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Sábado, 18 Julio 2026
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Sé el adulto que necesitabas cuando eras niño

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Julio 17, 2026

Este título no es una fórmula mágica ni un simple enunciado ético; es una experiencia vivida, una ruta en la que cada paso parece pesado y liberador a la vez. A mis casi 53 años, miro hacia atrás y reconozco que la vida no es una línea recta.

Es un sendero sinuoso, lleno de recovecos, de preguntas que no siempre tienen respuestas, de heridas que no desaparecen por arte de magia, pero que pueden transformarse hasta convertirse en cimientos para una existencia más humana.

He caminado ese sendero desde la vulnerabilidad más profunda: un abuso sexual a los cinco años, seguido de un ambiente de maltrato físico y psicológico en la familia adoptiva. Sin embargo, en esa experiencia inicial de dolor, también aprendí, de manera forzosa y temprana, que cada persona que cruza mi vida puede convertirse en un puente hacia la esperanza si tiene la valentía de sostenerme con la paciencia necesaria para vivir.

Este aprendizaje no ha sido casual; ha sido producto de decisiones diarias, de momentos de dolor que no ceden ante la simple mención de la palabra “perdón”, y de una convicción que se ha ido afinando con el tiempo: la resiliencia no es negar el pasado, sino integrarlo de modo que el futuro no sea una repetición del pasado, sino una posibilidad de crecimiento que trascienda la herida.

La confesión de una infancia rota podría leerse como una historia de víctimas, pero en mi cosmovisión esa etiqueta pierde fuerza cuando la vida real demuestra que la identidad no viene determinada únicamente por lo que ha ocurrido, sino por lo que alguien decide hacer con ello.

He aprendido que perdonar no es excusar, sino entender. Entender que el abuso no define mi valor ni mi destino. Entender que la violencia que me rodeó, lejos de ser una sentencia inevitable, fue una condición que otros cargaron por mí, y que la responsabilidad de superarla recae, en primer plano, en mí mismo, en el modo en que decido habitar mi día a día.

Este proceso no fue una línea recta; fue, y sigue siendo, un ejercicio de voluntad que se renueva en cada gesto de cuidado, en cada decisión de buscar ayuda profesional, en cada encuentro con personas que me ofrecieron un sostén auténtico y constante.

Entre los momentos más determinantes estuvo la presencia de quienes, sin buscar protagonismo, se ofrecieron como refugio seguro. Un abrazo constante, una voz que repite “estoy aquí contigo” en medio del miedo, una mano que no se suelta incluso cuando las sombras parecen más fuertes que la luz: esas señales simples, repetidas, se vuelven estructuras invisibles que sostienen la esperanza.

No fueron gestos grandiosos, sino actos pequeños y cotidianos que dicen: “tu vida tiene valor, tu dolor merece ser reconocido, y tú puedes aprender a confiar de nuevo”. En esa confianza recuperada late una idea central: la infancia vulnerada no está condenada a la desesperanza cuando hay personas que permiten que un niño, aún en su fragilidad, descubra que el mundo no es sólo amenaza, sino también posibilidad.

Con el paso del tiempo, descubrí que la voz interior puede construirse con la misma paciencia con la que se reconstruye una casa dañada. Las palabras que uno escucha cuando es niño —las palabras que no siempre llegan en el momento oportuno, cuando el miedo es más fuerte que la necesidad de explicaciones— dejan huellas duraderas.

Pero también existe la posibilidad de reescribir esas huellas con afirmaciones simples y poderosas: “puedes hacerlo”, “tu dolor importa”, “tu vida tiene sentido”. Estas frases no desaparecen de golpe; se instalan en el ritmo de la vida cotidiana, en la forma en que un maestro, un orientador, una familia de acogida, o incluso un desconocido que ofrece una sonrisa, facilita que uno se descubra capaz.

