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Martes, 09 Junio 2026
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¿Cómo ayudar a los jóvenes rebeldes?

By Mons. Vittorino Girardi S. Junio 08, 2026

“Aquí me tiene Monseñor, con otra pregunta, que a la vez es una inquietud. Constato que hay niños que desde la primera infancia viven en un ambiente de rechazo, de falta de amor, y que inclusive crecen en el desprecio y en el odio de los demás. Terminan creciendo con rencor y tristeza y afirman que no creen en Dios, uniéndose con compañeros que piensan y viven de la misma manera. Forman así pandillas de rebeldes. Monseñor, ¿cómo se puede ayudar a estas personas y cómo podrán tener parte en la misericordia de Dios? Siempre muy agradecido”.

Pablo Damián Ávila – San Pedro de Poás.

 

Estimado Pablo Damián: su comentario me trajo a la memoria la oración que el Ángel le enseñó a los tres pastorcitos de Fátima y que se ha ido difundiendo en toda la Iglesia.

Usted mismo la conoce. “Oh, Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno. Lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia”.

A su vez, esta súplica que nos llega del cielo, nos hace recordar las palabras de Jesús y que hacen parte de su oración sacerdotal, con que se concluye la última cena del Jueves Santo. Jesús se dirige a Dios y le pide: “Padre, quiero que los que me has dado, estén conmigo ahí en donde yo esté” (Jn 17, 24).

Jesucristo, nuestro Salvador, nos quiere a todos con Él, en la bienaventurada Patria Eterna. Se lo prometió también al ladrón de la derecha, quien arrepentido, le pide: “acuérdate de mi cuando estés en tu Reino. Te lo digo con toda verdad -le respondió Jesús- hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 22, 42-43).

San Pablo quiso ser, precisamente, mensajero de la voluntad salvífica universal de Dios. Escribiendo a su amado discípulo y colaborador Timoteo, le dice: “esto es hermoso y grato a los ojos de Dios, nuestro salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).

No hay que dudar, pues, de la voluntad salvífica universal de Dios, ni de su infinita misericordia, sin embargo, a la vez, hay que tener siempre presente lo que bien ha afirmado San Agustín: “Aquel que te creó sin ti, no puede salvarte sin ti”. Se trata de la verdad que nos sugiere la parábola del hijo pródigo o, más bien, del padre misericordioso, que leemos en el capítulo 15 del Evangelio según San Lucas. El padre, todo bondad, esperaba a que el hijo volviera y ya había programado para él una gran fiesta, pero sólo cuando el hijo decide y vuelve a casa, pudo tomar lugar la fiesta preparada por el padre (cfr. Lc 15, 11-31).

Dios nos ama infinitamente y la forma más patente y elevada de amar es el respeto y Dios mismo, misericordioso, respeta y acepta nuestra decisión. Él llama insistentemente a la puerta, pero Él no la abre, espera que desde dentro seamos nosotros quienes se la abren (cfr. Ap 3, 19-20). Ahora bien, el “respeto” no es indiferencia ni abandono… Los muchachos y jóvenes de quienes usted, Pablo Damián, nos habla, son amados por Dios, y Jesús afirmó que ese amor conlleva que “el Padre siempre trabaje y Jesús con Él” (Jn 5, 17).

Con esa consoladora afirmación, Jesús quiere dejarnos en claro que el “trabajo” de Dios consiste en su actividad providencial y salvífica en favor de todos nosotros. Y Jesús añade que Él comparte la actividad salvífica de su Padre Dios.

Brevemente: Dios no abandona a nadie y nos alcanza, con su Gracia, allá en donde cada uno se encuentra. Él mismo nos habla ante todo con la voz de la conciencia. Es una verdad que es evidenciada con toda claridad por el Concilio Vaticano II (1962-1965). Leemos en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (Gozos y esperanzas): “El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana. El ser humano descubre la existencia de esa ley y que él no se la dicta a sí mismo y cuya voz resuena cuando es necesario, en los oídos de su corazón (GS 16).

Estimado Pablo Damián, siempre que alguien actúe de modo que no corresponda a nuestro bien, aunque en el ambiente en que podemos encontrarnos se afirme lo contrario, la conciencia que expresa la voz de Dios, nos avisa de lo que es nuestro verdadero bien.

Vuelve la pregunta: ¿Y qué hacer cuando, en torno nuestro, constatamos que se está actuando en abierta disconformidad con la voz de la conciencia? Más que dedicarnos a formular juicios negativos de los demás, impulsados positivamente por ese ambiente negativo, estamos llamados a renovar nuestra firme decisión de vivir con coherencia y fidelidad, con humildad, sin pretender “cambiar” a los demás; pero siempre con el sincero compromiso de ofrecer, con respeto, la ayuda del buen ejemplo, servicial, humilde, propio de quien no se cree mejor, sino, afortunado.

Me resuenan dentro unas palabras dirigidas por San Pablo VI a los jóvenes: “Aprovechen de esas energías que gastan criticando a los mayores y a los demás, y utilícenlas para vivir con coherencia. Los demás no piden críticas, sino, amor y a jóvenes que vivan con coherencia”.

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