Efectivamente, la Coronación Canónica resalta el carácter regio de la madre del Rey del Universo. Consiste en colocar una corona sobre una imagen de la Virgen. Tradicionalmente, se concede a imágenes marianas que por muchos años, incluso siglos, han acompañado la fe de los fieles y han servido para acercarlos a Cristo.
Cabe mencionar también que hay diferentes tipos de coronación: Pontificia (concedida por el Papa), Diocesana (dada por el Obispo) y la Litúrgica, que no requiere un permiso como tal y que puede realizarla un eclesiástico.
La Coronación expresa el profundo respeto y amor que tiene una determinada comunidad a la Madre de Dios. Por supuesto, es importante recordar que el encuentro con María Reina tiene que llevar siempre a un encuentro con el Señor.
La práctica fue instituida en el siglo XVII e incorporada en el siglo XIX a la liturgia romana. Aunque ya desde antes había fieles que, por ejemplo, se desprendían de piedras preciosas, joyas o metales que fundían para hacer una corona a la Virgen.
Las diócesis, parroquias, hermandades o grupos de fieles pueden solicitar permiso para llevar a cabo una coronación canónica de una imagen de la Virgen. Para esto únicamente se toman en cuenta algunos criterios generales, como que la devoción tenga más de 50 años y que la experiencia de fe sea vivida durante todo el año.
La solicitud debe ir acompañada de una justificación y los motivos por los cuales la imagen merece ser coronada, la historia de la devoción, celebraciones y otros detalles. Debe acompañarse con un informe del párroco y dirigirse al obispo correspondiente.
Además de la Sagrada Imagen de La Negrita, en Costa Rica también Nuestra Señora de la Limpia Concepción del Rescate de Ujarrás, “la primitiva patrona de Costa Rica”, recibió la Coronación Pontificia en 1955.
A nivel internacional, otras imágenes muy veneradas han recibido la Coronación Pontificia, como es el caso de Nuestra Señora de Guadalupe, en México; Nuestra Señora de Aparecida, en Brasil; la Salus Populi Romani (la Protectora del Pueblo Romano), en Roma; Nuestra Señora de Fátima, en Portugal; Nuestra Señora de Monserrat, en España; Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en Cuba; Nuestra Señora del Monte, en la India; o Nuestra Madre de Sheshan, en China.
Al parecer, la primera imagen de María en recibir la Coronación Pontificia fue la Madonna della Febbre (Nuestra Señora de las Fiebres) que está en la sacristía de la Basílica de San Pedro en Roma, en una ceremonia realizada el 27 de mayo de 1631, por el Papa Urbano VIII.
¿Por qué María es Reina?
Como ya se mencionó María es la Madre del Rey, por lo tanto es Reina. Tradicionalmente la madre de un rey tiene un lugar especial en la corte. De hecho en el Antiguo Testamento Salomón manda a poner un trono para su madre, Betsabé, viuda del Rey David.
Betsabé fue a presentarse al rey Salomón para hablarle de Adonías. El rey se levantó, fue a su encuentro y le hizo una inclinación. Luego se sentó en su trono, mandó poner un trono para la madre del rey, y ella se sentó a su derecha (1 Reyes 2,19).
Jesús es descendiente de la Casa de David, es decir, heredero al trono de Israel. Precisamente, el Evangelio de San Mateo empieza con: “Jesucristo, hijo de David”. Igualmente, en varias ocasiones la gente le llama: “Hijo de David”.
Cabe recordar también que se esperaba que el Mesías viniera del linaje de David. “Pondré en el trono a tu hijo, fruto de tus entrañas, y afirmaré su poder” (2 Samuel 7,12-16).
Básicamente, Jesús es el Rey de la Nueva Israel, Rey del Reino de Dios, Rey de Reyes. Y María es la Madre del Rey, la que invita a hacer lo que el Rey manda, la que nos lleva hasta Él.
El Papa Pío XII, en su Carta Encíclica Ad Caeli Reginam recuerda una oración de San Andrés de Creta que dice: “Reina de todos los hombres, porque, fiel de hecho al significado de su nombre, se encuentra por encima de todos, si sólo a Dios se exceptúa”.
También agrega que: “Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas”.
También la Carta Encíclica dice que “la Beatísima Virgen ha de ser proclamada Reina no tan sólo por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación”.















