Hay fechas que no se borran del calendario del alma. La mía es 1994. Ese año, mi mejor amiga de juegos, de infancia, de risas y de alegría, tomó la decisión de morir por suicidio. Yo era un muchacho que creía que la vida era jugar, reír y volver a casa antes de que oscureciera. De pronto, la casa quedó en silencio. Como escribió Viktor Frankl: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. Yo no lo entendía entonces, pero ese día empecé a cambiar sin querer.
Después de ella, vinieron otras seis personas cercanas. Amigas, amigos, rostros que yo amaba, historias que yo conocía. Y después, mi hermano. Mi hermano. Escribirlo todavía me aprieta el pecho. Cada muerte fue un terremoto distinto, pero con el mismo epicentro: la pregunta sin respuesta. ¿Por qué? ¿Qué no vi? ¿Qué no dije? ¿Qué me faltó preguntar? Como dijo la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross: “Las personas más bellas que he conocido son aquellas que han conocido la derrota, el sufrimiento, la lucha y la pérdida”. Yo no me sentía bello. Me sentía roto.
Ser sobreviviente del suicidio no significa que uno sobrevivió a su propio intento. Significa que uno quedó vivo después de que alguien amado decidió irse. Es una orfandad extraña.
No hay un manual para llorar a quien se quitó la vida. Hay culpa, hay rabia, hay vergüenza, hay un silencio que pesa más que las palabras. Hay noches en que uno repasa la última conversación, la última risa, la última mirada, buscando una señal que no supo leer.
El suicidólogo Edwin Shneidman lo definió con una ternura terrible: “El suicidio es un acto que busca terminar con un dolor insoportable, no con la vida”. Entender eso no quita el dolor, pero me ayudó a dejar de juzgar y empezar a comprender.
Durante años yo intenté ser fuerte. El hombre fuerte. El orientador fuerte. El que aconseja a otros y no necesita consejo. Me ponía la máscara del profesional y por dentro seguía siendo aquel niño guanacasteco que perdió a su mejor amiga y no supo a quién contárselo. Sonreía en el trabajo, daba charlas, orientaba familias, y por dentro cargaba un duelo que no había nombrado. Como nos recuerda Brené Brown: “La vulnerabilidad no es debilidad. Es la medida más precisa de nuestro coraje”. A mí me tomó años tener el coraje de decir: estoy herido, necesito ayuda.
Esa ayuda llegó en forma de terapia constante con una profesional en psicología. No fue una cita, no fue un consejo rápido. Fue un proceso. Semana tras semana, aprender a ponerle nombre a lo que sentía.
Aprender que llorar a mi hermano no es debilidad. Aprender que recordar a mi amiga sin culpa es un acto de amor. Aprender que la culpa no es mía, que yo amé con lo que sabía y con lo que tenía. Carl Rogers, padre de la escucha humanista, escribió: “Cuando alguien te escucha de verdad, sin juzgarte, te permite volver a escucharte a ti mismo”. Eso fue la terapia para mí: volver a escucharme.
Pero no solo fue la terapia. Fue también la escucha asertiva de mi amigo Pepe. Pepe no me dio discursos. Pepe me dio presencia. Me dio un café, una silla, un silencio respetuoso y un “aquí estoy, Willy”. A veces me preguntaba: ¿cómo estás hoy, de verdad? Y esa pregunta, tan sencilla, me salvaba el día. Como dice el escritor Henri Nouwen: “Escuchar es una forma de hospitalidad espiritual. Invitas a alguien a entrar en tu corazón y a descansar”. Pepe me hospedó en su corazón muchas veces.
Y fue también el padre Marvin Danilo Benavides, quien ha sido mi consejero en los momentos de alegría, de tristeza y de profundo dolor y desolación. Él no me habló con teología de libro, me habló con Evangelio de abrazo. Me dijo que Dios no castiga el dolor, que Dios lo acompaña.
