Señor mismo le confía. Y lo hace a partir de una pregunta: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”. Una cuestión de fe. Jesús no se conforma con ser un nombre entre otros muchos. En el fondo, el Señor desea conducirnos fuera de las fórmulas que tratan de reducir -y, a veces, de manipular- a Dios, de colocarlo a nuestro nivel.
Jesús no es un salvador como otros. Será Pedro quien revele la identidad de Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. Y Jesús responderá: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Notemos que Jesús no espera a que Pedro sea perfecto; de todas formas, nunca lo será.
Jesús confía a la frágil vida de Pedro la tarea de ser custodio, de ser el primero en la caridad. Si luego lo reniega y lo abandona, paciencia… Pedro será capaz de reconocer su error, estará dispuesto a cruzar su mirada con la de Jesús, será capaz de seguir de nuevo al Señor y, por Él y con Él, continuará echando las redes de su vida (cfr. Mc 1,14ss; Jn 21).
El Señor Jesús sabe que ha llamado a un hombre, a un pescador, no a un ángel. Y Pedro comprende, y comprenderá cada vez más, que solamente en Jesús y con Él podrá llevar a cabo la tarea que le ha sido confiada.
De este modo, Pedro, aparentemente débil, morirá en Roma por el Señor Jesús. Y también Pablo, el perseguidor, morirá por Aquel que murió por Él. Pedro murió en el circo de Nerón y fue enterrado en la colina del Vaticano; Pablo, en la Vía Ostiense.
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