Aquí en Costa Rica nos conocemos mucho. Somos un país pequeño. En una reunión de padres de familia, en una empresa, en una comunidad, todos se conocen. Eso es bonito porque nos apoyamos. Pero también es peligroso, porque un chisme en un grupo de WhatsApp llega en minutos a todo el cantón.
Hay gente a la que le gusta contar las cosas como mejor le convengan. Recortan. Acomodan. Omiten la parte donde gritaron. Omiten la parte donde llegaron tarde. Omiten la parte donde no preguntaron. No siempre por maldad. A veces por miedo. A veces por orgullo. A veces porque de verdad creen que así fue. La memoria no es una cámara. La memoria es un narrador.
El problema es cuando nosotros, como familias, como líderes, como equipos de trabajo, como comunidad, tomamos decisiones con media verdad. Porque media verdad no es verdad. Media verdad es sentencia. Y una sentencia dicha a la ligera puede destruir una relación, una familia, un proyecto, una reputación.
En mis asesorías veo esto con frecuencia. Un padre y una madre que ya no se hablan porque “me dijeron que...”. Un grupo de jóvenes que dejó de saludar a un compañero o a una compañera porque “dicen que...”. Un gerente o una gerente que ya marcó a un colaborador porque “ya sabemos cómo es...”. Una junta que excluyó a una persona porque “según me contaron...”.
Y cuando los cito a los dos, a los tres, a los cinco, aparece lo que no se había dicho. Aparece el contexto. Aparece el cansancio. Aparece el miedo. Aparece la herida vieja que no tenía nada que ver con este pleito, pero que lo alimentó.
Oscar Arias dijo: “La paz no es la ausencia de guerra. Es la presencia de justicia”. Y el primer paso de esa justicia es escuchar completo. No escuchar para responder. Escuchar para comprender.
A veces hay personas que nos infunden chismes. Palabras pequeñas que parecen nada y que incendian todo. El chisme no pregunta. El chisme sentencia. El chisme elige culpables antes de conocer hechos. El chisme te da la satisfacción barata de tener razón sin hacer el trabajo de verificar.
Y lo peor: el chisme tiene buena memoria. Se queda. Se repite. Se vuelve “verdad” aunque nadie la haya comprobado. Se vuelve etiqueta. Se vuelve expediente emocional.
He visto familias destruirse por un comentario. He visto jóvenes y jovencitas ser excluidos socialmente por un rumor. He visto líderes perder la confianza de sus equipos por algo que “alguien dijo”.
Y cuando investigamos, cuando preguntamos, cuando escuchamos la otra orilla, descubrimos que el inocente fue el que cargó con la culpa. Y que la persona culpable, muchas veces, también era víctima de otra historia que nadie quiso ver.
Liderar es eso. No es tener la voz más fuerte. Es tener la capacidad de callar para escuchar. Stephen Covey escribió: “Busca primero comprender, y luego ser comprendido”. En liderazgo familiar y organizacional eso es una disciplina diaria. Es un músculo que se entrena.
Porque es más fácil opinar que preguntar. Es más rápido culpar que comprender. Es más cómodo creerle a quien grita más fuerte. Es más rentable para el ego quedarte con la versión que te da la razón.
Pero el liderazgo responsable pregunta: ¿y la otra parte qué dice? ¿Qué no se está diciendo? ¿Qué me estoy perdiendo por apurarme? ¿A quién estoy dejando por fuera?
En nuestro país vivimos muy cerca. Y eso hace que un chisme corra rápido. En un día, toda una comunidad ya “sabe” lo que pasó. Aunque nadie haya estado ahí. Aunque nadie haya preguntado.
Y ahí entro yo en las asesorías. No para defender a nadie. Para devolverle al conflicto su tamaño real. Para separar hecho de interpretación. Para separar intención de impacto. Para separar emoción de dato.
Una madre me dijo una vez: “Es que todos dicen que mi hijo es el problema”. Lo citamos a él, a ella, a la otra parte. Y apareció que el muchacho había reaccionado mal, sí. Pero también apareció que llevaba meses recibiendo burlas y que nadie las vio. Que pidió ayuda y no la encontró. ¿Quién era el culpable? Los dos. ¿Quién era el inocente? También los dos.
Cuando escuchas las dos versiones, dejas de buscar héroes y villanos. Empiezas a buscar personas. Personas cansadas. Personas asustadas. Personas aprendiendo.
Y eso duele. Porque es más fácil odiar a un villano que entender a una persona herida. Odiar es rápido. Comprender es lento.
Hay gente que cuenta la historia como mejor le conviene. Lo hacen los adolescentes y las adolescentes. Lo hacemos los adultos y las adultas. Lo hacen las organizaciones. Omitimos la parte donde perdimos la paciencia. Omitimos la parte donde no pusimos límites. Omitimos la parte donde preferimos callar.
Por eso mi primera tarea en cada asesoría no es resolver. Es escuchar. Dos veces. Tres veces. Las veces que haga falta. Con el mismo respeto. Con la misma cara. Sin adelantar juicio.
