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Jueves, 12 Febrero 2026
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¿Cómo realmente confiar y abandonarme en Dios?

By Mons. Vittorino Girardi S. Febrero 12, 2026

“Monseñor, los lectores le hacen preguntas acerca de nuestra doctrina cristiana. Pero mi pregunta es distinta. ¿Cómo hace uno para confiar y abandonarse plenamente en las manos de Dios? Hay situaciones tan duras y momentos tan dolorosos, Monseñor. Mucho le agradezco lo que quiera decirme”.

Patricia Alfaro M. - Ipís

 Estimada Patricia: toca usted el tema central, por excelencia, de nuestro vivir humano. Frente a constantes mensajes de supuesta felicidad, que el mundo nos envía, vivimos el duro contraste del sufrimiento que sigue acompañándonos.

Se ha afirmado y escrito repetidamente que, de todos los vivientes de este nuestro Planeta, ninguna especie sufre tanto como el ser humano y que ningún ser vivo hace sufrir a los de su especie, como nosotros hacemos sufrir a los de la nuestra… Sólo los hombres tienen armas de destrucción masiva, sólo nosotros hemos introducido la supresión de los no nacidos y de los ancianos muy enfermos, llamando su final, eutanasia, es decir, “dulce muerte”.

¿Cómo reaccionar frente a tan dura y muy dolorosa realidad?

Espontáneamente, estimada Patricia, me vino a la memoria el mensaje que los Padres del Concilio Vaticano II, hace precisamente 60 años, enviaron A los pobres, a los enfermos, a todos los que sufren: “Para todos ustedes, hermanos que sufren, visitados por el dolor en sus mil modos, el Concilio tiene un mensaje muy especial. Siente fijos sobre Él, sus ojos implorantes, brillantes por la fiebre o abatidos por la fatiga, miradas interrogadoras que buscan en vano el porqué del sufrimiento humano y que preguntan ansiosamente cuándo y de dónde vendrá el consuelo.

Hermanos muy queridos, sentimos profundamente resonar en nuestros corazones de padres y pastores sus gemidos y lamentos. Y nuestra pena aumenta al pensar que no está en nuestro poder el concederles la salud corporal, ni tampoco la disminución de sus dolores físicos, que médicos, enfermeros y todos los que se consagran a los enfermos se esfuerzan en aliviar lo más posible.

Sin embargo, tenemos una cosa más profunda y más preciosa que ofrecerles, la única verdad capaz de responder al misterio del sufrimiento el de darles un alivio sin engaños: la fe y la unión al Varón de dolores, a Cristo, Hijo de Dios, crucificado por nuestros pecados y por nuestra salvación.

Cristo no suprimió el sufrimiento y tampoco ha querido desvelar enteramente su misterio: Él lo tomó sobre sí, y eso es bastante para que nosotros comprendamos todo su valor.

¡Oh ustedes que sienten más pesadamente el peso de la cruz! Ustedes que son pobres y desamparados, los que lloran, los que están perseguidos por la justicia, ustedes sobre los que se callan, ustedes los desconocidos del dolor, tengan ánimo; son ustedes los preferidos del Reino de Dios, Reino de la Esperanza, de la Bondad y de la Vida; son ustedes los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si quieren, salvan al mundo.

He aquí la ciencia cristiana del dolor, la única que da la paz. Sepan que no están solos, ni separados, ni abandonados, ni inútiles: son los llamados por Cristo, su viva y transparente imagen. En su nombre, el Concilio, los saluda con amor, les da las gracias, les asegura la amistad y la asistencia de la Iglesia y los bendice”.

¡Ánimo, Patricia! También Jesús en la cruz, experimentó todo el profundo misterio del dolor, y dolor inocente y dejó salir de su corazón: ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? (Mt 27, 46). Y sin embargo, a la vez, “con voz fuerte, exclamó: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc, 23, 46).

Tampoco olvidamos que a los pies de la cruz, estaba su Madre, a la que una espada le estaba atravesando el corazón (cfr. Lc 2, 35).

Es para todos nosotros, de enorme consuelo, saber y creer que en ningún momento estamos solos: en Jesús y en María encontramos lo que más necesitamos para poder afirmar, con San Pablo, y de un modo que pareciera imposible: “sobreabundo de gozo en mis tribulaciones” (2, Co 7, 4).

¡Con su gracia, se hace posible lo imposible!

Cristo no suprimió el sufrimiento y tampoco ha querido desvelar enteramente su misterio: Él lo tomó sobre sí, y eso es bastante para que nosotros comprendamos todo su valor.

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