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Domingo, 26 Abril 2026
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La coronación de la Virgen: un gesto simbólico de devoción y amor

By Mons. Javier Román Arias, obispo de Limón y Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa RIca Abril 25, 2026

Homilía en la Santa Misa por el Centenario de la Coronación Pontificia de la Imagen de Nuestra Señora de los Ángeles.

Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. 

Sábado 25 de abril, 2026.

Los saludo con alegría pascual. El Señor ha resucitado y camina con nosotros. Que el gozo, la esperanza y la paz, frutos de su triunfo sobre la muerte y el pecado, llenen nuestros corazones y nos hagan dóciles a su palabra.

Como hemos escuchado en la primera lectura, las tinieblas, signo del caos y de la muerte, nos indican la situación de opresión y también de infidelidad del pueblo de Dios. Por el contrario, la luz, signo de nueva creación y de vida, nos señala su liberación y restauración.

Estamos frente a una de las profecías más esperanzadoras del Antiguo Testamento. En un tiempo de oscuridad y opresión para Israel, Dios promete el nacimiento de un niño muy especial: el Mesías.

Esta profecía se cumple siglos después con el nacimiento de Jesús, quien vino no solo como Salvador, sino como Rey eterno y Príncipe de la Paz. El texto muestra tanto la humanidad como la divinidad de Jesús, quien vino a salvar al mundo, a reconciliar a la humanidad con el Padre celestial y a establecer un reino eterno de justicia y amor.

El Salmo 44, por su parte, nos traslada a la entronización de un nuevo rey y su matrimonio, con las maravillosas imágenes y los colores vivos de las cortes orientales.

Nuestra atención se concentra en el perfil de la reina que el poeta de la corte, autor del Salmo, presenta con gran delicadeza y sentimiento. Es significativa la insistencia con la que se exalta a la mujer: es “bellísima”, dice el versículo 14 y esta magnificencia es expresada en su vestido de novia, de perlas y brocado.
La Biblia ama la belleza como reflejo del esplendor del mismo del Creador, incluso los vestidos pueden ser signos de una luz interior resplandeciente, de ese candor del alma propio de los hijos de Dios.

Como es sabido, muchos Padres de la Iglesia han aplicado el retrato de la reina a la Santísima Virgen María, comenzando por el llamamiento inicial: “Escucha, hija, mira: inclina el oído...”, del versículo 11, que nos trae a la mente, de golpe, la escena de la Anunciación.

La segunda lectura nos habla de la clave de la vida escatológica: la resurrección de los muertos. 

San Pablo hace algunas precisiones comparativas entre Adán y Cristo, para poner de manifiesto que, si ser descendientes de Adán implica necesariamente la muerte, y especialmente la muerte como negatividad, el creer en Cristo nos introduce en la dinámica de la vida verdadera, que la podríamos expresar así: no hemos nacido para la muerte, sino para la vida.

Dios, en Cristo, nos ha revelado que su creación es tan positiva, que no caeremos nunca en la nada, aunque tengamos que pasar por la muerte; la hermana muerte, usando una frase de San Francisco de Asís, nos lleva, necesariamente, a la vida que el Creador nos regala.

Llegamos al Evangelio, que nos presenta el “Sí” de María, la respuesta más importante dada en toda la historia de la humanidad, una con la que la Madre del Señor comprometería toda su existencia.

Por eso ella es Madre de la Esperanza, dice “Sí” por confianza más que por conocimiento. Apenas podía entender lo que le había sido explicado... y, sin embargo, dice "Sí".

Su corazón está inundado por una luz especial. Aunque su querido José dude, ella vive inmersa en el misterio sin pedir pruebas, vive unida al misterio más radical que existe, que es Dios mismo. Él sabrá encontrar las soluciones a todos los problemas, pero hacía falta fe, hacía falta ese abandono total a su voluntad.
María se dejó guiar por la fe, que la llevó a creer a pesar que parecía imposible lo anunciado. El Misterio se encarnó en ella de la manera más radical que se podía imaginar. Sin certezas humanas, supo acoger confiadamente la Palabra de Dios.

Con acierto y sensibilidad litúrgica, las lecturas escogidas para esta Eucaristía nos introducen en una comprensión teológica amplia de lo que celebramos hoy. 

Hace 100 años, nuestros antepasados quisieron que un signo expresara el amor y la admiración del pueblo costarricense por nuestra Madre Santísima.

Desde inicios del Siglo 19 se comentaba en los entornos eclesiásticos, lo importante que sería gestionar la Coronación Pontificia de la Virgen de los Ángeles, el mayor honor que puede otorgar el Romano Pontífice a una imagen de la Virgen María.

Sería Monseñor Rafael Otón Castro, primer Arzobispo de San José, quien finalmente formularía la petición a la Santa Sede, en nombre del episcopado costarricense.

