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Miércoles, 21 Abril 2021
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Por primera vez Costa Rica tuvo tres Obispos, quienes en unidad animaron el camino pastoral de la Iglesia.

Bien podemos decir que el primer fruto de la comunión de los Obispos de Costa Rica fue la ordenación episcopal de Mons. Agustín Blessing Prinsinger C.M. (1922-1934), el 1° de mayo de 1922 en la Catedral Metropolitana de San José, pues lo ordenaron tres Obispos costarricenses: el Arzobispo Metropolitano, Mons. Rafael Otón Castro Jiménez (1921-1939) como consagrante principal, y con él, el Obispo de Alajuela, Mons. Antonio del Carmen Monestel Zamora (1921-1937), y Mons. Guillermo Rojas Arrieta C.M. (1912-1925/1925-1933), costarricense, vicentino, lazarista paulino, de la Misión, Obispo de Panamá y, luego, desde 1925, primer Arzobispo Metropolitano de Panamá.

Hoy martes 2 de febrero, la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación del Señor, un momento importante en el que tiene lugar la Jornada Mundial de la Vida Consagrada y la tradicional celebración de La Candelaria.

A propósito de ello, Monseñor Bartolomé Buigues, Obispo de Alajuela y Presidente de la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Costa Rica dedica un mensaje, a tono con el lema de la Jornada: “La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido”

San Charbel vivió bajo un itinerario ascético, tanto corporal como espiritual, acorde a las reglas y normas de la Orden Libanesa Maronita. El llamado “amigo de Dios”, solía trabajar en el campo exhaustivas horas labrando la tierra y cultivando la viña; dormía solamente seis horas, aunque su corazón se mantenía siempre despierto repitiendo sin cesar: “En tus manos entrego mi espíritu”. La oración poseía la vida del anacoreta, pues tenía muy claro que la fe se presenta como un acto de confianza motivada por la autoridad divina. 

Mi último año de seminario no fue fuera del seminario, todo lo contrario, se desarrolló en lo más profundo de su corazón, en el seno de la Iglesia, en la incertidumbre y angustia del pueblo y en la fe que ha acompañado cada uno de los momentos difíciles de este complicado e histórico año 2020.

Muchas veces en la experiencia pastoral en las parroquias o en conversaciones con algunas personas que querían saber acerca del seminario brotaba la pregunta: ¿Qué es un seminarista? A manera de chiste, como para romper el hielo, yo respondía: pues es alguien que vive en un seminario. Este 2020 hizo que esa respuesta dejara de ser obvia y, más bien, pasó a ser incorrecta. La situación sanitaria que hemos vivido nos obligó a replantear la figura de seminario y, aunque en cierta manera ya sabíamos que este era mucho más que el lugar donde vivíamos, nos llevó a concretizar la experiencia de formación sacerdotal lejos del edificio que llamamos de esa manera. Dice el Papa San Juan Pablo II en la exhortación apostólica post sinodal Pastores Dabo Vobis que “el seminario, que se representa como un tiempo y un espacio geográfico, es sobre todo una comunidad educativa en camino…” (PDV 60).

Esta afirmación nunca había sido tan explícita como en el contexto en que nos encontramos durante este año. A lo largo del país, los seminaristas y formadores, tuvimos que constituir una comunidad sin prestar atención a las distancias geográficas en nuestras casa, parroquias asignadas o en los mini-seminarios diocesanos y continuar nuestra educación construyendo el camino a medida que íbamos avanzando. Al fin de cuentas ese ha sido el reto en muchos ámbitos, incluido el eclesial.

Ahora bien, esto toma otro matiz tratándose del último año de la formación inicial (mi caso y el de otros 12 compañeros). Durante el tiempo de formación la ilusión por llegar al ansiado último año crece con cada generación que se despide. Los últimos días de seminario son el marco de pequeñas despedidas de los distintos niveles formativos. Las últimas clases y exámenes forman parte de la celebración. La última eucaristía, la cena de despedida y hasta la última “mejenga” son elementos del final del proceso que se añoran y que todos los que pasamos por la casa de Paso Ancho esperamos vivir.

A todo esto, nosotros, la generación del 2020, tuvimos que renunciar. Sin embargo, como hemos escuchado o dicho a lo largo del tiempo de pandemia, el virus vino a enseñarnos qué era lo verdaderamente importante y esencial de la vida y, en nuestro caso, lo realmente necesario de la formación sacerdotal.

Catequesis en audiencia general, miércoles 16 de diciembre, 2020.

 Quien reza no deja nunca el mundo a sus espaldas. Si la oración no recoge las alegrías y los dolores, las esperanzas y las angustias de la humanidad, se convierte en una actividad “decorativa”, una actitud superficial, de teatro, una actitud intimista. Todos necesitamos interioridad: retirarnos en un espacio y en un tiempo dedicado a nuestra relación con Dios. Pero esto no quiere decir evadirse de la realidad. En la oración, Dios “nos toma, nos bendice, y después nos parte y nos da”, para el hambre de todos. Todo cristiano está llamado a convertirse, en las manos de Dios, en pan partido y compartido. Es decir una oración concreta, que no sea una evasión.

Así los hombres y las mujeres de oración buscan la soledad y el silencio, no para no ser molestados, sino para escuchar mejor la voz de Dios. A veces se retiran del mundo, en lo secreto de la propia habitación, como recomendaba Jesús (cfr. Mt 6,6), pero, allá donde estén, tienen siempre abierta la puerta de su corazón: una puerta abierta para los que rezan sin saber que rezan; para los que no rezan en absoluto pero llevan dentro un grito sofocado, una invocación escondida; para los que se han equivocado y han perdido el camino… Cualquiera puede llamar a la puerta de un orante y encontrar en él o en ella un corazón compasivo, que reza sin excluir a nadie. La oración es nuestro corazón y nuestra voz, y se hace corazón y voz de tanta gente que no sabe rezar o no reza, o no quiere rezar o no puede rezar: nosotros somos el corazón y la voz de esta gente que sube a Jesús, sube al Padre, como intercesores. En la soledad quien reza -ya sea la soledad de mucho tiempo o la soledad de media hora para rezar- se separa de todo y de todos para encontrar todo y a todos en Dios. Así el orante reza por el mundo entero, llevando sobre sus hombros dolores y pecados. Reza por todos y por cada uno: es como si fuera una “antena” de Dios en este mundo. En cada pobre que llama a la puerta, en cada persona que ha perdido el sentido de las cosas, quien reza ve el rostro de Cristo.

A la oración le importa el hombre. Simplemente el hombre. Quien no ama al hermano no reza seriamente. Se puede decir: en espíritu de odio no se puede rezar; en espíritu de indiferencia no se puede rezar. La oración solamente se da en espíritu de amor. Quien no ama finge rezar, o él cree que reza, pero no reza, porque falta precisamente el espíritu que es el amor. En la Iglesia, quien conoce la tristeza o la alegría del otro va más en profundidad de quien indaga los “sistemas máximos”. Por este motivo hay una experiencia del humano en cada oración, porque las personas, aunque puedan cometer errores, no deben ser nunca rechazadas o descartadas.

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