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Crónica de los primeros años del Eco Católico

By Pbro. Miguel Picado Gatgens. / Historiador Enero 06, 2022

“El Eco Católico de Costa Rica. Semanario religioso, científico y de variedades. Precio de suscripción por un año: 4 pesos. El número suelto vale 10 centavos”. Así se lee en la portada del primer número del Eco, que vio la luz el 6 de enero de 1883. El periódico aparecía en una época turbulenta., que marcará sus primeros veinte años de existencia.

El choque frontal entre los principios liberales y los católicos, que tendrá entre sus puntos culminantes la expulsión de Mons. Thiel y la prohibición gubernamental de distribuir el Eco Católico, es la carácter fundamental de la historia de la Iglesia en Costa Rica durante el siglo XIX. Pero para atenderla bien es mejor delinear algunas notas, aunque sea rápidamente, sobre la Iglesia latinoamericana del siglo pasado, para poder ver el contexto. Sin este paso estos apuntes, que abarcarán la primera etapa del Eco (1883- 1884) no podrían ser de algún provecho.

La Iglesia latinoamericana había gozado durante la época colonial de la legislación promulgada por la Corona española, que la favorecía ampliamente al otorgarle prerrogativas para el cumplimiento de su misión espiritual. Disfrutaba de privilegios en campos como la educación y la beneficencia. El matrimonio eclesiástico era el único que tenía efectos legales y el Estado se encargaba de evitar libros que contradecían las enseñanzas de la Iglesia. 

A lo largo de los siglos coloniales se había creado una cultura impregnada, al menos en sus formas exteriores, por los valores del cristianismo. Tal civilización cristiana comenzará a resquebrajarse con la difusión en territorio americano de las ideas de ciertos pensadores, muy importantes, generalmente llamados de la Ilustración. Estos propugnaban una sociedad basada ya no en los principios sostenidos por la Iglesia, sino en valores únicamente humanos. Prescindieron poco a poco de toda fundamentación religiosa para acabar, por último, rechazando violentamente todo lo cristiano. En virtud de los principios de los filósofos ilustrados, el Estado no debía tener entre sus fines la protección de las instituciones eclesiásticas, como lo hacía antiguamente. Por el contrario, procurará desempeñar por su misión tareas que anteriormente encomendaba a la Iglesia, como la educación en general, la salud pública y otras.

A pesar de que estas tendencias se presentaron durante la colonia, sin duda es a partir de la independencia cuando comienzan a ejercer mayor presión. La independencia se había inspirado parcialmente en los principios filosóficos de la Ilustración, principios que habrían triunfado con la revolución francesa. A todo lo largo de América Latina surgen dos partidos políticos antagónicos, con motivo de la independencia y las nuevas ideas. El conservador que defendía el tipo de sociedad heredado de las colonias y el liberal, que luchaba por hacer triunfar un tipo de sociedad basado en las ideas de pensadores alejados del cristianismo. Lo que mejor diferencia a ambos partidos fue su postura ante la religión. Católicos y hasta beatos eran los conservadores, anticlericales y descreídos los liberales. Para unos, la Iglesia era la abanderada de la verdadera civilización, para otros el refugio del oscurantismo y el retroceso. 

El programa de nuestros liberales, como el de todos los liberales del mundo latino, era el separatismo. Es decir, la separación entre la Iglesia y el Estado. Que ambos dejaran de ayudarse. “Iglesia libre en Estado libre”. 

 
Mons Thiel funda el Eco

Los liberales tomaron la delantera a los católicos en la fundación de periódicos. Esto se explica presumiblemente porque provenían del mundo del comercio. Muchos ejercían profesiones como la Medicina y el Derecho. Ser liberal es estar abierto a la difusión de las ideas (de ahí la irrestricta libertad de prensa). Confiaban en que la luz de la razón, divulgada por sus periódicos, disiparía las tinieblas del error y las supersticiones del populacho. Entre las supersticiones algunos liberales contaban a la religión católica. Como es natural, se valieron de la prensa para hacer propaganda y pronto pasaron a un ataque despiadado contra el catolicismo.

Con la finalidad de pasar a la contra-ofensiva, Mons. Thiel promovió la fundación del Eco Católico. La creación de la revista el Mensajero del Clero pretendía mantener al corriente de los avances teológicos y filosóficos a los sacerdotes. Paralelamente, lo cual es muy indicativo de la estructura de la Iglesia de la época, el Eco Católico cumpliría la tarea de ilustrar la conciencia de los seglares.