Escribió entonces Monseñor Castro, en referencia a la devoción hacia la Negrita:Durante casi tres siglos ha sido objeto de incesante devoción: a ella acuden los fieles todos de la República, y muchos aún de las naciones vecinas […]; y ella se ha mostrado siempre benigna en las necesidades públicas y privadas y ha derramado a manos llenas sus favores, muchos de los cuales han tenido carácter de milagros”.

La esperada respuesta llegó el 20 de octubre de 1924, con la aprobación y mandato del Papa Pío XI para que fuera “glorificada solemnemente con corona de oro esa misma preclara e insigne Imagen de la Beatísima Virgen María, Madre de Dios y Señora Nuestra, bajo el título de los Ángeles”.

El acontecimiento fue de tal trascendencia que, con fecha 25 de marzo de 1926, los obispos de entonces publicaron una Carta Pastoral conjunta en la que establecieron la fecha y demás detalles de la Coronación.

Sería el domingo 25 de abril, un día como hoy hace 100 años, que aquel anhelo se concretó en una magna celebración, a la que se movilizaron fieles de todas partes del país.

Pero la Coronación Pontificia de la Virgen de los Ángeles no es solo una formalidad o un momento histórico puntual en la vida de la Iglesia en nuestro país. Su sentido es profundo y actual 

La coronación de una imagen mariana es un gesto simbólico pleno de devoción y de amor, mediante el cual la Iglesia reconoce una verdad profundamente arraigada en la fe cristiana: María es honrada como Reina del cielo y de la tierra por su relación singular con Jesucristo.

Así lo expresa el Concilio Vaticano II cuando afirma que María fue «ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).

Su realeza no se entiende en términos de poder temporal, sino como participación en la gloria y en la misión salvadora de Cristo.

La coronación de una imagen mariana constituye, por tanto, un gesto mediante el cual la Iglesia proclama la participación de María en la realeza de su Hijo y reconoce su maternidad espiritual sobre el pueblo cristiano.

Coronar una imagen de la Virgen no significa únicamente colocar una corona material sobre una escultura o pintura. Significa, ante todo, reconocer en María el modelo de la vida cristiana y aceptar su invitación a seguir a Cristo con fidelidad.

De este modo, al contemplar la corona colocada sobre la imagen de la Virgen de los Ángeles, somos invitados a recordar aquel “Sí” que dio comienzo a todo, y que la verdadera corona es la santidad de vida y la fidelidad al Evangelio.

Sólo de este modo la devoción mariana se convierte en auténtico camino de encuentro con Cristo y de renovación de la vida cristiana.

En efecto, la memoria histórica y eclesial que celebramos con el centenario de la coronación pontificia de la Virgen de los Ángeles es una ocasión providencial para renovar la vida de fe del pueblo costarricense.

Que ese seguimiento del Señor, cuyo ejemplo nos da la Santísima Virgen María, nos ayude a restaurar en Costa Rica principios y valores que hemos perdido, comenzando por la paz, el diálogo, el encuentro y la fraternidad.

Que nos veamos y tratemos como la familia que somos, y que caminemos juntos, sin egoísmos ni indiferencias, venciendo todos los retos y obstáculos que hoy impiden a muchos de nuestros hermanos una vida en abundancia, lejos de peligros como las drogas, la delincuencia y el crimen organizado.

Bajo el amparo maternal de nuestra Madre Santísima, continuemos nuestra peregrinación en la historia, llamados a anunciar el Evangelio y a dar testimonio de la esperanza que nace de Jesucristo.

A un siglo de distancia de aquel acontecimiento, la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, madre y protectora de Costa Rica, sigue siendo presencia del amor de la Virgen María por cada uno de nosotros.

Hoy, como un tributo agradecido y respetuoso con los pastores de aquella época, me es grato anunciar la publicación de una nueva Carta Pastoral Conjunta del episcopado costarricense.

Lleva por título ese deseo que el Resucitado dirigió a sus discípulos: ¡La paz esté con ustedes!, que resuena para nosotros como un llamado urgente a reflexionar y actuar para que ese don de la paz tenga implicaciones verdaderas en la vida cotidiana de todos los costarricenses.

Los signos de muerte y violencia de los que somos testigos y víctimas, tanto en el mundo como en Costa Rica, podrían también generar entre nosotros temor e incluso un miedo paralizante.

Los inéditos escenarios a los que asistimos provocan inquietud y exigen de los cristianos un sincero discernimiento de los signos de los tiempos para iluminar la realidad y actuar desde el Evangelio.

Nuestro deseo es compartir, a través de esta Carta Pastoral, un mensaje de esperanza y unidad en el complejo contexto que nos corresponde vivir.

Que nuestra amada Negrita continúe acompañando con su cuidado el caminar de nuestra patria. A sus pies depositamos nuestras intenciones y anhelos, seguros que serán atendidos con amor maternal.

Por eso, digamos con confianza: Nuestra Señora de los Ángeles, ¡ruega por nosotros!

 

Amén.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica

 

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