En ese descubrimiento late la semilla de la autoestima: no como un pedestal orgulloso, sino como un piso firme desde el que se puede caminar hacia adelante con seguridad.

La educación y la orientación familiar y educativa que practico no surgieron de un vacío. Nació de la experiencia de haber sido niño y joven en riesgo, de haber vivido la vulnerabilidad de las instituciones que a veces parecen desbordadas por la complejidad de las historias humanas.

Comprender esa vulnerabilidad se convirtió en una ética de cuidado que guía mi labor profesional. No se trata de aplicar técnicas universales ni de presentar soluciones prefabricadas; se trata de escuchar con la atención que merece cada historia, de observar con honestidad las dinámicas familiares y escolares, y de construir junto a las familias y los jóvenes rutas que les permitan acceder a un futuro con mayor autonomía, seguridad y dignidad.

Cuando uno ha pasado por situaciones de abandono o desprotección, se vuelve sensible a los matices que otros no alcanzan a ver: el peso de una pregunta no respondida, el temblor de una emoción que no tiene palabras, la necesidad de ser visto y escuchado sin juicios que agotan.

La resiliencia, entonces, no es una máscara de optimismo. Es una postura ética frente a la vida que reconoce el dolor como una experiencia real y legítima, pero que escucha el deseo de vivir con plenitud como una promesa que merece ser protegida.

Ser resiliente no significa estar por encima de la tristeza; significa sostener la tristeza con la voluntad de que exista algo más allá de ella. Es la capacidad de convertir cada experiencia difícil en una oportunidad para aprender algo nuevo sobre uno mismo y sobre el mundo; es la habilidad de transformar la vulnerabilidad en una fuente de empatía que facilita acompañar a otras personas que atraviesan procesos similares.

En ese sentido, la experiencia de haber sido un niño víctima de violencia se ha transformado en la brújula que orienta mi vida profesional: entender para acompañar, acompañar para sanar, y sanar para abrir más puertas a la esperanza.

La vida, con su mezcla de dolor y belleza, ha revelado que la justicia de la curación no se mide por la ausencia de cicatrices sino por la capacidad para vivir con sus señales sin que éstas dicten cada decisión.

Perdonar, en ese marco, es dejar que la memoria pierda su filo vengativo, que la culpa se diluya en la comprensión de que nadie es responsable de todo lo que ocurre, salvo cada sujeto ante su propia responsabilidad.

Perdonar es, además, poner límites sanos al daño recibido, no para olvidar, sino para no permitir que ese daño continúe ni se repita en nuevas generaciones.

Es un acto de libertad personal: la libertad de decidir qué historia narro de mi vida, qué derechos exijo para mí y para aquellos a quienes amo, y qué tipo de relación quiero sostener con el pasado para que no ocupe todo el espacio del presente.

La construcción de una vida más plena no fue ni es un proyecto aislado. Requiere de comunidades que crean en la dignidad de cada niño y cada joven, y que trabajen para que las oportunidades no sean privilegios de unos pocos sino derechos accesibles para todos. 

En mi experiencia, la educación en orientación familiar y educativa ha sido una de las vías más potentes para institucionalizar ese cuidado: no se trata sólo de enseñar contenidos, sino de modelar prácticas de escucha, de diálogo, de negociación y de construcción conjunta de planes de vida.

Cuando un niño o un joven encuentra un espacio seguro donde su voz es escuchada y su agencia respetada, empieza a creer en sí mismo. Y cuando ese creer se acompaña de proyectos, de apoyo psicológico cuando es necesario, de la inclusión en entornos que valoran su identidad y su historia, la resiliencia se convierte en un hecho social que impulsa a toda la comunidad hacia la justicia y la sanación.

La dimensión espiritual, que para muchos es fuente de consuelo y orientación, también ha desempeñado un papel significativo en mi proceso. No pretendo imponer una visión particular de lo divino, porque cada persona encuentra su propio camino para sostenerse ante el dolor.

