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Viernes, 03 Julio 2026
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La salud mental de la niñez y la adolescencia en las redes sociales

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Julio 03, 2026

Como profesional en orientación familiar y educativa, con licenciatura en docencia y maestría en evaluación de los aprendizajes, observo con frecuencia dos realidades que conviven en las familias de hoy: la promesa de la tecnología como aliada educativa y el riesgo de su uso desmedido, especialmente durante la niñez y la adolescencia.

Este artículo expone, desde una mirada profesional, cómo orientar a las familias y a las escuelas para que la tecnología contribuya al desarrollo de niñas, niños y adolescentes sin sacrificar habilidades fundamentales como la socialización, la regulación emocional y el pensamiento crítico.

La preocupación central de padres y docentes suele girar en torno a dos momentos del desarrollo: la edad preescolar y la adolescencia. En la primera etapa, la curiosidad por el mundo y la necesidad de interactuar con otros seres humanos se manifiestan con mayor intensidad.

En la segunda, las redes sociales y las comunicaciones digitales ocupan gran parte del tiempo y, a veces, se vuelven un canal privilegiado para la construcción de la identidad, la autoestima y las relaciones interpersonales. Nuestro objetivo como educadores y orientadores es evitar los extremos: no demonizar la tecnología ni vulnerarla como si fuera ajena a la vida de las familias.

Durante la etapa preescolar, la tecnología debe ubicarse como una herramienta complementaria, nunca como sustituto de la interacción humana y del juego concreto.

La literatura y la experiencia clínica señalan que la exposición excesiva a pantallas puede interferir con el desarrollo de habilidades sociales, la regulación emocional y la capacidad de atención sostenida.

Sin embargo, cuando se emplea con moderación y bajo condiciones adecuadas, la tecnología puede apoyar ciertos aprendizajes: reconocimiento de colores y formas, vocabulario básico, y la familiarización con conceptos científicos o culturales a través de contenidos diseñados para la edad. Pero estas posibles ventajas no deben opacarse con un uso que reemplace el juego libre, las experiencias sensoriomotoras y, sobre todo, el contacto directo con familiares y cuidadores.

La clave en este tramo es la calidad más que la cantidad. Las niñas y los niños pequeños aprenden, sobre todo, en el encuentro cara a cara con adultos y pares, a través del juego simbólico, la exploración motriz y las rutinas estructuradas.

Por ello, una pauta útil para las familias es establecer límites claros y predecibles: horarios fijos para desconexión, espacios sin dispositivos en el hogar (comedor, dormitorio), y contenido apropiado que promueva la curiosidad y la cooperación. Además, es fundamental acompañar a las niñas y niños en el uso de la tecnología: explicar brevemente lo que están viendo, modelar conductas respetuosas en línea y promover pausas activas para evitar la fatiga visual y la sobrecarga conductual.

En la adolescencia, el panorama cambia por completo. Este es un periodo de intenso desarrollo cerebral, identidad en construcción, búsqueda de autonomía y necesidad de pertenencia social. Las redes sociales, los mensajes de texto y las plataformas de comunicación se vuelven canales centrales para la interacción, la exposición a normas sociales y la auto evaluación.

Dichos entornos pueden aportar beneficios, como la posibilidad de mantener vínculos, aprender sobre diversidad y practicar la alfabetización digital. Pero también presentan riesgos: ansiedad, depresión, baja autoestima, ciberacoso y una comparación constante que puede afectar la imagen que la joven o el joven tiene de sí mismo.

Como orientadores y educadores, debemos trabajar con las familias para crear un marco ético y pedagógico alrededor del uso de la tecnología entre las adolescentes y adolescentes.

Esto implica, entre otros aspectos, promover un diálogo abierto y libre de juicios sobre las experiencias digitales: qué buscan en las redes, qué estrategias usan para manejar la influencia de los pares y qué límites desean establecer en su vida digital.

Es fundamental enseñar habilidades de autorregulación, como la capacidad de desconectarse, fijar horarios de uso y priorizar tareas académicas y relaciones cara a cara. La educación emocional juega un papel crucial aquí: reconocer emociones que emergen al recibir una notificación, diferenciar entre necesidad de pertenencia y búsqueda de aprobación, y desarrollar estrategias de afrontamiento ante contenidos perturbadores o negativos.

La evidencia disponible, incluida la encuesta de la Royal Society of Public Health sobre jóvenes de 14 a 24 años en Reino Unido, señala un vínculo entre el uso de redes sociales y experiencias negativas de salud mental. Sin negar estos hallazgos, es importante contextualizarlos dentro de un marco familiar y escolar en el que la tecnología no se vea como la causante única de los problemas, sino como un factor que interactúa con otros elementos del desarrollo: calidad de las relaciones, apoyo escolar, condiciones socioemocionales y hábitos de sueño.