Me recordó que Jesús también lloró frente a la tumba de su amigo Lázaro. Me enseñó que la fe no es no tener dudas, es seguir caminando con dudas y con fe. En mis momentos de alegría, el padre Marvin Danilo me enseñó a dar gracias sin soberbia. En mis momentos de tristeza, me enseñó a llorar sin vergüenza. Y en mis momentos de profundo dolor y desolación, cuando sentía que ya no podía más, él se quedó, me escuchó, oró conmigo y me recordó que no estaba solo.
Como escribió San Agustín: “Tú nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Mi corazón inquieto empezó a descansar cuando dejé de pelear con Dios y empecé a hablarle como a un Sacerdote.
No puedo contar esta historia sin un agradecimiento profundo y de corazón al entonces arzobispo Metropolitano de San José, Monseñor Hugo Barrantes Ureña, que de Dios goce. Monseñor Hugo nunca dudó en usar su influencia para colaborarnos en la construcción de los determinantes de la salud mental, para abrirnos un espacio y para darnos siempre esa mano solidaria que él supo mantener tendida.
Cuando muchos todavía veían la salud mental como un tema lejano, él la vio como un tema de vida, de familia, de comunidad y de fe. Él entendió que la salud mental no se construye solo en un consultorio, se construye en la casa, en la escuela, en la iglesia, en el barrio, en el trabajo, en la escucha y en la solidaridad. Él nos abrió puertas cuando las puertas estaban cerradas. Nos abrió espacios para hablar, para formar, para prevenir, para acompañar. Nos dio su respaldo, su palabra y su presencia, sin pedir nada a cambio, solo con el deseo de servir.
Yo le estoy eternamente agradecido a Monseñor Hugo Barrantes Ureña porque su mano solidaria nos permitió sembrar lo que hoy seguimos cosechando: una manera más humana de hablar del dolor, del duelo, de la prevención del suicidio y del cuidado de la vida.
Él creyó en nosotros cuando todavía éramos pocos. Él creyó en la prevención cuando muchos solo hablaban de la emergencia. Él creyó que la Iglesia también puede ser un lugar seguro para sanar el alma y para cuidar la mente. Que Dios lo tenga en su gloria, porque su legado sigue vivo en cada familia que hoy se atreve a hablar, en cada joven que hoy pide ayuda, en cada comunidad que hoy se organiza para cuidar la vida.
Esa experiencia con Monseñor Hugo me enseñó algo que hoy repito como orientador: los determinantes de la salud mental son también determinantes del amor. Donde hay escucha, hay salud. Donde hay comunidad, hay salud. Donde hay fe que acompaña y no que juzga, hay salud. Donde hay un padre como Marvin Danilo que se queda, hay salud. Donde hay un amigo como Pepe que pregunta cómo estás de verdad, hay salud. Donde hay un arzobispo que abre un espacio, hay salud. La salud mental no es solo ausencia de enfermedad, es presencia de vínculos.
Si algo he aprendido como orientador familiar y educativo es esto: las emociones no se corrigen, se validan. Un joven que dice “me quiero morir” no está buscando llamar la atención, está pidiendo atención. Un adulto que dice “ya no puedo más” no es un exagerado, es un ser humano agotado. Daniel Goleman, en su trabajo sobre inteligencia emocional, afirmó: “Nombrar una emoción es el primer paso para manejarla”. Cuando validamos, nombramos. Cuando nombramos, quitamos el miedo. Cuando quitamos el miedo, abrimos la posibilidad de pedir ayuda.
En mi casa, en mi familia, en mi trabajo, yo hoy me atrevo a preguntar lo que antes me daba miedo preguntar. ¿Has pensado en hacerte daño? ¿Quieres hablar de eso? ¿Qué te duele tanto? Preguntar no siembra la idea. Preguntar abre la puerta. La Organización Mundial de la Salud insiste: “Hablar del suicidio de forma responsable y compasiva puede salvar vidas”. El silencio, en cambio, mata en silencio. Por eso hoy hablo, escribo y comparto. Porque callar me dolió demasiado tiempo.