En mi caso, he visto cómo esa dimensión puede fortalecer la esperanza sin negarse al sufrimiento. La idea de que Dios abre puertas cuando parece que el camino está cerrado ha sido un motor para mantener la curiosidad, la paciencia y la capacidad de agradecer las oportunidades que surgieron, incluso en medio de la adversidad. A través de esa espiritualidad, aprendí a ver el mundo como un lugar de continua apertura, donde la compasión y la gratitud se convierten en herramientas para enfrentar la complejidad de la vida.

Si puedo dejar una enseñanza práctica de este recorrido, es que la transformación no es un acto aislado de voluntad, sino el resultado de una constancia en la búsqueda de apoyo: terapeutas, educadores, familiares y amigos que entienden que sanar es un proceso que requiere tiempo y que cada paso, por pequeño que parezca, merece reconocimiento y celebración.

También es crucial entender que la infancia y la juventud en riesgo no son únicamente problemáticas que deben ser “solucionadas”; son realidades humanas cuyo cuidado exige políticas sociales, recursos suficientes y una cultura de convivencia que priorice la protección, la escucha y la defensa de los derechos de la niñez. Mi oficio se ha construido en ese cruce entre lo personal y lo colectivo: el testimonio de una vida que ha sabido salir a flote gracias a la paciencia de otros y a la propia decisión de no dejarse vencer por la sombra del pasado.

Perdonar es sanar y vivir, porque cuando perdonamos nos damos permiso para habitar el presente con mayor plenitud. No se trata de borrar lo ocurrido, sino de nombrarlo de forma que no determinen cada gesto futuro.

La vida se revela entonces como una constelación de oportunidades: para aprender, para amar, para enseñar, para proteger. La sanación no es un estado definitivo, sino un proceso continuo de reconfigurar el vínculo con uno mismo y con los demás.

En esa reconfiguración, la niñez y la juventud que fueron vulnerables encuentran nuevas rutas de protección y acompañamiento, y la sociedad entera se beneficia de una ciudadanía más consciente, más empática y más comprometida con la dignidad de cada vida.

Si alguna vez un lector se pregunta si es posible convertir el dolor en algo que aporte al mundo, mi respuesta es un sí sostenido por la experiencia.

No basta con sobrevivir; es necesario aprender a vivir con un sentido claro y compartido: ayudar a otros a no repetir las vicisitudes que yo viví, crear espacios donde los niños, niñas   y jóvenes puedan ser vistos y escuchados, y trabajar para que las oportunidades lleguen a quienes más las necesitan.

Esa es, para mí, la esencia de la resiliencia: una práctica constante de cuidado, una ética de acompañamiento y una esperanza que se alimenta del compromiso con la justicia y la dignidad de la infancia.

En última instancia, perdonar es sanar y vivir porque la vida, pese a su complejidad y dolor, ofrece la posibilidad de transcender el pasado a través del cuidado de los demás. Cuando uno logra transformar la experiencia en una misión de apoyo y protección para otros, cada día adquiere un nuevo color: ya no es sólo el día de superar un miedo, sino el día en que una semilla de confianza se convierte en un árbol que brinda sombra, refugio y alimento a quienes llegan después.

Y ahí reside la verdadera belleza de la sanación: no en la ausencia de dolor, sino en la capacidad de convertir ese dolor en una fuerza constructiva que fortalece vínculos, abre horizontes y demuestra que es posible vivir con esperanza incluso después de haber caminado entre las sombras.

Si mi historia puede servir para abrir caminos de entendimiento y esperanza para la niñez y la juventud en riesgo, entonces cada año, cada logro profesional y cada relación sanamente sostenida habrá valido la pena.

Porque, al final, perdonar no es solo un acto personal; es una declaración de fe en la vida y en la posibilidad de que, a través del cuidado, la educación y el amor, podamos construir un mundo más justo y más humano.

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