La salud mental se construye todos los días. Se construye cuando una docente o un docente en una escuela pública de Desamparados se toma 5 minutos para preguntar “¿cómo estás de verdad?”. Cuando una madre o un padre en Upala encuentra en su comunidad un espacio para hablar sin miedo. Cuando en Pococí hay deporte, arte, cultura y espacios seguros para jóvenes. Cuando el Hospital Nacional de Salud Mental y los Equipos Básicos de Atención Integral trabajan de la mano con las comunidades. Cuando entendemos que pedir ayuda es un acto de valentía y de amor propio.
Y aquí quiero hacer un alto para reconocer algo fundamental: en Costa Rica la salud mental no la sostiene solo el Estado. La sostiene también una sociedad civil organizada que ha sido luz en medio de la tormenta. Grupos comunitarios, redes de apoyo entre pares, colectivos de familiares, organizaciones de base, voluntariados y personas que trabajan por y para la salud mental desde sus barrios, escuelas, iglesias y comunidades.
Ellas y ellos han estado donde a veces no llega el consultorio. Han dado talleres gratuitos, han acompañado duelos, han tendido la mano en crisis, han llevado la prevención a las plazas, a los parques y a las aulas.
Han hecho que el tema deje de ser tabú y se empiece a nombrar con respeto. Como dice Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Y eso es exactamente lo que hace nuestra sociedad civil organizada: cambiar el mundo, una vida a la vez.
Gracias a esa sociedad civil organizada, hoy muchas familias en Costa Rica no están solas. Gracias a ellas y ellos, hoy hay espacios de escucha, campañas de sensibilización, ferias de salud mental y redes que sostienen cuando el dolor pesa. A todas las personas que desde la sociedad civil organizada trabajan por la salud mental: mi respeto, mi admiración y mi gratitud eterna. Ustedes son el corazón comunitario de la prevención.
Como orientador he visto dos tipos de familias. Las que esconden el dolor “para que nadie en el barrio se entere”. Y las que se atreven a nombrarlo para sanarlo. Las segundas son las que salvan vidas. Enseñar a validar las emociones es el primer acto de prevención. Es decirle a un niño o a una niña de 8 años: “está bien llorar”. Es decirle a un joven o a una joven de 16: “está bien no estar bien, pero hablemos”. Es quitarle a la salud mental el estigma de “locura” y ponerle el nombre que tiene: salud.
Y aquí es donde el Estado tiene que responder con la misma fuerza con la que responde la sociedad civil organizada. La Ley 9847 nos dice que la atención debe ser oportuna, continua y cercana a la comunidad.
La Política Nacional nos dice que hay que fortalecer la red de servicios. Pero en la práctica todavía hay colegios sin orientador o sin orientadora. Todavía hay EBAIS sin psicólogo o sin psicóloga. Todavía hay familias que duran meses esperando una cita en psiquiatría. Eso no puede seguir así. Necesitamos invertir en salud mental como invertimos en infraestructura. Porque un joven o una joven atendido a tiempo es un adulto que trabaja, que estudia, que forma familia. Es un país más sano.
Los determinantes de salud mental en Costa Rica son claros y están en nuestra Política: pobreza, desempleo, violencia, acceso a alcohol y otras drogas, soledad, acoso escolar, redes sociales sin acompañamiento. No los vamos a resolver con una campaña de un mes.
Los resolvemos con política pública sostenida, articulada con la sociedad civil organizada. Con programas de empleabilidad para jóvenes. Con deporte y arte en todos los distritos. Con capacitación a padres, madres, docentes y líderes y lideresas comunales. Con líneas de ayuda que contesten de verdad.
Con hospitales que tengan camas para adolescentes en crisis. Con presupuestos etiquetados para salud mental.
Yo no soy político. Soy orientador. Y desde mi trinchera hago lo que puedo. Cada taller en un colegio es una carta que no le pude escribir a mi hermano a tiempo. Cada padre o madre al que abrazo en una charla es mi papá o mi mamá al que no supe cómo consolar. Cada estudiante que me dice “profe, gracias por escucharme” es mi amiga de 1994 diciéndome “gracias por no olvidarme”.