Desde la perspectiva educativa, el papel de la escuela es esencial para complementar el aprendizaje y la crianza en casa. Las instituciones pueden contribuir con programas de alfabetización digital que enseñen a distinguir entre información fiable y desinformación, a reconocer el sesgo algorítmico y a practicar la ciudadanía digital responsable.

 Asimismo, la escuela puede colaborar con las familias para establecer normas homogéneas entre casa y centro educativo, de modo que niños, niñas y jóvenes enfrenten una continuidad en las expectativas y las estrategias de manejo del uso tecnológico. Esto facilita la transferencia de aprendizajes, refuerza la disciplina positiva y promueve un clima escolar y familiar coherente.

Para asegurar un desarrollo integral, propongo un marco práctico basado en tres pilares: tiempo de calidad, contenido y habilidades. El primer pilar, tiempo de calidad, se refiere a priorizar experiencias que fortalezcan vínculos y desarrollo cognitivo fuera de la pantalla. Requiere, entre otras acciones, planificar actividades compartidas (lectura, juegos de mesa, excursiones, proyectos creativos) y reservar momentos explícitos para conversar sobre experiencias digitales, sin juicio, pero con guía y límites razonables.

El segundo pilar, contenido, implica seleccionar contenidos acordes con la edad, que estimulen la curiosidad, la creatividad y el aprendizaje crítico. Es útil crear listas de verificación para el contenido consumido y establecer acuerdos familiares sobre qué plataformas son aceptables y bajo qué condiciones 

El tercer pilar, habilidades, enfatiza la educación en salud mental, la regulación emocional y la alfabetización digital. Enseña a las adolescentes y adolescentes a gestionar la ansiedad que puedan provocar las redes, a identificar señales de alerta de malestar emocional y a desarrollar un repertorio de respuestas saludables ante situaciones difíciles en línea.

A nivel práctico, estas son recomendaciones concretas que pueden implementarse de inmediato en casa y en la escuela:

Establecer reglas claras y consistentes sobre el uso de dispositivos, con tiempos de pantalla razonables y sin dispositivos en la mesa de comer o al momento de dormir.

Diseñar zonas libres de pantallas en casa y en el aula para promover el contacto social directo y el juego no mediado por la tecnología.

Asegurar uso de contenidos apropiados para la edad y, cuando sea posible, priorizar materiales educativos que fomenten la colaboración, el pensamiento crítico y la creatividad.

Fomentar conversaciones regulares sobre experiencias digitales: lo que les gusta, lo que les preocupa y cómo manejan la presión social online.

Enseñar rutinas de autocuidado digital: pausas programadas, mantenimiento de sueño adecuado y prácticas de higiene digital (privacidad, contraseñas, seguridad en línea).

Desarrollar habilidades de empatía y manejo de conflictos en línea, así como estrategias de respuesta ante situaciones de acoso o exposición a contenidos perturbadores.

Colaborar entre familias y escuelas para monitorear el equilibrio entre aprendizaje, socialización y descanso digital, ajustando las pautas a las necesidades individuales de cada estudiante.

La supervisión no debe ser sinónimo de control extremo. Es importante empoderar a las jóvenes y jóvenes para que tomen decisiones informadas y responsables sobre su vida digital, al mismo tiempo que se establece un marco de apoyo y límites razonables.

Esto favorece la construcción de autonomía responsable, la capacidad de discernimiento y, en última instancia, una autoestima más resiliente frente a las presiones del entorno digital. 

Algunas consideraciones finales para orientar a las familias y las comunidades educativas:

Personalizar las pautas: cada familia y cada alumno tiene circunstancias diferentes (entorno sociocultural, apoyos familiares, necesidades académicas). Las recomendaciones deben adaptarse a estas realidades para ser eficaces.

Evitar enfoques absolutistas: ni la demonización de la tecnología ni la adopción acrítica de cualquier tendencia. Buscar un equilibrio que promueva el desarrollo de competencias clave y el bienestar emocional.

Medición y evaluación: como profesional de la evaluación de aprendizajes, insisto en monitorear no solo el rendimiento académico, sino también indicadores de bienestar emocional y social. Esto permite ajustar estrategias de intervención de forma oportuna.

Participación activa de las familias: la implicación de padres y cuidadores es determinante. Programas de orientación y talleres en las escuelas pueden fortalecer estas competencias y generar una comunidad educativa más cohesionada.

La tecnología no es ni intrusa ni enemiga del desarrollo. Es una herramienta que, bien gestionada, puede enriquecer el aprendizaje y la socialización. La clave está en la orientación familiar y educativa: un acompañamiento que promueva hábitos saludables, fomente habilidades socioemocionales y fortalezca la capacidad de discernimiento ante el flujo constante de información.

Como profesional en orientación familiar y educativa, mi objetivo es apoyar a las familias y a las escuelas para que cada niña, cada niño y cada adolescente reciba lo que necesita para crecer de forma integral, con una relación consciente y crítica con la tecnología que los acompaña en cada etapa de su vida.

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