Yo soy sobreviviente. Sobreviviente de siete despedidas que no elegí. Sobreviviente de culpas que ya no me pertenecen. Sobreviviente porque elegí quedarme, hablar, llorar y ayudar a otros a quedarse. El filósofo Albert Camus escribió: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Yo le agregaría: no hay acto más humano que acompañar a quien piensa en él y decirle: tu vida importa, tu dolor importa, tú importas.
Hoy, cuando un estudiante, un padre, un colega me dice que está cansado de vivir, yo no lo minimizo. Yo lo miro a los ojos, respiro con él y le digo: gracias por confiarme esto. No estás solo. Vamos a buscar ayuda juntos. La psicóloga Virginia Satir decía: “Necesitamos cuatro abrazos al día para sobrevivir, ocho para mantenernos y doce para crecer”. A veces, un abrazo a tiempo es la primera terapia. A veces, una pregunta a tiempo es la primera prevención.
A mi mejor amiga de 1994, a mis seis amigos y amigas, a mi hermano: los sigo amando. No los recuerdo por cómo murieron, los recuerdo por cómo vivieron. Por las risas, por los juegos en Guanacaste, por las tardes que parecían eternas. Por esa amistad que no se borra con la muerte, porque el amor no se suicida. El poeta Khalil Gibran escribió: “El dolor es la ruptura de la cáscara que encierra tu comprensión”. Mi comprensión se rompió muchas veces, pero por esa grieta entró la luz.
Si usted está leyendo esto y ha perdido a alguien por suicidio, quiero decirle: no es su culpa. Usted hizo lo que pudo con lo que sabía en ese momento. Usted tiene derecho a llorar, a enojarse, a reírse recordando, a seguir viviendo. Usted tiene derecho a buscar ayuda, a ir a terapia, a hablar con un sacerdote un psicólogo, psiquiatra y un orientador, a apoyarse en un amigo. Thich Nhat Hanh nos enseñó: “La comprensión es el nombre del amor. Si no comprendes, no puedes amar”. Compréndase a usted mismo con el mismo amor con que amó a quien se fue.
Y si usted está leyendo esto y está pensando en quitarse la vida, le hablo como sobreviviente y como orientador: por favor, quédese. Hable. Llame. Busque a su Pepe, a su padre Marvin Danilo, a su terapeuta, a su familia. Busque a ese Monseñor Hugo que Dios le pone en el camino, a esa mano solidaria que se mantiene tendida. Su historia no ha terminado. Como escribió Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto: “Aquel que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. Busquemos juntos ese porqué. Mi gratitud a la Dra. Virian Mejias, Decana de Enfermería de la Universidad Hispanoamérica por abrir espacios académicos en temas de salud mental, la Universidad Hispanoamericana bajo el liderazgo de su Rector y sus diferentes escuelas asertivamente están construyendo un solido liderazgo en la construcción de los determinantes de la salud mental costarricense.
La sobrevivencia no es olvidar. Es aprender a vivir con la ausencia sin que la ausencia nos quite la vida. Es convertir el dolor en propósito. Es usar mi profesión, mi maestría, mi liderazgo, no para dar órdenes, sino para dar escucha. Es decirle al mundo que validar una emoción no es un lujo, es una urgencia. Como dijo Maya Angelou: “La gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir”. Que la gente nos recuerde por hacerla sentir escuchada, amada y acompañada.
Yo sigo aquí. Con cicatrices, sí. Pero también con esperanza. Con la certeza de que cada vez que hablo de mi amiga, de mis amigos, de mi hermano, ellos viven un poquito más en el corazón de quien me escucha.
Con la gratitud eterna hacia Monseñor Hugo Barrantes Ureña, que de Dios goce, por abrirnos camino, y hacia el padre Marvin Danilo Benavides, por quedarse a mi lado en la alegría, en la tristeza y en la desolación. Y con la fe de que, si este artículo logra que una sola persona se quede, que una sola familia hable, que un solo joven se atreva a decir “necesito ayuda”, entonces todo este dolor habrá tenido un sentido.
Porque sobrevivir no es solo seguir respirando. Sobrevivir es elegir amar de nuevo, cada día, a pesar de todo. Hablar salva. Pedir ayuda es un acto de valentía.
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