Carl Rogers, padre de la escucha empática, decía: “La mayoría de las personas no escuchan con la intención de comprender. Escuchan con la intención de responder”. Y así se dañan las relaciones. Respondemos antes de comprender. Juzgamos antes de sentir. Condenamos antes de conocer. Replicamos antes de verificar.
En los procesos de mediación y justicia restaurativa que acompaño, la regla es clara: nadie habla de la otra persona. Cada quien habla de sí. De lo que sintió. De lo que hizo. De lo que necesita para reparar. No se vale “él siempre” o “ella nunca”. Se habla en primera persona.
Y es mágico lo que pasa. Porque cuando el joven que ofendió escucha a la otra persona, ya no puede sostener su versión cómoda. Y cuando la persona ofendida escucha al joven, entiende que detrás del acto había abandono, miedo, presión.
Nadie sale igual. Porque escuchar las dos versiones te humaniza. Te quita la armadura.
En las familias pasa igual. Un hijo dice: “mi papá nunca me escucha”. El papá dice: “yo trabajo para que no les falte nada”. Las dos cosas son ciertas. Pero si solo escuchas una, vas a odiar al papá o vas a culpar al hijo. Si escuchas las dos, puedes construir un puente. Puedes negociar tiempos. Puedes inventar un espacio de conversación.
Liderar una familia, una empresa, una comunidad, es negarse a decidir con un solo testimonio. Es tener la valentía de decir: “necesito oír la otra parte antes de opinar”. Aunque eso te haga impopular. Aunque eso te haga “lento”. Aunque te presionen para que tomes partido ya.
Porque decidir rápido con poca información es liderazgo cobarde. Decidir con ambas versiones es liderazgo que cuida. Es liderazgo que protege.
El chisme y la mala intención se alimentan del silencio de la otra parte. Por eso quien chismea siempre te dice: “no le digas que te conté”. Porque sabe que, si la otra persona habla, su historia se cae. Sabe que la luz le estorba.
Y nosotros, sin querer, nos volvemos altavoces del chisme. Lo reenviamos en el grupo. Lo comentamos en la oficina. Lo soltamos en la reunión. Le ponemos “me lo contó una fuente confiable”.
Y así despreciamos al inocente. Y así valoramos al culpable que supo contar mejor su historia. Que tuvo más labia. Que lloró primero.
Jesús dijo: “No juzguen, y no serán juzgados”. No lo dijo por ingenuidad. Lo dijo porque sabía lo fácil que es equivocarse cuando solo tienes una versión. Sabía lo destructivo que es el juicio sin contexto.
Escuchar las dos versiones no significa justificar todo. Significa ser justo. Significa entender que las personas somos complejas. Que podemos haber fallado y al mismo tiempo haber sido dañados. Que podemos tener razón en algo y estar equivocados en otra. Que podemos herir sin querer.
En mi trabajo con jóvenes que vienen a asesoría por riesgo social, consumo o conflictos con la ley veo esto constantemente. Un joven comete un error. Miente. Se aísla. Consume. Y la familia ya tiene su veredicto: “ese no sirve”.
Pero si te sientas a escuchar, aparece que ese muchacho cuida a sus hermanos. Que nadie le preguntó por qué cambió. Que encontró en la calle el grupo que no encontró en casa. Que nadie le enseñó a pedir ayuda.
¿Eso justifica el error? No. ¿Eso explica el error? Sí. Y cuando explicas, puedes reparar. Cuando solo condenas, solo expulsas. Y expulsar es fácil. Reparar es trabajo.
El liderazgo en orientación no busca tener razón. Busca restaurar. Y para restaurar necesitas verdad completa. Necesitas las dos orillas.
Por eso en mis asesorías entreno a padres y madres en algo muy simple: antes de castigar, pregunten. Antes de decidir, escuchen. Antes de creerle al chisme, llamen. Hagan tres preguntas: ¿qué pasó según vos? ¿qué pasó según la otra persona? ¿en qué coinciden?
Y entreno a líderes y lideresas en algo parecido: antes de sancionar a un colaborador o a una colaboradora, busquen su historia. Pregunten. Escuchen. Den el espacio.
Porque un niño o una niña no es “el problema”. Un niño o una niña está en un problema. Un empleado no es “el problema”. Está en un problema. Y los problemas tienen al menos dos lados. Y muchas veces tienen tres: lo que pasó, lo que cada uno entendió, y lo que el grupo dijo.
Vivimos en tiempos de redes sociales donde todos opinamos en 10 segundos. Donde un audio de WhatsApp nos parece suficiente para cancelar a alguien. Donde compartir sin verificar es el deporte nacional. Donde el titular grita y la aclaración susurra.
Y después nos preguntamos por qué hay tanta división. Por qué las familias no se hablan. Por qué los equipos se sabotean. Por qué las comunidades se rompen.
Se rompen porque decidimos con media información. Se rompen porque preferimos la versión que nos hace sentir bien, aunque no sea la completa. Se rompen porque el chisme nos da pertenencia rápida.