Hace 30 años que hago esto. Y lo seguiré haciendo. Porque prevenir el suicidio no es solo evitar una muerte. Es enseñar a vivir. Es construir una Costa Rica donde pedir ayuda sea tan normal como pedir un fresco en la soda. Donde un hombre pueda decir “estoy deprimido” sin que le digan “sea fuerte”. Donde una mujer pueda decir “tengo ansiedad” sin que le digan “son nervios”. Donde una adolescente pueda decir “me siento mal” y en lugar de minimizarla, la abracemos y la refiramos.
Agradezco profundamente al ministro de Salud su solido compromiso con la salud mental, a la Secretaría Técnica de Salud Mental y a todos los profesionales y a todas las profesionales que trabajan sin rendirse por la vida en este país. A los y las psiquiatras, psicólogos y psicólogas, trabajadores sociales y trabajadoras sociales, enfermeros y enfermeras, médicos y médicas generales, docentes, orientadores y orientadoras. Sé que hacen lo que pueden con lo que tienen. Pero necesitamos más. Necesitamos que la Ley 10412 se reglamente al 100%. Necesitamos que la Política Nacional 2023-2032 tenga presupuesto protegido. Necesitamos que cada Junta de Salud del país incluya salud mental como prioridad número uno.
Y necesitamos seguir articulando con la sociedad civil organizada. Porque solos el Estado no puede. Sola la sociedad civil tampoco. Juntos sí. Como dice Nelson Mandela: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente aprende a odiar, y si pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar”. Y nosotros podemos enseñar a amar la vida, a cuidarla, a defenderla.
A los gobiernos locales: abran espacios comunales para grupos de apoyo. Cedan salones para que la sociedad civil organizada dé sus talleres. A las universidades públicas y privadas: formen más psicólogos y psicólogas, más trabajadores sociales y trabajadoras sociales, más psiquiatras infanto-juveniles, cambien de manera integral la maya curricular con la que se forman los orientadores.
Den becas para estudiar orientación. A las empresas: implementen programas de salud mental laboral y den permisos de salud mental. A los medios de comunicación: hablen de suicidio con responsabilidad. Sin dar detalles, sin romantizar. Hablen de esperanza y pongan siempre el número de ayuda.
Y a ti que me lees: Si hoy tu corazón se siente quebrado como cristal, respira. No estás sola. No estás solo. En Costa Rica cuentas con el 911 para emergencias. Cuentas con el 1147 del IAFA para orientación en consumo de alcohol y otras drogas. Puedes ir a tu EBAIS y pedir cita de psicología.
Puedes hablar con el orientador o la orientadora de tu colegio. Puedes buscar apoyo en la sociedad civil organizada de tu comunidad. Puedes contarle a alguien de confianza. Tu dolor es real, pero no es para siempre. Hay gente que te quiere aquí. Yo te quiero aquí. Como dice la escritora Maya Angelou: “Aún puedes levantarte de las cenizas y volar”.
A quienes, como yo, hemos perdido a alguien: nuestro dolor no fue en vano si lo convertimos en puente. Si de nuestras lágrimas nace una charla, un programa, una ley que se cumpla, una red de apoyo que nazca. Honremos a los que se fueron cuidando a los que se quedaron. Honrémoslos trabajando juntos, Estado y sociedad civil organizada, de la mano.
Mi amiga del alma. Mi hermano. Los otros cuatro. Los llevo en el pecho. Y cada vez que un niño o una niña en cualquier rincón de Costa Rica aprende a decir “me siento mal y necesito ayuda”, siento que ellos y ellas sonríen desde el cielo y me dicen: “sigue”.
Mientras haya un corazón dispuesto a escuchar, habrá esperanza. Mientras la Ley de Salud Mental y la Política Nacional dejen de ser documentos y se vuelvan escuelas, EBAIS, comunidades, redes de apoyo y abrazos, Costa Rica seguirá siendo un país que elige la vida. Yo sigo aquí. Sembrando vida. Por ellos. Por ellas. Por Costa Rica. Por todos y por todas.

