Urgía un periódico exclusivamente religioso, porque hasta entonces la defensa de la Iglesia había estado en manos del Correo Español. Su director era don Ramón Contador, un español partidario a ultranza de la monarquía. Don José María Castro Madriz trata a Contador de aventurero y le achaca haber sido arrojado de varios países debido a la virulencia de su pluma. Es cierto que desde el Correo Español atacó al Dr. José M. Castro y a otros personajes de la política nacional. Pero al intervenir en cuestiones religiosas al mismo tiempo que alzaba la bandera de la religión, hizo mucho daño.

Como Mons. Thiel, antes de que se produjeran esos ataques, había recomendado públicamente la lectura del Correo Español, no era de extrañar que sobre él y sobre la Iglesia recayeran las iras de los ofendidos.

Tanto por los ataques que se hacían constantemente a la Iglesia por la prensa, como por lo peligroso de confiar la defensa a terceros, convenía poseer un periódico propio. Así nació el Eco Católico. Decía su primer editorial: “Desde hace mucho tiempo se viene palpan— do la necesidad de un periódico católico que se ocupe ex profeso de la doctrina católica, sin mezcla de cuestiones políticas y religiosas.”

 
La línea periodística del Eco

Vale la pena conocer lo sustancial de lo que viene a ser el primer editorial del Eco, pues en la mayoría de sus reapariciones se declara el prepósito de permanecer fieles a la línea que allí se propone. Nuestro periódico nació para: difundir las verdades religiosas, especialrnente las que en la actualidad son atacadas por los incrédulos, defender esas verdades mostrando el error de los adversarios, fomentar la verdadera piedad, por medio de comentarios sobre los evangelios vidas de santos, publicar noticias religiosas de todas partes del mundo, para que cada católico se sienta parte de la gran familia de Dios, participando de sus sufrimientos y triunfos, instruir al pueblo sobre sus deberes morales, por medio de historias verídicas y poesías. Salvado el énfasis puesto en la defensa de la religión católica, que dichosamente no es característico de nuestros días, puede decirse que esos objetivos se han mantenido a través de los años.

Descifrar el nombre de nuestro semanario contribuye a comprender su naturaleza. Recapitulando un año de labores, decía un editorial que: “Se ha creído obligado a no desmentir el nombre que lleva y ser verdaderamente Eco del sentimiento católico nacional, que hizo la gloria de nuestros padres y, estamos convencidos, será nuestra única salvación en épocas tan difíciles como las atravesamos, en que hay una espantosa confusión...”. La razón de ser del Eco está en la respuesta, la defensa. Es un “eco” de la tradición y de la mayoría silenciosa (valga la frase), ante las provocaciones de los adversarios de turno. La perseverancia en nombre, estilo, objetivos y hasta secciones que se constata en el Eco, hace de nuestro semanario, por encima de sus interrupciones, la publicación actual más antigua. Por esta razón le cabe con toda justicia el título de Decano de la prensa nacional.

 
Furiosos ataques contra el Eco

Retomando el hilo, si bien el Eco no deseaba envolver- se en polémicas personales, a modo de advertencia pregonaba: “Amad a los hombres, pero combatid sus errores.” Pronto se vio metido en lo más recio de la pelea. “La prensa liberal -escribe Mons. Sanabria- se dio cuenta de que otros habían venido a ocupar también su campo, y temieron por la seguridad de sus posiciones.” Efectivamente, el Eco venía a quebrar el monopolio de la prensa liberal. La furia liberal redoblaba al ver que sus más odiados enemigos, los jesuitas, colaboraban en el Eco, aunque sin intervenir en cuestiones partidistas. De la misma manera, el liberalismo centroamericano estaba sumamente alarmado por las noticias que le llegaban del resurgimiento religioso en Costa Rica, que veía especialmente sintetizado en la fundación del Eco Católico, contra el cual declamaba particularmente la prensa de Guatemala.

Nuestro Semanario recogía el guante. “El Eco Católico sigue imperturbable su camino, sin detenerse a escuchar los rugidos del fanatismo liberal.” Rechazaba las acusaciones de oscurantismo católico en un tono y lenguaje muy del tiempo: “Si los grandes campeones de la incredulidad resucitaran y vieran la raza degenerada que los representa, desearían de seguro volver mil veces a sus sepulcros antes de presenciar el éxito miserable pero natural de su propia obra.”