Liderar es ir contra eso. Es frenar. Es respirar. Es decir: “cuéntame tu versión. Ahora cuéntame la tuya. Ahora hablemos entre los tres”. Como se hace en un buen proceso de mediación.
Duele. Porque escuchar la otra versión a veces te obliga a cambiar de opinión. A pedir perdón. A reconocer que te apuraste. A reconocer que te dejaste llevar.
Pero también sana. Porque cuando las personas se sienten escuchadas, bajan las armas. Cuando saben que no serás juez antes de ser testigo, se abren. Cuando saben que no los vas a usar, confían.
He visto padres e hijos reconciliarse después de meses de silencio, solo porque alguien los obligó a escucharse sin interrumpir cinco minutos cada uno. He visto socios de una empresa que no se dirigían la palabra, terminar llorando juntos porque entendieron que los dos estaban cansados y asustados.
La escucha no arregla todo. Pero sin escucha, nada se arregla. Es el principio.
Hay una frase de un anciano indígena que me gusta mucho: “Tenemos dos oídos y una boca. Úsalos en esa proporción”. Escucha el doble de lo que hablas. Y escucha a todos los que tengan voz en la historia. Incluso a los que incomodan.
Porque a veces el problema no está en los protagonistas. Está en quien contó mal el cuento. Está en quien le echó veneno. Está en quien disfrutó ver a dos personas peleadas porque así se sentía importante.
El chisme y la mala intención existen. Siempre van a existir. Son parte de la condición humana. Lo que podemos elegir es no ser su canal. Podemos elegir preguntar. Podemos elegir dudar. Podemos elegir esperar 24 horas antes de opinar.
En liderazgo esto se llama integridad. Es hacer lo correcto aunque nadie te vea. Es negarte a opinar de alguien que no está presente para defenderse. Es decir: “no voy a hablar de eso hasta que hable con la persona”.
Eso te hace perder amigos y amigas. Porque a la gente le gusta que le sigas la corriente. Pero te hace ganar respeto. Y te hace dormir en paz. Y te hace coherente.
Si eres padre o madre, enséñale esto a tus hijos e hijas: antes de enojarte con tu compañero o compañera, pregúntale. Antes de creerle al rumor, busca la fuente. Antes de compartir, verifica. Antes de etiquetar, conversa.
Si eres gerente o líder de equipo, aplícalo: aquí se escuchan todas las versiones. Aquí no se condena con chisme. Aquí se repara hablando. Aquí el error se usa para aprender, no para humillar.
Si eres parte de una junta o de una organización, aplícalo: ninguna decisión importante se toma con un solo testimonio. Se convoca. Se escucha. Se contrasta. Se documenta. Se devuelve.
Costa Rica necesita líderes y lideresas que escuchen. Necesita familias que pregunten antes de explotar. Necesita organizaciones que investiguen antes de sancionar. Necesita jóvenes que piensen antes de compartir. Necesita adultos que modelen pausa.
Porque mientras sigamos decidiendo con una sola versión, vamos a seguir lastimando inocentes y premiando a quienes manipulan mejor el relato. Vamos a seguir criando generaciones que creen que opinar es saber.
Yo no tengo la verdad. Nadie la tiene completa. Pero tengo la práctica de buscarla en las dos orillas. Y eso ha cambiado vidas. Ha cambiado familias. Ha cambiado equipos de trabajo.
He visto al “culpable” convertirse en aliado cuando se sintió escuchado. He visto a la “inocente” reconocer su parte cuando se sintió segura. He visto a padres pedir perdón a hijos. He visto a hijos pedir perdón a padres.
He visto organizaciones sanar cuando dejaron de creerle al chisme y empezaron a creerse entre sí. Cuando entendieron que la lealtad no es callar. La lealtad es decir la verdad con amor.
Termino con esto: la próxima vez que te llegue una historia, haz una pausa. Respira. Pregúntate: ¿y qué dice la otra persona? ¿Qué no me están contando? ¿Qué pasaría si escucho antes de opinar? ¿Qué pasaría si espero?
Tal vez descubras que te equivocaste. Tal vez descubras que ambos tienen razón. Tal vez descubras que el problema era otro. Tal vez descubras que tú también tienes una parte.
Pero algo sí te aseguro: vas a decidir mejor. Vas a herir menos. Vas a liderar con más humanidad. Vas a acompañar con más sabiduría.
Porque aprender a escuchar las dos versiones de la historia no es ser ingenuo. Es ser justo. Es ser valiente. Es ser adulto.
Y en un mundo lleno de ruido, de chisme y de juicios rápidos, la justicia empieza con un oído dispuesto y una boca que espera. Empieza con la humildad de decir: “no sé todo todavía”.
Escucha las dos orillas. Ahí, en medio, suele estar la verdad. Y ahí, en medio, suele estar la posibilidad de reparar. Ahí, en medio, suele estar la persona.

