 
Acusado de revolucionario

No porque el Eco dejara de incursionar por los campos de la política partidista iban los liberales a brindarle su benevolencia. A propósito escribía el por entonces ya es patriado Mons. Thiel, el 26 de setiembre de l884, en un documento donde analiza las causas de su destierro. “La fundación de la revista eclesiástica (El Mensajero del Clero) y de El Eco Católico exasperaron a la prensa impía. Los liberales le atacaron con violencia al ver que el Obispo empleaba para defender los intereses religiosos las mismas armas empleadas por ellos para atacarlos.” 

Sobrevino entonces la borrasca liberal de 1884. Se dictaron leyes contra la enseñanza religiosa y las congregaciones religiosas, se expulsó al Obispo Thiel. Pero los liberales continuaron atribuyendo a los miembros del clero ambiciones políticas. Por eso, en 1890, polemizando con La República, editorializó el Eco: “Es bien pueril la idea de que el Eco Católico tratara de fundar un poder antagónico al poder civil. El Poder de la Iglesia existe: éste es un hecho innegable, como también existe el Poder civil; pero esto no quiere decir que sean antagónicos; el antagonismo lo quieren crear los enemigos de la Iglesia”.

Razones de la victoria liberal

Los liberales eran una pequeña minoría en tanto que los católicos eran una gran mayoría. A favor de la Iglesia estaba la legislación anterior a 1884, que le garantizaba derechos para el ejercicio de su misión. Pero no tuvieron fuerza, a la hora del enfrentamiento, ni la ley ni la mayoría. A ese hecho hay que buscarle explicación. Se pueden dar dos que se complementan la una a la otra. Por una parte, la pretensión de que el Estado protegiera a la Iglesia era algo anticuado ya a finales del siglo pasado. De nada valían leyes que prohibieran la celebración pública del culto protestante, por ejemplo, o la lectura de determinados libros. Empeñarse en defender esos privilegios, que se estaban volviendo odiosos, solamente males podía acarrear a la religión católica, pero no se tuvo la serenidad de espíritu para admitirlo. Se optó por defender los viejos privilegios, lo cual es humanamente muy comprensible, pero de consecuencias fatalmente negativas. Prestemos una vez más atención al editorialista del Eco, para captar la manera de ver las cosas de los eclesiásticos de entonces: “El cristianismo no ha necesitado nunca, para imponerse, de la fuerza de las espada y de las bayonetas; para esto le ha bastado su propia virtud. Pero una vez aceptado, sus leyes obligan a los fieles, como toda ley civil que reúne las condiciones de tal, obliga a todos los ciudadanos de una nación.” Obsérvese que la argumentación no tomaba en cuenta que comenzaba a existir en Costa Rica la pluralidad religiosa y a libertad de pensamiento. Era del todo inadecuado tratar de imponer desde la ley una uniformidad que ya no se daba en la realidad. Hasta aquí la primera explicación. Pero hay que completarla con la segunda. Preguntémonos quiénes eran los enemigos de la Iglesia. Los liberales concentraban en su poder los contactos financieros internacionales, la prensa, el comercio al por mayor, por los partidos políticos. Formaban, como se ve, lo que se suele denominar como clase burguesa. Provista de semejante conjunto de fuerzas, esta clase pudo triunfar sin gran dificultad de un adversario, la Iglesia, que en la práctica resultó débil. Hay que añadir que el interés de los liberales por dictar a la Iglesia las condiciones dentro de las cuales se le permitiría subsistir, es una medida de previsión para beneficio de la misma burguesía. Se trataba de quitarle al pueblo un factor de unión y de organización social y política que, potencialmente, podía ser una seria amenaza para sus intereses. 

Se prohíbe la circulación del Eco

Así se puede comprender la inquina liberal contra la religión católica, que produjo, además de las leyes y hecho de 1884, que cercenaron la libertad de la Iglesia, la primera interrupción de nuestro semanario. Los hechos ocurrieron de esta manera: El padre Antonio del Carmen Zamora era el Vicario General, es decir, la persona a quien Mons. Thiel dejaba el gobierno eclesiástico en su ausencia. El padre Zamora fue encarcelado por el gobierno el 2 de agosto de 1884. Una vez libre suspendió la publicación del Eco Católico, cuyos dos últimos números no había dejado circular el gobierno. A modo de explicación dijo: “Nada puedo hacer, tanto por la prohibición como porque se calmen los odios que tienen a todo esto”.

(Crónica publicada originalmente en la celebración de los 125 años del Eco Católico, en el año 2008)

Last modified on Martes, 11 Enero 2022 10:40

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